¿Habrá huelga general?
La actual coyuntura de crisis y de expectativas negativas tiene como consecuencia evidente un fuerte crecimiento del malestar motivado por las dificultades económicas, y por algunas medidas de política económica. Pero las consecuencias prácticas de este malestar en términos de respuesta ciudadana son una incógnita. Cabe preguntarse si se impondrá la movilización y consiguientemente el clima de confrontación, o si por el contrario, los ciudadanos se mantendrán distanciados, propiciándose así una resignada adaptación a las circunstancias.
La encuesta mundial realizada a finales de 2011 por Instituto DYM y la red WIN aporta algunos datos que pueden contribuir a responder a esta pregunta. En España un 55% de los encuestados previó para 2012 un incremento de las protestas relacionadas con la economía y los conflictos laborales y solo un 10% previó una disminución. La diferencia entre estos porcentajes es de 45 puntos. Atendiendo exclusivamente a este dato y al pasado reciente sería previsible una fuerte contestación a la política económica. Si se revisa la serie histórica de este índice de conflictividad económica desde el año 1979, se comprueba que cuando un año se han rebasado los 40 puntos, al año siguiente normalmente se ha celebrado una huelga general o, excepcionalmente, se ha conseguido un gran pacto entre políticos y sindicatos. En los años 1979, 1984, 1993 y 1996 el alto nivel del índice anticipó la huelga general del año siguiente. En 1996 anticipó el Acuerdo para la Estabilidad del Empleo de 1997. La única excepción a esta pauta es el año 1992, cuando el indicador alcanzó su máximo en 60 puntos sin anticipar una huelga general inmediata en 1993, pero coincidiendo con la huelga del 92 y siendo el preludio de la huelga de 1994 (ver Gráfico 1).
Con ocasión de la reforma laboral, aprobada por el gobierno sin consenso expreso con los sindicatos, el fantasma de la huelga general se ha mentado desde posiciones muy distintas: antes de hacerse público el contenido de la reforma, Mariano Rajoy fue grabado previendo explícitamente la huelga en conversación informal con otros dirigentes europeos; una vez que se ha dado a conocer, los principales dirigentes sindicales han declarado que están considerando la convocatoria, aunque más como un "horizonte" que como una culminación necesaria de las protestas que van a iniciar.
Aunque estos vaticinios premonitorios del rechazo frontal a la política económica puedan tener cierta justificación, una contextualización más amplia del alto nivel que ha alcanzado el índice de conflictividad económica conduce a conclusiones más matizadas, que afirmarían que la respuesta será más de resignación en relación con la política económica que de confrontación directa. La encuesta de Instituto DYM y de la red WIN también revela que las expectativas relativas al crecimiento de las protestas económicas y a los conflictos laborales que se registran en España son equiparables o incluso inferiores a las de otros países con una mejor situación económica y con una tradición consolidada de ausencia de contestación social a la política económica. Resulta llamativo que países con estados del bienestar muy avanzados, tasas de desempleo relativamente bajas y una tradición consolidada de aceptación del funcionamiento del sistema económico, como Holanda, Suecia o Finlandia, cuenten con un índice de conflictividad económica más elevado que el de España. También es destacable que en grandes potencias como Estados Unidos o Alemania, se registren índices muy similares al de España (ver Gráfico 2). Por lo tanto, se observa que los conflictos económicos son perfectamente compatibles con la ausencia de confrontación directa con la política económica. El probable aumento de la tensión en organizaciones y sectores concretos no tiene por qué culminar necesariamente en una contestación generalizada.
Por otra parte, la carencia de apoyos sociales firmes que padecen las centrales sindicales también dificulta la movilización social. En la revisión de la serie histórica del índice de conflictividad económica puede constatarse que las huelgas generales de 2002 y 2003 se han convocado después de años en los que los había unas expectativas débiles de crecimiento de las protestas y de la conflictividad, por tanto con una sintonía reducida con el conjunto de la sociedad. No fueron episodios pasajeros; resultan ilustrativas de la persistencia de esta falta de sintonía las bajas valoraciones que se otorgaba en España a los principales dirigentes sindicales en una encuesta realizada por Instituto DYM en 2010: 3,3 sobre 10 para Ignacio Fernández Toxo y 3,4 para Cándido Méndez.
No hay que confundir la tensión con la confrontación. La huelga general de momento solo es una conjetura especulativa de incierta materialización.


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Comentarios
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#1 jorge carrascosa - 27/02/2012 a las 11:08:00Ojalá...
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