¿Y qué legitimidad tendrán los jueces españoles para juzgar a los demás cuando se han negado a juzgarse a si mismos? Entre los demás, están los ciudadanos, pero también, los políticos.
Tan sólo 5 de los 20 vocales del Consejo General del Poder Judicial han pedido la dimisión de Dívar. La Fiscalía tampoco ha querido actuar. Por lo tanto, asunto cerrado, al menos desde la decisión de la cúpula judicial.
Y el asunto cerrado sobre el que Dívar se ha negado a dar información alguna es bochornoso:
20 viajes de fin de semana a Marbella no explicados ni justificados, 40 cenas, almuerzos y gastos de hotel. Total: 13.000 euros cargados al Estado.
13.000 euros sospechosamente gastados por el mismísimo presidente del Tribunal Supremo. 13.000 oscuros euros sobre los hombros de quien dicta y controla la rectitud de nuestros comportamientos y acciones.

"El dinero del Estado no es de nadie" es la gloriosa frase con la que Carmen Calvo resumió el concepto de Estado que tienen algunos, sobre todo en la izquierda. El Estado puede gastar indefinidamente pues el dinero carece de dueño.
La tal frase adaptada, el dinero de las cajas tampoco es de nadie, me viene a la cabeza cuando observo con sorpresa en los últimos días que nadie exige saber la identidad de todos aquellos que no han devuelto los préstamos a las cajas, a Bankia, en primer término, y han colaborado en el agujero que ahora debemos cubrir entre todos. Me refiero tanto a los empresarios, grandes, medianos y pequeños, como a los particulares que han participado en esta debacle. O un Wikileaks de los deudores, con nombres y cantidades fundidas o esfumadas, y con explicaciones.
Son muchas las voces a favor de que los responsables de la gestión y el control de las cajas, sus directivos, sus consejeros y el Banco de España, expliquen y respondan de lo que les corresponde del desastre. En forma de comisión de investigación en el Congreso, en primer término.
Pero nadie parece interesarse por la otra parte del hundimiento. Quizá por esa teoría tan generalizada de que los culpables son exclusivamente los banqueros y no los que han tomado prestado el dinero y no se han dignado a devolverlo. Quizá porque hay demasiados interesados en que tales identidades no salgan a la luz.
(En la fotografía, Aurelio Izquierdo, el director financiero de Bancaja que pretendía jubilarse con 14 millones de euros)

El recurso a las mayorías y las minorías es imprescindible en un solo campo, eso sí, fundamental, el de las decisiones democráticas que lo son precisamente porque han sido tomadas por mayoría.
Fuera del método democrático, cuidado con el desprecio de la minoría, no vaya a ser que nos metamos en un terreno peligroso. Por ejemplo, el de los hábitos culturales. Rosa Montero descalifica hoy a Esperanza Aguirre en su artículo de El País ("Papelitos") y se mete en un pequeño lío con las minorías, también con la chaveta. "Ha perdido la chaveta", dice Montero. ¿Se referirá la escritora a la defensa realizada por Aguirre del respeto al himno y a los símbolos nacionales? ¿Pensará Montero que lo cuerdo y razonable es pitar al himno o apoyar la pitada?
Pero vayamos a los hábitos culturales, pues, según Montero, Aguirre "ha perdido la chaveta por su pasión taurina", pasión taurina que Montero cuestiona, a continuación, con una apelación a su condición minoritaria. Y ofrece los siguientes datos: el año pasado, sólo un 8,5% de los españoles fue a los toros, frente a, por ejemplo, un 13,1% que asistió a conferencias.
Ay! pero resulta que los españoles que fueron, otro ejemplo, al ballet se redujeron al 6% y los que lo hicieron a la ópera aún menos, el 2,6%. Y están algo mejor los aficionados al teatro pues un 19% de españoles acudió al teatro, pero, si fuera por las mayorías y las minorías, también deberíamos despreciar a quienes no llegan ni a la cuarta parte de la población.
Es que no interesan a casi nadie, dicen de los toros muchos antitaurinos, conscientes, quizá, de la incoherencia de los argumentos de defensa de los animales. Pero esa es otra historia...

Mi nuevo libro, Desmontando el progresismo. La izquierda en sus cavernas, llega pasado mañana, día 29, a las librerías. Utlizo el concepto progresismo, el nombre con el que los diversos sectores de la izquierda han rebautizado su ideología, y dedico el libro a explicar por qué las cavernas ideológicas más preocupantes están en la izquierda y no en la derecha:
La caverna terrorista, en primer lugar, o los continuados coqueteos de la izquierda con diversos grupos terroristas situados en ideologías de extrema izquierda o ultranacionalistas como ETA, las FARC y Hamás, o en el antimperialismo, como Al Qaeda.
La caverna pacifista, o las mentiras sobre el supuesto pacifismo de la izquierda frente al supuesto militarismo y gusto por la violencia de la derecha, mentiras desenmascaradas con las políticas de defensa de Obama, tan parecidas a las de Bush, con el cinismo de Naciones Unidas y con la guerra de Libia.
La caverna identitaria, o la defensa de la izquierda de algunos aspectos intolerantes del islamismo, como la discriminación de las mujeres musulmanas en Europa a través del velo y del burka, y la comprensión de los nacionalismos identitarios.
La caverna radical, o la abundante práctica de la intolerancia y del sectarismo por parte de intelectuales progresistas que presumen, sin embargo, de su superioridad moral.

La respuesta es obvia: No. Ni Obama ni el Partido Demócrata ni el Republicano ni la inmensa mayoría de los norteamericanos. Y lo mismo ocurriría en Francia, en Gran Bretaña, en tantos países. Es inimaginable una final deportiva en Nueva York, en Paris, con una pitada monumental al jefe del Estado y al himno nacional.
Pero España es diferente. Aquí nadie se ha inmutado ante los llamamientos nacionalistas a la pitada en la próxima final de la Copa del Rey de fútbol. Por supuesto, el Gobierno Vasco no ha abierto la boca y ni mucho menos ha exigido respeto al himno y al Rey. Pero he aquí que declara hoy Esperanza Aguirre lo que en Francia o Estados Unidos diría cualquier líder de la derecha o de la izquierda, que no se puede permitir la pitada a los símbolos nacionales, y entonces sí se indigna el Partido Socialista, y la portavoz del Gobierno vasco, Idoia Mendía, sale a mostrar su rechazo. Su rechazo hacia quienes exigen el respeto a los símbolos nacionales, su respeto para quienes piensan boicotearlos.
España es diferente, y nuestra izquierda, aún más.

Lo llamaré "descuidos". Para darle un tono esperanzador a esta nueva sección que pretende recoger con cierta regularidad los "lapsus" sexistas que pueblan los medios de comunicación. Descuidos, excepciones, expresiones involuntarias, errores, vestigios del pasado, aunque estén más bien generalizados y sean la norma más que la excepción en los medios de comunicación.
Este domingo, en la crónica de Juan Gómez para El País, un interesante y útil análisis, por otra parte, del contexto político en el que se mueve en estos momentos Merkel en Alemania ("Merkel no siente ninguna presión")
Pero, ¡ay! en mitad de la crónica, la siguiente comparación de Hannelore Kraft, la líder del SPD, y Angela Merkel:
"Kraft, como la canciller, es una mujer cincuentona, rubia, con aspecto de matrona, que entró en la política pasados los 30".
¿Inocuo? ¿Normal? Para la respuesta, baste imaginar una descripción semejante aplicada a dos hombres de la política. Pongamos que Hollande y Durao Barroso, que también se parecen:
"Cincuentones, morenos y fondones".
Cierto, no nos lo imaginamos en crónica política alguna de los periódicos de referencia.
(En la fotografía, de la reunión del G8, Durao Barroso es el primero por la izquierda y François Hollande, el quinto por la izquierda)

Borja Bergareche firma hoy en ABC papel una interesante crónica sobre el duro tratamiento de la crisis española por parte de la prensa anglosajona.
Y el problema principal de los relatados por el corresponsal de ABC en Londres no es Paul Krugman y su augurio del corralito. Hasta en España la gente comienza a enterarse de quién es Krugman, un líder ideológico de la izquierda americana y europea, admirador de Cristina Kirchner y de los extremistas griegos, y sus predicciones económicas tienen un impacto más bien limitado.
El problema es el punto de vista enormemente negativo del conjunto de análisis de los principales diarios extranjeros. La sucesión de malas noticias, de titulares críticos, de valoraciones escépticas. La falta de credibilidad internacional de España, en definitiva.
"La percepción de la realidad es peor que la realidad misma", ha dicho el ministro de Economía. Quizá, pero lo que va a determinar la evolución de los mercados, la reacción de los inversores, las valoraciones de los líderes extranjeros, es la percepción de la realidad.
Y frente a ella, no sólo sobran las reacciones de patriotismo ofendido o la inculpación de los malvados mercados, con Zapatero y ahora, sino que es más útil reconocer las bases de esa negativa percepción de la realidad.
El déficit desbocado, las manipulaciones y mentiras sobre tal déficit, de Zapatero, primero, y de varias comunidades del PP, después, la actitud griega del No a los recortes de la oposición socialista, la insolidaridad de las Comunidades nacionalistas. Y, como guinda, una cultura política de escasa responsabilidad individual y demasiado gran Estado culpable y salvador.
¿Por qué será que tienen una percepción tan negativa de España?
Este titular no es una manipulación ni una exageración. Repásense, para comprobarlo, las declaraciones de las últimas horas del vicepresidente andaluz, Diego Valderas, de IU, sobre los recortes anunciados ayer por su Gobierno.
Valderas ha dicho de los recortes decididos por su Gobierno que:
"Son un conjunto de medidas responsables, solventes, con compromiso de futuro para impedir que la situación nos arrastre a una situación de no retorno".
Pero ha afirmado igualmente que son:
"Unos recortes salvajes impuestos por Madrid y por Bruselas"
Y que él:
"Se seguirá oponiendo a ese sí o sí que el Gobierno plantea a cualquiera de las CC.AA."
Antes eran los nacionalistas quienes practicaban este cinismo de la irresponsabilidad sobre las medidas impopulares. Ahora es cualquier partido que no esté en el Gobierno de la nación. Y, a veces, incluso, el propio partido del Gobierno de la nación en alguna de sus autonomías.
Es el trasfondo político del Consejo de Política Fiscal y Financiera de mañana.

También este periódico se preocupa preferentemente por la amenaza de la extrema derecha. "La amenaza de la extrema derecha" se titula hoy uno de los editoriales de ABC papel. La prensa de izquierdas, por supuesto, no se preocupa por la amenaza del otro lado, la de la extrema izquierda. Todo lo contrario, la jalea con entusiasmo. Hoy hay publirreportajes de tono épico sobre las manifestaciones del 15-M en todos los medios de la izquierda.
Es la diferencia de tratamiento habitual sobre los extremismos. A pesar de los datos de la realidad. Por ejemplo, los de la realidad griega, un país al borde ya definitivo de la autodestrucción tras unas elecciones en las que los extremistas han arrasado, pero más los de la izquierda (más del 30% entre los tres partidos) que los de la derecha (17,5% entre los dos extremistas de derechas)
El partido mayoritario de la extrema izquierda griega, el Syriza, con un 16,6% de los votos, tiene planteamientos coincidentes con los Indignados españoles y de otros países. Y su intención de voto para una posible repetición de la convocatoria electoral ha aumentado.
Algo parecido puede pasar en España si los medios de comunicación siguen promocionando y publicitando a los extremistas españoles. Seguirá aumentando el voto de IU, y el PSOE continuará sus coqueteos con el populismo indignado. El populismo que ayer coreaba, por ejemplo, eso de que "Lo llaman democracia y no lo es" o eso otro de "Que no, que no nos representan". Contra la gran mayoría de españoles que sí acepta la legitimidad del sistema democrático y que vota a sus representantes en las elecciones. Y que observa el éxito comunicativo del populismo antisistema.

Paul Krugman es uno de los gurús económicos del socialismo europeo, quizá el más influyente de todos. Y digo gurú y no ideólogo porque los socialistas interiorizan sus artículos como si de ciencia se tratase más que de ideología. De ahí que sean dignas de la más atenta consideración las dos últimas perlas del referente económico del socialismo europeo. Porque el hombre que escribe estas cosas es quien dicta las ideas sobre el rechazo a las medidas de austeridad de la Unión Europea.
Primera perla: el pasado jueves, en su blog de The New York Times, sobre Argentina ("Down Argentina Way"): un encendido elogio de la situación argentina y una crítica a lo que considera tratamiento periodístico negativo de aquel país. Ni una sola palabra de la corrupción y de la falta de seguridad jurídica y, menos aún, de la confiscación de YPF. Cristina Kirchner citó con entusiasmo el artículo lo que me hizo pensar en la posibilidad de alguna razón poco presentable detrás de su redacción y publicación. Pero la segunda perla sugiere que lo más probable es que tal razón sea la mera ignorancia.
Segunda perla: este lunes, en su columna de The New York Times ("Those Revolting Europeans"): una celebración de los resultados electorales franceses y griegos, ambos metidos en el mismo saco analítico, como dos cuestionamientos, dos respuestas de loable rebeldía, según Krugman, a la estrategia europea de la austeridad.
Dejemos a un lado el caso francés, más discutible, y vayamos al griego. Esa rebeldía celebrada por Krugman es la del éxito electoral de una extrema izquierda y de una extrema derecha que suman más del 40% de votos. Que se niegan a devolver las deudas del país, que van a impedir formar Gobierno y que van a provocar, seguramente, la expulsión de Grecia de la Unión Europea. ¿Cómo es posible que el premio Nobel Krugman lo ignore? Pues de la misma manera que ignora la corrupción y falta de seguridad jurídica en Argentina.
En esas manos, ideológicas e intelectuales, está la alternativa a las políticas de austeridad de la Unión Europea.

La denuncia de José Manuel Gómez Benítez, vocal del CGPJ, contra Carlos Dívar, presidente de dicha institución, tiene aroma de venganza de Garzón. Gómez Benítez es el amigo íntimo de Garzón a quien ha acompañado durante los últimos años en sus diversas aventuras judiciales y extrajudiciales. También en los tejemanejes con Rubalcaba, por ejemplo, como negociador del Gobierno con ETA, mientras Garzón daba la vuelta a sus propias sentencias y concluía aquello de que el brazo político de ETA no es ETA porque es "izquierda abertzale".
Es de un tremendo cinismo que a este abogado metido hasta el tuétano en las más oscuras cañerías de la negociación con ETA le haya dado ahora por la limpieza radical del Estado. Y, sin embargo, también es cierto que su denuncia podría tener consistencia y debe ser investigada.
Los 5.658 euros gastados por Dívar en presuntos viajes privados a Marbella tienen un aspecto realmente preocupante. De momento, Dívar se ha explicado muy mal. Tendrá que explicarse mucho mejor.
Porque la sustancia de la venganza es incontestable: si a Garzón se le ha mirado con lupa, también en sus asuntos de dinero en los cursos de Nueva York, ¿por qué no a los demás jueces y miembros del poder judicial?

Si Sarkozy hubiera ganado, los titulares progresistas hoy habrían girado, sin duda alguna, en torno al peligro de la extrema derecha que votó por Sarkozy. Pero como ha ganado Hollande, el extremismo ha desaparecido de tales titulares y ha sido sustituido por el éxtasis. El periódico izquierdista Libération se desata en un editorial titulado "¡Por fin!" ("Enfin") que comienza como sigue:
"La alegría, la inmensa alegría. La de ver cerrarse un paréntesis, disiparse una maldición..."
El País, no menos emocionado, proclama ("Hollande impulsa otra Europa"):
"El resultado supone un saludable rechazo democrático al giro extremista y populista de Sarkozy"
Ni una palabra, claro está, de ese 11% de votantes de la extrema izquierda de Mélenchon en la primera vuelta que ha apoyado masivamente a Hollande. O de esa parte significativa de la extrema derecha de le Pen que lo ha hecho igualmente. Y menos aún de lo que a los extremistas atrae de Hollande.
Para los extremistas de ambos lados, antiliberales y antielitistas, y para los propios socialistas, Hollande promete oponerse a las medidas de austeridad. "La austeridad no puede ser una fatalidad", declaró ayer por la noche nada más ser elegido. ¿Cómo? Subiendo los impuestos a los "ricos", asegura.
El nuevo presidente de Francia está dispuesto a resistirse a los recortes. Con el apoyo de la extrema izquierda y la complacencia de la extrema derecha. Con el entusiasmo del socialismo español. Todos a favor que un gran Estado del Bienestar que sufragarán... los "ricos", los demás, algún privilegiado, algún culpable. Es el nuevo populismo que viene de Francia.

Me refiero a sus derechos de autor y a sus propiedades. Todo para los españoles. Y hagamos como Cristina Kirchner con YPF, no les paguemos un euro por ello, que para eso somos el pueblo. Un amigo me escribe para sugerirme el lema de tal nacionalización: ¡El arte para el pueblo!
En cuanto a los argumentos y al discurso para el debate político correspondiente, tomemos los usados por ambos cantautores en su defensa de la nacionalización de YPF. Los han esgrimido en una rueda de prensa en Chile:
Serrat: "Yo no soy Repsol, yo no me siento en ningún momento agredido por ningún Gobierno y eso acaso es una historia de una multinacional y un Estado". Como los españoles no somos Serrat ni Sabina, tampoco nos sentiremos agredidos cuando el Estado se quede con su producción discográfica. Todo lo contrario, más bien disfrutaremos gratuitamente de su esfuerzo.
Sabina: "El patriotismo nuestro no pasa por las multinacionales. En España defendemos la continuidad pública de las empresas y no vamos a hacer lo contrario aquí". Sin duda alguna, tampoco el patriotismo de los españoles pasa por Serrat y Sabina. Y si defendemos que el pueblo tiene derecho al disfrute del arte, no vamos a decir lo contrario cuando el Estado los nacionalice.
¿Qué alguien se opone, como esa diputada argentina, Laura Alonso, a la nacionalización de YPF? Hagamos como han hecho con ella los parlamentarios argentinos. ¡Española! le han espetado. ¡Cantautor! gritaremos nosotros.

La carta del exjuez Garzón al secretario de Estado de Seguridad que hoy publica a toda página El País tiene una trascendencia política que va más allá de la figura del propio juez. Por dos motivos. Primero, porque delata un estilo prepotente y una concepción del Estado y de la seguridad que invita a pensar en muchos más abusos garzonianos en el pasado que aquellos por los que ha sido condenado. Y, segundo, porque requiere de una inmediata respuesta por parte de Interior que demuestre la igualdad de trato del Estado hacia los ciudadanos, en este caso, los ciudadanos protegidos frente al terrorismo.
Conviene leer la carta. Por la chulería con la que este exjuez convierte en escándalo público una reducción de escolta que ha sido aplicada a todos los protegidos, incluidos muchos en situación tan comprometida como Garzón. "Le hago responsable de mi seguridad" le dice Garzón al secretario de Estado por haberle reducido la escolta, nauseabunda amenaza que no recuerdo hiciera nadie al anterior secretario de Estado, Antonio Camacho, cuando retiró la seguridad a cientos de personas, y menos en carta pública en un periódico.
Pero es igualmente extraordinario el hecho de que el exjuez admita los dos abusos cometidos con sus escoltas y que fueron denunciados por los sindicatos policiales. En su prepotencia, el exjuez justifica que se niegue a llevar al escolta en su coche, algo que deben hacer todos los protegidos cuando se les retira el coche oficial, y, aún más, justifica que le haga llevar su maleta. Lo que da una idea de los tremendos efectos producidos en la mente de este hombre por el enorme poder disfrutado durante años.
Una vez que estos abusos han sido ratificados por el propio exjuez, el ministerio de Interior debería tomar las medidas pertinentes pues, si no es así, se demostrará que los ciudadanos protegidos no lo son en igualdad de condiciones. O que las actitudes abusivas y prepotentes obtienen beneficios además de una página completa de un periódico que presume habitualmente de denunciar los abusos de poder.

El habitual dominio progresista en el periodismo español no ha tardado en rebautizar a Sarkozy como Sarkopen. Para insistir en el discurso del peligro de una elección de Sarkozy pues tal elección se basaría en el voto de la extrema derecha y en un Sarkozy cada vez más cercano a la extrema derecha del Frente Nacional.
Nadie en la izquierda, por supuesto, se ha preocupado porque el probable nuevo presidente de Francia según las encuestas, el socialista François Hollande, vaya a ser igualmente elegido con el voto extremista, con el voto ultra del otro Frente, el Frente de Izquierda. Según IPSOS, un 80% de quienes votaron en la primera vuelta al líder del Front de Gauche, Jean-Luc Mélenchon, lo harán el próximo domingo por Hollande. También le votará parte de la extrema derecha de Le Pen, un 14% de los votantes del Frente Nacional.
Lo más asombroso, como siempre, es que tampoco los analistas conservadores españoles parecen preocuparse por el extremismo que está a punto de llegar al poder en Francia. El Hollanchon, o la suma de François Hollande y Jean-Luc Mélenchon que va a dejar en moderada a la pareja Griñán-Valderas de Andalucía.
Bastante habría para la preocupación únicamente con las ideas y propósitos del propio Hollande (véanse en la entrevista de L´Express de principios de abril). Sobre todo, con su propósito de combate a las políticas de austeridad. O su proyecto de confiscación a los más ricos (lo del 75% de impuestos a los que ganen más de 1 millón). O su alianza con los sindicatos y la propuesta de "una democracia social" (véase también su apoyo a las reivindicaciones sindicales de hoy). O sus ideas zapateristas como eso del Ministerio de Educación, de la Juventud y del Futuro que va a crear.
Pero a lo anterior hay que añadir la alianza con los ultras de Mélenchon. El Hollanchon que nos viene en Europa. Le revolución comunista instalada en el mismísimo Elíseo. Aquí nadie parece haberse leído el programa del Frente de Izquierda o haberse molestado en leer las entrevistas de Mélenchon. Que tienen el apoyo del 11% de franceses que le votaron en la primera vuelta. Y que ahora van a hacerlo por Hollande para exigir cosas como, lo dice su programa y lo dice Mélenchon, "una revolución ciudadana que cambie radicalmente las reglas de juego", "una revolución en las formas de propiedad y producción", "un reparto de la riqueza", "un banco público y un control social de los bancos privados", "planificación ecológica" y "planificación económica". Además, claro está, de un programa de oposición a la Unión Europea y a organismos internacionales como el FMI y la OTAN.
Disculpas a los participantes del blog: Os pido disculpas por los problemas técnicos que están impidiendo estos días la inserción de comentarios en el blog. Confiamos en su resolución en los próximos días.