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De Relatos (el 30/09/2009 a las 10:16:56, en Curiosidades del Día D)
La situación de caos reinante en la playa y dentro del agua no había mejorado mucho a las 09:30. «No era más que una gran masa de restos, de hombres y materiales», informaría más tarde un oficial. Había vehículos incendiados y otros todavía en llamas, cadáveres y material abandonado disperso en todas direcciones. Las olas seguían arrastrando cuerpos muertos, como si fueran troncos, que eran depositados al borde del agua.

Un soldado comentó: «Parecían las figuras del Museo de Madame Tussaud. Como de cera. Ninguno daba la sensación de ser real». En algunos lugares el borde del agua estaba bloqueado por lanchas de desembarco averiadas o destruidas. Mar adentro el caos era aún mayor.

El coronel Benjamin B. Talley, ayudante de jefe del Estado Mayor de Gerow, comunicó que las lanchas de desembarco andaban perdidas por el agua como «una manada de reses en estampida».

 
De Relatos (el 29/09/2009 a las 10:45:57, en Curiosidades del Día D)
Fusileros del 6º de Royal Scots Fusiliers (15ª División Escocesa) al comienzo de la Operación Epsom, 26 de junio

El general Norman D. Cota, al mando del a 29ª división, decidió que, cerca del rompeolas, había llegado el momento de hacer un ataque por el tramo de prado pantanoso que conducía al pie del promontorio. El primer soldado que cruzó las alambradas fue alcanzado por una ráfaga de ametralladora. «¡Médico!», gritó. «¡Médico! ¡Me han dado!» Estuvo gimiendo y quejándose unos minutos. «Finalmente murió tras musitar “¡Mamá!” varias veces.»

Los demás hombres estaban tan abatidos, que Cota tuvo que ponerse a abrir la marcha para conseguir que se pusieran en movimiento. Pronto una sola hilera de fusileros del 116º había pasado el promontorio y avanzaba hacia la cima. El humo producido por la hierba en llamas era tan denso, que los que no habían tirado las máscaras antigás tuvieron que ponérselas. Los alemanes, dándose cuenta de que la mayoría de los soldados americanos se protegían detrás del rompeolas, empezaron a utilizar contra ellos sus morteros. Al estallar las descargas, los guijarros salían volando como si fueran metralla.

Una bomba de mortero cayó junto al grupo de Canham, causó la muerte a dos hombres situados cerca de Cota y lanzó al operador de radio a seis metros de distancia colina arriba. Los alemanes centraron su fuego en quienes portaban las emisoras en mochilas de 50 kilos. En algunos puntos las comunicaciones se cortaron por completo.

 
De Relatos (el 28/09/2009 a las 10:55:20, en Curiosidades del Día D)
Un tanque Sherman del II Ejército avanzando por las calles de Douvres-la-Délivrande, al norte de Caen

El principal objetivo del 2º de Rangers era la batería situada en la Pointe du Hoc, mucho más allá del promontorio. Pero también a estos Rangers los perseguiría la mala suerte. El timonel de la Marina Real británica los conducía demasiado al este, casi al centro de la propia playa Omaha. Perdieron media hora luchando contra la corriente en torno a la Pointe du Hoc.

Una vez que las embarcaciones estuvieron en posición al pie del acantilado, fueron utilizados garfios impulsados por cohetes, recurso inventado por los comandos británicos. Muchos de ellos se quedaron cortos, en parte porque las cuerdas pesaban demasiado a causa del agua, pero varios lograron agarrar y los primeros hombres empezaron a trepar por el acantilado. Los alemanes no podían creer que los garfios procedieran de las lanchas de desembarco situadas al pie del acantilado. El cuartel general de la 352ª División de Infantería fue informado de que «desde los buques de guerra en alta mar el enemigo dispara contra los acantilados bombas especiales de las que salen escalas de cuerda».

La valentía y la pericia de los primeros Rangers que escalaron el acantilado les permitieron hacerse con un puesto avanzado en la cima. Se dieron cuenta de que no había grandes cañones montados en la batería. Los cañones se encontraban un poco más en el interior y no tardaron en ocuparse de ellos.

 
Un sargento en los East Yorkshires limpia un fusil de francotirador mientras otro soldado duerme

El capitán Hall, un auxiliar de cirujano asignado a la 1.ª División, que resultó herido cuando llegó al banco de guijarros, escribió que los hombres «estaban tumbados en las piedras húmedas, temblando de frío y de miedo». Lleno de admiración y asombro, observó a uno de sus asistentes médicos.

«El cabo A. E. Jones, que siempre fue un canijo —58 kg de peso y 1,65 m de estatura—, era el último del que habría podido esperarme que hiciera algo espectacular. En medio de aquel tiroteo, cuando prácticamente nadie habría tenido la menor oportunidad de bajar a la playa y volver con vida, él lo hizo seis veces y trajo a varios hombres.» En una ocasión, fue a examinar a uno de los heridos y volvió donde estaba el capitán Hall para describir la lesión y preguntarle lo que debía hacer.

 
De Relatos (el 24/09/2009 a las 11:11:03, en Curiosidades del Día D)
Prisioneros alemanes de las tropas canadienses transportan a un soldado herido de vuelta a la playa Juno

Desde los hombres que saltaron por los aires de una lancha bombardeada a los heridos que el mar arrastraba, ahogándose a medida que subía la marea, la manera en que morían quienes acudían a ayudar a los heridos... Los primeros ingenieros de combate que llegaron tuvieron que actuar como si fueran soldados de infantería. Habían perdido casi la mitad de sus pertrechos de demolición durante el desembarco.

El fuego enemigo era demasiado intenso para que pudieran hacer nada hasta que llegaran los
bulldozers blindados. «Algunos hombres lloraban, otros lanzaban maldiciones», recordaba un joven oficial del 116.º de Infantería. «Yo me sentía más un espectador que un participante real en la operación.» Cuando fueron bajadas las rampas y las ametralladoras abrieron fuego, escribió un sargento originario de Wisconsin, «los hombres caían abatidos como caen las mazorcas de maíz de una cinta transportadora».

 
De Relatos (el 23/09/2009 a las 10:46:04, en Curiosidades del Día D)
El general de división Rod Keller con miembros de estado mayor de la 3ª División de Infantería canadiense inmediatamente después de desembarcar en Bernières-sur-Mer

«Cuando bajó la rampa vimos que el tiroteo alcanzaba directamente a nuestra lancha», escribió un soldado del 116.º, que desembarcó en el sector occidental de Omaha. «Mis tres jefes de pelotón, que iban delante, y algunos otros hombres fueron alcanzados. Algunos saltaron por el costado. A dos marineros les dieron de lleno. Cuando salí, el agua me llegaba sólo a los tobillos. Intenté echar a correr, pero de pronto el agua me llegaba a la cintura. Nadé para ocultarme detrás del obstáculo de acero colocado en la playa. Las balas rebotaban en él y atravesaban mi mochila sin darme. Otras alcanzaron a muchos compañeros.»

«Muchos fueron alcanzados en el agua, al margen de que fueran o no buenos nadadores», escribía el mismo soldado. «Se oían gritos de socorro de los heridos que se ahogaban agobiados por el peso de la carga ... Había cadáveres flotando en el agua y hombres vivos que se hacían los muertos para que la marea los arrastrara a tierra

 
De Relatos (el 22/09/2009 a las 10:57:25, en Curiosidades del Día D)
Un médico junto a unos Rangers heridos bajo los acantilados de Pointe du Hoc

Para desembarcar a la hora H: las 06:30, media hora después del amanecer, las barcas de la primera oleada partieron de las naves nodrizas a las 05:20. Cuando estaban a poca distancia de la playa de Omaha, la más infernal, observaron que las bombas lanzadas por los aviones caían muy lejos de la cima del acantilado, así que ni deshicieron los campos minados ni si quiera golpearon los nidos de ametralladoras o las fortificaciones: "¡Lo único que han hecho ha sido despertarlos!" se quejó amargamente el comandante Scott-Bowden.

Se había fijado la hora H en parte por la confianza en la precisión de los bombarderos americanos, abandonando la idea británcia de arribar a la playa en mitad de la noche. Los jovenes marinos británicos tripulantes de las lanchas en ocasiones se asustaron tanto al llegar a la playa que quisieron bajar la rampa antes de tiempo y solo aguantaron a punta de pistola hasta el lugar convenido. Los guardacostas americanos, con más experiencia apagaban los motores para sortear bancos de arena y llegaron hasta la misma playa.

 
De Relatos (el 21/09/2009 a las 10:24:47, en Curiosidades del Día D)
Playa Utah, 9 de junio

Los aviones cargados de paracaidistas iban tan solo a 300 metros de altura, al alcance de las baterías antiaéreas. El zigzag de los aparatos para esquivar el fuego lanzaba a los hombres y los equipos de un lado a otro en el interior. Los proyectiles que llegaban a golpear el fuselaje resonaban "como grandes piedras de granizo contra un tejado de hojalata". Un paracaidista que fue herido en las nalgas fue obligado a ponerse de pie para la cura, puesto que se ordenó que nadie quedase a bordo.

Todos iban a saltar, y la orden se cumplió. El problema es que los pilotos no redujeron la velocidad por miedo a parecer mejores blancos, así que, en el momento de saltar, los paracaidistas sufrieron un tirón mucho más fuerte de lo normal. Un paracaidista que consiguió aterrizar vio un avión a tan poca altura que no dio tiempo a que ninguno de los hombres que de él saltaron pudiera abrir el paracaídas. Comparó el sonido sordo de los cuerpos al estrellarse "con el que hace una sandía cuando cae de un camión en marcha".

 
De Relatos (el 18/09/2009 a las 12:05:32, en Curiosidades del Día D)
Médicos estadounidenses administran plasma a un soldado herido en la playa Omaha

Casi ninguno de los objetivos de los comandos aerotransportados se cumplió según lo previsto aquella madrugada. De hecho, muchos equipos se perdieron o estropearon. Los paracaidistas llevaban tanto peso en las bolsas que ataron a sus tobillos, 40 kilos de munición y equipos, que a veces perecían ahogados si caían sobre zonas inundadas.

El brigada James Hill sufrió un pequeño desastre cuando cayó sobre casi un metro de agua, puesto que todas las bolsitas de te que llevaba en las perneras del pantalón se estropearon. Poco después el percance fue peor, cuando una bomba británica estalló cerca de él. Se arrojó sobre un compañero, pero resultó herido en la nalga izquierda. Peor suerte corrió el compañero, que murió y cuya pierna arrancada quedó en medio del camino.

 
De Relatos (el 17/09/2009 a las 10:53:30, en Curiosidades del Día D)
El mariscal von Rundstedt durante una visita a la 12ª División Acorazada de la SS Hitler Jugend: de izquierda a derecha, de pie, Rundstedt, Kurt Meyer, Fritz Witt y Sepp Dietrich del I Cuerpo Acorazado de la SS

Reichter estaba al mando de la 711ª División de infantería alemana, en el estuario del Orne. Iba a acostarse de madrugada y escuchó aviones: "Había luna llena. El cielo anunciaba tormenta con sus negros nubarrones bajos, pero en los claros que se abrían entre ellos pudimos distinguir varios aviones que volaban bajo, dando vueltas alrededor del puesto de mando de nuestra división".

Beevor relata que el oficial volvió a por su pistola y entonces esuchó: "¡Paracaidistas!" Caían por los cuatro costados del cuartel general. Las baterías comenzaron a abrir fuego. Poco después Reichter pudo interrogar, sin éxito, a dos paracaidistas capturados. Pero le impresionó la exactitud de sus mapas, donde aparecían todos los emplazamientos de su artillería. Pensó que la resistencia había estado mucho más ocupada de lo que creía.

Los dos británicos fueron afortunados. Un sargento bajo las órdenes de Reichter capturó a 8 paracaidistas y los ejecutó inmediatamente.

 
De Relatos (el 16/09/2009 a las 12:38:30, en Curiosidades del Día D)
Parte de la 4ª División de Infantería avanza hacia el interior desde la playa Utah

El Día D recibió muchos nombres. No sólo Rommel lo bautizó como "El día más largo". Mientras que los aliados hablaban de invasión, fue imposible que esa expresión triunfara en Francia. Para los franceses, la invasión era lo que ya sufrían, es decir, la ocupación nazi. Así que encontraron una manera de espantar el fantasma de esa opresiva experiencia bautizando la llegada de los ejércitos liberadores como desembarco, debarquement.

Pero, pese a ser uno de las más grandes operaciones militares de la historia, el desembarco era sólo parte del principio. Por duro o sangriento que fuera, después quedaba la mayor parte del trabajo, de la toma del terreno ocupado por el Ejército alemán. La población civil francesa sufrió miles y miles de bajas durante la operación. Sólo en el bombardeo de los dos primeros días murieron 800 personas en Caen. De los 60.000 habitantes de esa población, pronto sólo quedaron 17.000 entre las bajas y los refugiados.

 
De Relatos (el 15/09/2009 a las 13:35:33, en Curiosidades del Día D)
Exploradores de la 6ª División Aerotransportada sincronizan sus relojes poco antes de despegar

Previo al desembarco, una gran operación de tropas aerotransportadas fue lanzada detrás de las líneas enemigas. 1.200 aviones con tres divisiones.

Algunas compañías tomaron tierra en planeadores Horsa de madera, remolcados por bombarderos Halifax. El aterrizaje de estos frágiles aparatos, cargados con hombres, vehículos y pertrechos varios, fue trágico en algunas ocasiones. Otros se deslizaron hasta el punto correcto, como el Horsa cuyo objetivo era el puente del canal de Caen, que tomaron tras un breve combate.

Los Horsa de madera contrachapada fueron llamados hearses (coche fúnebre). Poco después, empezaron a caer paracaidistas por toda la región, en los campos y sobre las poblaciones; algunos tuvieron la mala fortuna de caer junto a cuarteles alemanes o sobre posiciones fuertemente defendidas. Muchos murieron antes de tocar el suelo. Las campanas de sus paracaídas fueron acribilladas a balazos por el fuego de las metralletas.


 
De Relatos (el 13/09/2009 a las 18:43:50, en Curiosidades del Día D)


Una lancha de desembarco de la Marina Real canadiense se acerca a la playa Juno, 6 junio

El fuego de cobertura de la Armada aliada pilló a las lanchas de camino a las playas. De hecho, con la primera andanada, pegaron un brinco en las barcazas. El acorazado americano Texas y sus dos compañeros el Arkansas y el Nevada, disparaban todos sus cañones al unísono, mientras que los británicos lo hacían de manera secuencial.

La onda expansiva era de tal magnitud que algunos pensaron que el barco había saltado por los aires. En las barcas la sentían, como dijo Ludovic Kennedy, "te producen en el pecho la sensación de que alguien te ha abrazado y te ha dado un buen achuchón. Sobre las barcazas comenzaron a volar los pesados obuses en dirección a tierra que sonaban como "vagones de mercancías".

 Desde cualquier punto se veía a las barcazas desaparecer detrás de las olas y volver a aparecer entre la fuerte marejada. A las explosiones de los cañonazos les seguía una visión extraña.

El vacío creado por los pesados proyectiles de 14 pulgadas, según lo describe un sargento de la I División, produjo una visión extraña: "Ver cómo el agua se levantaba y seguir el rastro de las bombas y comprobar cómo volvían a caer en el mar".

 
Eisenhower con miembros de la 101ª División Aerotransportada en Greenham Common, el 5 de junio, poco antes de su partida. El ayudante del general americano, el comandante Harry Butcher, aparece justo detrás de él

Los cocineros de los buques nodriza americanos desde los que las lanchas se desplegaron quisieron tener un detalle con los 130.000 hombres que se iban a jugar la vida y muchos prepararon opíparos desayunos.

En el Samuel Chase les dieron "tantos filetes de cerdo y de pollo y tantos helados y dulces como pudieran comer". Otros barcos ofrecieron judías, salchicas, café y donuts. La Marina Real fue más frugal e incluía una copita de ron, que hizo recordar a más de uno los tiempos de Nelson.

Por si esto fuera poco, las tripulaciones a veces cedieron generosamente sus raciones a los hombres que iban a desembarcar. Tales ingestas previas a la batalla se aliaron con los nazis, llenaron de mareos y vómitos las barcazas en el mar picado, e hicieron que los hombres llegaran agotados a Omaha, Utah, Gold, Juno y Sword, las playas del Día D.

La bajada hacia las lanchas se realizó por redes tendidas al costado de los barcos. Muchos hombres apenas podían con sus pesados equipos, sobre todo los que llevaban lanzallamas o radios. Con las barcazas bamboleándose contra el costado del barco, muchos se rompieron piernas y tobillos al errar el momento del salto.

Estaban hartos de guerra y aún les quedaba lo peor. Beevor relata que numerosos hombres se llevaron un guijarro de la última playa británica como último recuerdo de su tierra natal. Y los soldados americanos maldecían el traje de faena al que habían untado con un producto químico que los protegía de un ataque con gas. ¡Cómo olería, puesto que los llamaron los "trajes mofeta"!


 
Los altos mandos aliados antes del Día D: en primer término, sentados, Tedder, Eisenhower y Montgomery; detrás, de pie, Bradley, Ramsay, Leigh-Mallory y Bedell Smith

Lo primero que salta a la vista es que Beevor nos presenta a los protagonistas del asalto en toda su humanidad: desde la egolatría de Montgomery hasta las dudas de Ike Eisenhower, el heroísmo de aquellos días tiene ribetes tremendamente humanos. Por ejemplo, ahora sabemos que el asalto se estuvo atrasando durante semanas por la falta de consenso sobre la información meteorológica.

Con los mismos datos del barómetro, el pluviómetro y las demás condiciones atmosféricas, el equipo americano y el británico jamás se ponían de acuerdo. Para unos era posible desembarcar y para otros imposible. Sea como fuere, la invasión se acabó poniendo en marcha en una pequeña mejoría entre dos fases de un temporal, con olas de varios metros que llevaron a numerosos soldados, equipos, lanchas y tanques a pique. Los meteorólogos se entendían en inglés pero está claro que no hablaban el mismo lenguaje.


 

El historiador Antony Beevor nos lleva al interior del Día D.

Como ya hiciera en Staligrado y La caída de Berlín, ha sido capaz de relatar la historia de la mayor acción bélica de la II Guerra Mundial de una nueva forma. Utilizando un archivo inédito de más de 30.000 entrevistas realizadas sobre el terreno a los soldados que lucharon en Normandía, el libro El Día D conduce al lector a los desafíos, sentimientos, contradicciones e incluso a los rumores que gobernaron el corazón de los hombres que se jugaron la vida en la reconquista de la Europa nazi. En este blog contaremos algunas de las más curiosas aportaciones de esta obra.

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