
Nos está costando sobrellevar esta muerte. Han sido casi sesenta años de una vida entregada por completo a ABC los que ha truncado la desaparición de Mingote. Más de cuarenta de mi vida en su cercanía, aquí en el periódico, cuando Antonio venía por la Casa de Serrano, primero, cincuentón y elegante, simpático y humilde, caballeroso siempre. Así hasta el último día, porque Dios quiso concederle una existencia larga y fecunda. Conservó hasta el último momento la elegancia, el señorío, el humor sutilísimo y la timidez. En la reunión de los Cavias del año pasado declinó hábilmente la presidencia del Jurado en el Director de la Real Academia Española (su otro Director era el de ABC) José Manuel Blecua y así, por aquello de la jerarquía, se ahorraba de paso tener que pronunciar el discurso reglamentario en la cena de entrega de los premios. Porque Antonio era un hombre profundamente tímido, que se ruborizaba cuando lo abordaban por la calle o lo saludaban los taxistas.
Siempre recuerdo el gesto de su cabeza, con su sonrisa apenas dibujada, cuando veía en el despacho de Juan Ignacio Luca de Tena, el que creó el premio con su nombre, aquel dibujo suyo, en color, extraordinario, sobre un Velázquez pensativo, ante las Meninas, porque “hay días en que no se le ocurre a uno nada”.
En estas jornadas en que se han escrito tantas y tan magníficas reseñas, en que el periódico se ha visto literalmente desbordado por la cantidad de cartas de pésame recibidas, hay algo que sí me gustaría destacar: la laboriosidad de Mingote. Militar al fin, tenía un sentido estricto del deber. Madrugaba, leía los periódicos y trabajaba incansablemente horas y horas. Durante cincuenta y nueve años no ha faltado nunca a su cita diaria con ABC; cuando en agosto se marchaban a Málaga, antes dejaba un sobre con los dibujos del mes, perfectamente ordenados, con motivo de coplas, refranes, sucesos históricos... Una especie de colchón ingeniosísimo que le permitiera la tranquilidad de veranear con sosiego. Pero –periodista siempre- cuando una noticia importante saltaba en medio de los calores del estío, sin que nadie lo molestara, ahí estaba puntual el dibujo de Antonio comentando una guerra, glosando tal suceso veraniego o dedicando su particular necrología si a algún ser importante o amigo se le ocurría morirse en verano.
Daba gloria tratar con él. Si mandaba un dibujo que merecía los honores de portada se le llamaba y volvía a repetir la obra tras pedirte el tamaño exacto al que iba a ser reproducida. Y tuvo –hasta el último día- ese ligero temor del principiante, el balbuceo del que está aprendiendo y te preguntaba por teléfono: “¿Tú crees, poeta, que ha quedado bien? ¿Que se entiende?” La humildad de los grandes.
Gustaba hacer por Navidades las felicitaciones de Pascua de ABC y de la Real Academia Española. “Creo que este año se la vamos a dedicar a los Reyes Magos” me decía en diciembre y, al día siguiente, estaba la cartulina con toda la ternura, la sensibilidad y la belleza de unos seres mágicos y entrañables que ya eran como algo nuestro. Como las beatas enlutadas o los señores de negro que tienen la seguridad de que “al Cielo iremos los que hemos ido toda la vida”. O las señoras gordas y mandonas con maridos temerosos y escuchimizados, que las escuchaban en silencio y que al encontrártelos por la calle, siempre pensabas: Ahí va un matrimonio de los de Mingote. Como lo fue Gundisalvo, aquel personaje de ficción mingotiana que se burlaba de las elecciones amañadas del viejo Régimen y cuyo lema :Vote a Gundisalvo. ¿A usted que más le da, hombre? se hizo popularísimo en 1971, por no citar los votos que sacó en las urnas. Que no fueron pocos.
Y estaban los amigos. En ABC Mingote se hallaba en su casa. Fue íntimo de Guillermo Luca de Tena, adoraba a sus hijas, “las niñas”, como las seguimos llamando. Gustaba de las lealtades. “Quería a ABC como a su madre” confesaba Isabel, su mujer, la que mejor le conoció, le trató, le quiso. La que ha permitido que Antonio haya llegado esplendoroso a los 93 de su edad, cuidado, ajeno a las menudencias del día a día, entregado de lleno a su trabajo como escritor y pintor. Sólo pedía para sus amigos: de derechas, de izquierdas, ricos, pobres, tenía amigos en todos sitios y sólo por ellos, con infinito pudor, pedía algo. Era un ser extraordinariamente generoso.
Por eso, hoy, doloridos por su muerte, nos queda esta serenidad y esta alegría de poder decir sencillamente: Yo también fui su amigo.
De vez en cuando nos llevamos sorpresas agradabilísimas. Como escuchar la voz, al otro lado del teléfono, de Antoñita Moreno. Y volver a sentir esa cadencia, tan dulce musicalidad, tan fino acento, de quien hoy vive retirada junto al Mediterráneo, recordando sin tristezas los éxitos que cosechó, el cariño de un público entregado a su labor musical y los largos años en los que fue dama indiscutible de la canción española.
Porque Antoñita Moreno tocaba todos los palos de la mejor tradición musical española: desde la copla en su versión más pura hasta el folclore más variado de las regiones de España que ella musicalizaba y recreaba con un respeto, una fidelidad y una belleza que impresionaban. Luego estaba la otra Antoñita: la escritora, la mujer sensible, la poetisa que pergeñaba versos bellísimos y que componía letras de una sensibilidad deslumbrante. Mi entrañable y querida amiga Carmen Conde, la primera mujer que obtuvo un sillón en la Real Academia Española, me hablaba de ella con verdadera devoción. No olvido algunas tardes inolvidables en aquel Madrid de los setenta "echándolas a versos"... Había que ver cómo recitaba Antoñita Moreno...
Luego, estaba la Antoñita empresario, la que montaba sus propias compañías, la que exigía respeto al público, porque como dice su biógrafo Emilio García Carretero "si no hay público no hay espectáculo". El respeto por uno mismo que hizo que aquellos montajes escenográficos -como las revistas de Celia Gámez- fueran deslumbrantes. Porque el público, que era el que pagaba, tenía que salir satisfecho del teatro: tarareando las canciones de Antoñita y con una sonrisa en los labios. Eso, Antoñita lo consiguió siempre. Por eso se la recuerda tanto y se la añora tanto. Todavía hoy en mis frecuentes viajes por la América hispana me encuentro en cafeterías o centros regionales evocadores de la lejana Madre Patria la voz rotunda y clara, sensual y luminosa de Antoñita Moreno. ¿Quién no ha cantado alguna vez el estribillo de "Puente de San Rafael" o la bellísima "Sortija de oro" que daría paso a un espectáculo soberbio del mismo nombre... Toda mi infancia está llena de los sones de "El cordón de mi corpiño", una canción con ritmo de carnavalito que se escuchaba a todas horas en las emisoras de radio y que se pedía sin cesar en los "discos dedicados".
García Carretero, trabajador incansable
Pues bien, toda la vida y la obra de la gran tonadillera están amorosamente recogidas en el libro de Emilio García Carretero sobre Antoñita Moreno. Un libro para una voz. Emilio es un extremeño luchador, un trabajador infatigable, un artista dotado de una sensibilidad y un ahínco que le hacen único. A Emilio lo mismo lo podemos ver cantando en un teatro de la Gran Vía "La Corte de Faraón" que dictando una conferencia sobre el mundo del espectáculo y sus intérpretes que siendo el alma y la vida de la historia del Teatro de la Zarzuela, en cuya labor de investigación ha trabajado durante más de veinte años y, fruto de esos desvelos, es la magnífica publicación en tres tomos, imprescindibles hoy para conocer los avatares del mítico teatro de la calle de Jovellanos. En 2010 sacó a la luz en Ediciones Amberley "Celia Gámez, memoria gráfica de la revista española", libro que me cupo el honor de presentar en Madrid y que obtuvo un éxito impresionante.
No oculto mi admiración por un hombre que quiso desde niño ser cantante (y lo ha conseguido), ha pasado por magníficas compañías de teatro, ha grabado discos -"Tarde de otoño en Platerías" es una verdadera obrita de arte-, ha recorrido medio mundo formando parte del coro titular de la Compañía Lírica Nacional y en sus ratos libres -pero ¿puede tener ratos libres Emilio García Carretero?- se mete en las hemerotecas y pasa horas y horas acumulando datos, copiando críticas, sacando reseñas para hacer estos libros que están avalados por el rigor y la devoción.
Un «devocionario»
Durante dos temporadas consecutivas, Emilio ha estado cantando "El rey que rabió" de Chapí con el Teatro de la Zarzuela. Viéndolo en el coro, entregado, feliz, me preguntaba a veces: ¿de dónde le salen las ganas a Emilio para encerrarse mañana seis horas a ojear periódicos? De su fervor al mundo de la canción. Y en este libro se ve. Hombre agradecido, no olvida a aquella Antoñita Moreno a la que conoce en diciembre de 1966 y le contrata para tenor de su coro. Recuerda con emoción aquel 12 de diciembre en que se entrevista con la cantante para incorporarse a su compañía y preparar el estreno de "Ronda de España". Desde entonces siente hacia ella una devoción extraordinaria que ha fructificado en este libro certero, lleno de datos, de anécdotas, de vida... donde se agavilla todo: los poemas que le dedicaron desde Pemán a Salvador Guerrero; las letras de canciones de las que es autora Antoñita; las críticas teatrales; los homenajes...
He escrito varias veces la palabra devoción. Este es un libro escrito como un devocionario. Antoñita Moreno se lo merecía y Emilio García Carretero nos ha demostrado una vez más lo que es capaz de hacer. Sobre todo cuando quiere. Y él siempre quiere bien.
Ha muerto en Cáceres, donde vivió, un histórico de la política extremeña. Juan Bazaga Sánchez ha sucumbido a una rápida y cruel enfermedad que soportó con cristianas resignación y entereza, rodeado del cariño de los suyos. Tenía 78 años. Era uno de los padres de la autonomía de Extremadura, pero su carrera política venía prácticamente desde su juventud.

Aunque nacido en Trujillo vivía desde los siete años en la capital cacereña. Entró en el Ayuntamiento de Cáceres en 1962 siendo el concejal más joven de la Corporación que lideraba Alfonso Díaz de Bustamante. Llegó a ser teniente de alcalde durante veintiún años. De 1971 a 1979 ocupó el cargo de vicepresidente de la Diputación de Cáceres.
En 1978, con la llegada de la democracia, Juan Bazaga fue uno de los doce políticos que constituyeron la Junta preautonómica de Extremadura. Bajo la presidencia de Luis Ramallo y Manuel Bermejo dirigió varias consejerías, llegando a ser bautizado con el apelativo de «superconsejero». Así, en 1982, le vemos como vicepresidente de Economía, Hacienda e Industria y cuando en noviembre de ese año dimitió Manuel Bermejo, Juan Bazaga desempeñó durante dos meses el cargo de presidente de la Junta de Extremadura en funciones.
Él solía decir que «era un hombre de pueblo, de una extracción modesta, pero que tenía muchísimos amigos». Pero tampoco le faltaron enemigos, a los que nunca guardó rencor. El 20 de diciembre de 1982, en las elecciones para que los consejeros nombraran al futuro presidente de la Junta, UCD propuso a Juan Bazaga y el PSOE, a Juan Carlos Rodríguez Ibarra. Como ha recordado Sergio Lorenzo, «Bazaga perdió por dos votos, los votos de dos centristas que le habían asegurado su apoyo».
Militó una temporada en Alianza Popular, pero, según el propio Bazaga, no soportaba la disciplina del partido y en las elecciones de mayo 1991 se presentó a la Alcaldía con una candidatura independiente.
La política le dió hondas satisfacciones y también amarguras sin cuento. Pero él tenía una gran vocación de servicio al ciudadano, que era su manera de entender la política y frente a los desgarros de la clase dirigente del color que fuere, el se centró siempre en la ayuda a los más débiles, a los más humildes. Sólo así entendemos sus medidas socioeconómicas en todo momento de su carrera para terminar en colectivos de defensa de los consumidores y eso sí, siempre, una pasión por Cáceres y sus candidaturas internacionales. (El fue uno de los integrantes de la delegación cacereña que recibió, hace veinticinco años, en París, la designación de Cáceres como Ciudad Patrimonio de la Humanidad).
Casado con la también trujillana Manuela Gazapo Cancho, la dulce, fuerte, sensata, inteligente y sabia Loly tuvieron cinco hijos: Inmaculada, Antonio, Victoria, Cristina y Juan. En el funeral por su eterno descanso celebrado en la iglesia de Nuestra Señora de Fátima de Cáceres, abarrotada de gentes de toda clase y condición y de políticos de todas las tendencias, el oficiante, don Juan José Rivero, destacó de Juan Bazaga su sentido profundo de entrega a los demás y la honda religiosidad que marcó toda su existencia y que hizo más llevadera la enfermedad que le atenazó los últimos días de su vida. Luego, sus restos mortales fueron trasladados al cementerio de la Vera Cruz, de Trujillo, uno de los camposantos más bellos de España. Desde aquella altura rocosa, bordeada de cipreses, se contempla la llanura trujillana y en los días claros de la primavera, Cáceres se otea a lo lejos. El sueño eterno de Juan Bazaga.
El 5 de noviembre de 1992 se le concedió a la escritora cubana Dulce María Loynaz el Premio Cervantes, considerado el Nobel de las Letras hispánicas. Esta es la crónica que publicó ABC al día siguiente y que le valió a su autor, un año después, el premio nacional de Periodismo Julio Camba.
Habíamos quedado a las doce para almorzar. Desde que llegué a la Habana el pasado 28 de octubre nos veíamos todos los días. Una ligera indisposición la mantuvo a finales de mes en cama: un pescado en malas condiciones tal vez; pero ya se había repuesto. Mientras duró la convalecencia le fui leyendo todas las tardes los artículos del número extraordinario que ABC dedicó al que fuera nuestro común y gran amigo Luis Rosales. Hablábamos de España, de sus viejos amigos Manuel de Aguilar, José María Pemán, Carmen Conde, García Nieto, Joaquín Calvo Sotelo.
El viejo palacete de El Vedado es como el decorado de una película de Visconti: arañas de cristal, porcelanas, lienzos, bronces. Allá un biombo o un piano de cola, muebles franceses, bibelots… Pero con ese peso del silencio y el abandono. Toda La Habana es como una sinfonía patética de derrumbamiento y soledad. Las verjas del jardín están oxidadas, los parterres abandonados. En lo que fuera comedor de la casa se extendió un diván para que su convalecencia no fuera tan aislante en los dormitorios de la primera planta, tan solos, tan amplios, tan llenos del recuerdo del esplendor de otros días.
Ayer habíamos quedado a almorzar. Pero a las once y media de la mañana, hora habanera, saltó la noticia. Estábamos con ella la doctora Isolina de Aragón, su médico particular y yo. Para estar más fresquitos habíamos escogido para nuestra charla un ala de la cocina que da a la parte trasera del jardín. La luz de la mañana habanera es incomparable. Tamizada por el verdor de las ceibas y los plátanos entraba por el ventanal. Sobre la mesa de mármol una historia de la literatura española de Juan Chabás, una carta de la Real Academia y el ejemplar de ABC en homenaje a Rosales. Conversábamos en unas mecedoras tranquilamente cuando saltó la noticia: Dulce María Loynaz, premio Cervantes. Llegó por teléfono, voz anónima, de alguien que lo había oído por radio. Dulce María se quedó muy quieta, alzó las manos finas, cuidadas y muy blancas hacia la albura de su pelo y sólo exclamó: ¡Dios mío!
Luego, nos abrazó. Unos segundos más tarde llamaba el ministro de Cultura, Jordi Solé Tura, y fue este cronista quien cogió su llamada y puso a Dulce María al teléfono. A partir de ese momento, éste ya no pararía de sonar.
Ante la avalancha periodística que se avecinaba, Dulce María se colocó una batita larga de seda color burdeos con esa elegancia de la escasez que poseen todos los habaneros y con un punto de coquetería se alisó el cabello. En el amplio recibidor del palacete, con su águila inmensa de bronce oxidado y los desconchones de las paredes, escoltadas por sus vitrinas con abanicos y porcelanas chinas, Dulce María Loynaz, desde el silencio sonoro, fue desgranando recuerdos:
- El premio Cervantes es para mí como una resurrección. Yo era una mujer que había entrado en la noche. Vivía encerrada en mi casa. No había vuelto a publicar desde 1958. Gracias a ABC y a usted, Castelo, yo volví a nacer para los españoles. Y en Cuba empezaron a darse cuenta de que yo no me había muerto. Desde 1986 para acá todo ha ido cambiando. Mis artículos en ABC no sólo me devolvían a la vida sino que me devolvían a mis amigos lejanos. Y cuando mis artículos de ABC consiguieron el premio de periodismo Isabel la Católica, allá en España, me di cuenta de que España seguía siendo –como entonces- generosa conmigo… Y, ay, Dios mío, ahora el Cervantes…

Dulce María Loynaz cruza las manos suavemente sobre su regazo. Es una mujer pequeña, suave, delicada, pero firme de carácter, voluntariosa, rotunda. Sus libros son un modelo de riqueza del castellano, con una sensibilidad exquisita, febril y desbordada.
En las entrevistas vuelve una y otra vez a recordar a Federico García Lorca, que se alojó en su casa durante su viaje a Cuba: «Era un hombre muy alegre, muy vital, muy simpático. Intimaba más con mis hermanos Carlos Manuel, Flor o Enrique que conmigo. Él y yo tuvimos nuestras peleas políticas, pero era un hombre encantador. En ese piano de ahí tocaba y cantaba y se reía muchísimo. Aquel viaje a Cuba fue definitivo para él. Luego, tardé mucho en creerme que lo habían matado. Era un hombre tan sensible y tan bueno…»
Y Dulce María evoca a Gabriela Mistral que también vivió en su casa, y a Juan Ramón Jiménez, -«Que era muy difícil y muy extraño»- y aquel encanto de mujer que fue Zenobia… Escurre hábilmente las preguntas que alguien le hace sobre su silencio interior, sobre la postergación sufrida.
Llegan Rafael Dezcállar, ministro consejero de la Embajada de España; Wivaldo Leyva, presidente de los escritores de la UNEAC; y el poeta y novelista Miguel Barnet. El encuentro más emotivo es el de Alicia Alonso. Estaba ensayando «La diva», que interpreta esta noche en el Festival de Ballet, y ha querido ir a darle un abrazo a Dulce María. El teléfono sigue sonando. Y ella, rodeada de periodistas, de cámaras de televisión, como asustada, sigue definiendo y defendiendo el papel de la poesía pura, intimista, lejana de todo panfleto. Y habla de España enamoradamente, de sus viajes tantos, de su vasco apellido Loynaz, de su marido, Pablo Álvarez de Cañas, tinerfeño, de sus libros «Jardín», «Los últimos días de una casa», «Un verano en Tenerife», su libro preferido… Y de los dos últimos, recientemente aparecidos en España: «La novia de Lázaro» y «Poemas náufragos»…
Se cansa. Del Ministerio de Cultura le envían un ramo de flores. Siguen las llamadas. La doctora Aragón me hace una señal y cortamos las entrevistas. Los periodistas están perplejos por la suave delicadeza y entereza a un tiempo de esta mujer que el próximo 10 de diciembre cumplirá noventa años. Y por el marco de esta casa encantada, decadente, detenida en el tiempo.
Llega el ministro de Cultura cubano, Armando Hart, le da un abrazo, la felicita y se marcha enseguida. La casa ha vuelto a quedarse muda, apagada. Dulce María Loynaz, la doctora Aragón y este cronista vuelven a sus mecedoras en la cocina. Dulce María susurra: «Volver a España, volver a España… ¿Y es verdad que el Cervantes lo entregan los Reyes?».
Son las dos y media de la tarde. Se ha pasado la hora del almuerzo cubano. «¿Por qué no comemos aquí mismo?» Y, como si nada hubiera pasado, sobre la mesa de mármol de la cocina, mirando tras los ventanales del mediodía habanero, degustamos una sopa de pollo, malanga y patata, unos trocitos de jamón cocido y un poquito de melocotón en almíbar. Un lujo de comida en Cuba. Y para celebrar el acontecimiento brindamos con vino de España. Desde un rincón de la mesa nos miraba la portada de ABC con Luis Rosales.

Por un magnífico reportaje de Almudena Martínez-Fornés, publicado en ABC el pasado 17 de septiembre, hemos sabido que en los próximos días los restos de la Reina Victoria Eugenia de España serán trasladados a su tumba definitiva en el Panteón de Reyes de El Escorial. Tuve el honor de conocerla, de asistir a su entierro hace cuarenta y dos años en Lausana (Suiza) y cuando, hace veintiséis años, sus restos mortales regresaron a su “querida España” me tocó, gozosamente, cubrir como periodista de ABC aquel impresionante y emotivo traslado. Pero aquella mañana del 25 de abril de 1985 tuve además el honor de que ABC me publicara este artículo en homenaje y saludo a la Reina que volvía definitivamente del exilio para dormir el sueño eterno bajo los azules velazqueños del Guadarrama.
Así llama a la Reina Victoria Eugenia el poeta Manuel Machado. Dulce rosa del Norte, diosa, el calor de España / es amor, es amor de tu española gente. Porque fue eso, la dulce y clara rosa del Norte que se avino a los aires morenos y mediterráneos para hacer por amor un romance de sueños y de nostalgias. Un romance que todavía hoy sigue guardando el lejano eco de las leyendas románticas y el sonsonete brioso de las coplas andaluzas que viven y se acrecientan en la melancolía como en aquellas sevillanas que escribiera un poeta popular llamado Rafael de León, que, encima, era conde y marqués.
Pero aquella Soberana, aquella fina Reina a caballo, graciosa y diamantina, victoriosa señal de una hora africana, según el verso de Sánchez Mazas, supo ser a un tiempo el iris máximo de la belleza y la expresión más pura de la sensibilidad y la devoción a un pueblo. Ese pueblo, el español, pese a tantos azares, a veces tormentosos, nunca fue infiel a su cariño. Le correspondió leal, callada, sencilla, honradamente. Hoy, cuando tantas historias y leyendas y versos parece habérselos llevado el aluvión de los tiempos, reverdecen, en esta primavera nueva, las sonatas de una Reina que se ganó la entera lealtad de su pueblo. Nos orlarían poemas de Machado, de Sánchez Mazas, de Amado Nervo, de Ventura de la Vega, de Santos Chocano, de José del Río Sainz, de Juan Antonio Cavestany, de Agustín de Foxá o de Miguel de Unamuno, trenzados desde la pasión o la amargura, por una Soberana que sobre sus hombros delicados de majestad colocó la fama y la gloria de los triunfadores y al mismo tiempo la delicadeza suprema de su fragilidad de mujer. Cuando su hijo, el Conde de Barcelona, en un acto memorable en Estoril, rinda homenaje a su propia madre, presente en la ceremonia, exclamará públicamente que "Dios le ha concedido, en medio de tantos dolores, el consuelo de contemplar cómo la Historia hace justicia a su reinado". Desde los ojos azules de mar atlántico de la Reina exiliada unas lágrimas de gratitud y melancolía realzaban su serena hermosura.
Hoy, que tan en boga se hallan los versos del Modernismo, que los nuevos escritores "venecianistas” sienten tan hondo las glorias imperecederas de todo lo decadente, cobran vida y pasión y nervio y estatura estos versos de Sánchez Mazas, en los que se anhela que de una tierra elegante de potros y nueva de navíos / llegue para nosotros con laureles y olivos / la hora antigua de gloria y con héroes del aire, / del mar y de la tierra, / fina Reina a caballo sobre coral de guerra, / seas un día mármol al viento / ¡la Victoria! Pero, al mismo tiempo, desde la lejanía del exilio, renacen esos otros poemas libres del turbador don Miguel de Unamuno. Sueña el escritor los pasados esplendores de la Corte, contemplativo ahora de ese Santander de 1934, azotado de revoluciones y sombras. Y evoca, pesaroso de sus vaivenes, aquel otro palacio de la Magdalena de luces y alegrías y, sin quererlo, se duele de ese marasmo por aquella anglicana sirena a la que un pueblo en vendaval te barrió un día / espumas, sueños, brumas para terminar, dolorosamente, con un fatal Ena, como eco lejano y brumoso, suave candencia de la mar, el mismo eco que la voz del pueblo signó para esta Reina, la más hermosa y más trágica que ideara la historia de este siglo. Durante los veinticinco años que vivió en España, que reinó en España, Doña Victoria Eugenia se desvivió por los más humildes, por los más necesitados. A sus hijos les imbuyó de esta obligación para con los débiles. "Abnegada cumplidora de su deber -recordará Don Juan-, no se ha borrado de la memoria de las gentes su constante actividad caritativa y su amor a las clases más humildes del pueblo español". Reina de la belleza y de la armonía, de la elegancia y de la prudencia, Doña Victoria Eugenia fue tambien la Soberana de la sensibilidad y de los silencios. Silencios siempre prudentes ante unas gentes que el día de su boda la reciben con flores que guardan bombas asesinas o que la despiden, en otro abril de duelo y amenazas, con insultos o desdenes. Doña Victoria fue siempre el silencio solemne, la belleza envidiada. Nadie, o casi nadie, conocía sus amarguras. A sus hijos -sus chicos, como ella siempre llamaba castizamente- los amaba de una manera entrañable, casi fiera de tan pura. De ahí que cuando Don Juan la evoque, desde el cariño y la melancolía, no yerre al asegurar que los máximos dolores de su madre fueron las muertes de sus hijos y la guerra civil española: su propia sangre derramada en inútiles caminos del mundo y la sangre de su pueblo vertida en también inútil contienda fratricida. Al final, asunto de sangre siempre. Ella, tan dulce, tan suave, tan hermosa, bella Princesa de una isla lejana, cándida y rubia como la luz de la mañana, habría de apostar por un país de resuellos y de afanes impetuosos, por una nación racial y estremecedora a la que quizá nunca comprendió, pero a la que amó apasionadamente, tal vez como reflejo de aquel otro amor mediterráneo que se encarnaba en su marido, el Rey Don Alfonso XIII.
Apostó y no perdió. Gracias a su silencio y a su generosidad; gracias a su hijo Don Juan de Borbón, acostumbrado, como ella, a las más tremendas renuncias en bien de España, sobre el viejo solar hispano, como una nueva rosa de abril, florecen hoy las lises de la Monarquía entre las libertades de un país renovado y esperanzador. No se pierde todo con la vida. A veces queda la lección de la Historia escrita sobre nuestras propias biografías. Victoria Eugenia de Battenberg, Reina de España, última rosa de oro del Vaticano, aquella dulce y fatal Ena de los poemas y de las coplas (la que fuera prima hermana del Kaiser Guillermo y de la Emperatriz Alejandra de todas las Rusias, y nieta de la Reina Victoria de Inglaterra, todo un mundo perdido y desolado, la inolvidable Soberana de los españoles, quienes durante un cuarto de siglo no tuvieron para ella más elogio que llamarla Reina guapa), descansará a partir de hoy en el monasterio de San Lorenzo de El Escorial. Junto a ella tomarán tierra española sus hijos Don Alfonso y Don Gonzalo, muertos trágicamente; Don Jaime, tras una vida azarosa. Será como el remate de un reinado. Lleno de luces y tornasoles, pero, a la postre, fecundo.
Quienes tuvimos la dicha impagable de conocer a la Reina madre -desde la muerte de su esposo, su hijo era para ella y para todos los monárquicos el Rey Juan III-; de conversar con ella, de ver sus ojos claros, llenos de azul y primavera, en aquellos días de febrero de 1968, cuando contemplaba por última vez su Madrid tan querido; quienes asistimos, doloridos y acongojados a su entierro en Lausana, un año después, sentimos hoy como un íntimo, triste y gozoso a la par, repiqueteo de campanas en nuestro corazón. La Reina Victoria Eugenia, aquella de quien a sus pies las espumas decían de la gloria y del linaje, vuelve a su tierra española, junto a los suyos. Según los versos -y éste es el artículo de un poeta-, reinar no es tener Trono -que escribió Cavestany-, reinar es ser querida; vos sois Reina de España porque ella os ama ya; pues bien, desde esas premisas, desde esa voz del pueblo que se alza y aclama a la que fue su Reina, hoy, de nuevo, las piedras seculares -oro y bronce- del Real Sitio de El Escorial abren sus sones de tradición y gloria para dar cobijo y descanso eterno a aquella mujer que quiso ser española por encima de todo. Si Manuel Machado ofreció flores y sombras de los árboles del Sur, naranjo y Iimonero..., hoy la católica majestad de Victoria Eugenia de España encuentra su reposo definitivo entre los pinares y las piedras berroqueñas de la sierra de Guadarrama por los siglos de los siglos.
Todos los adjetivos, por encontrados que fuesen, tenían acomodo en su persona. Era tímido ante los desconocidos, pero profundamente simpático y ocurrente en la privacidad de los amigos; era popular y aristocrático a un tiempo –aquellos brazos interminables, la finura de sus manos-; ciudadano del mundo –paseaba por Londres como si toda su vida hubiese vivido en la City- y no podía olvidar su condición de bagañete y hacer los más encendidos elogios de su “isla bonita”; pasaba con una tranquilidad pasmosa del asunto más frívolo –con el juego de sus grandes ojos negros- a la conversación más profunda, casi siempre de arte, casi siempre de pintura.
Ahora, Cándido Camacho ha vuelto a la actualidad con motivo de una exposición que se puede ver estos días en el Museo Municipal de Santa Cruz de Tenerife, tras diecisiete años de su última exposición póstuma. Su comisario, Pedro David Hernández Luis, ha hecho una inteligentísima selección con un detallado recorrido cronológico con obra expuesta y catalogada, en su mayoría, por primera vez. Coincidiendo con la exposición Pedro David Hernández Luis ha sacado a la luz un espléndido catálogo donde se agrupan las vivencias de los que fuimos amigos y admiradores de la obra de Cándido Camacho: desde Gonzalo González a Magda Lázaro, desde Juan Gopar a Mariano Cáceres, desde Fernando Álamo a Manolo Blahnick, destacando los testimonios impresionantes de la madre del pintor, la admirable y singular Epifania Gómez Breña, alma y guía del artista, y el de su sobrina Yolanda Martín Camacho, en quien Cándido tenía puestas todas sus esperanzas. He pasado unos días inolvidables en Tazacorte, Los Llanos de Aridane y Santa Cruz de Tenerife. La presencia de Cándido Camacho era constante. De pronto hemos vuelto a las Canarias de los años setenta con aquella ebullición artística y literaria, con noches que no se acababan nunca, con aquel hervidero de La Laguna y las largas siestas en la arena de la playa...
Miro ahora las fotos de Cándido en ABC, las reseñas de sus exposiciones en la Conca, de Tenerife; en la Balos, de Las Palmas; en la galería del Naviglio de Milán... En 1985, con motivo de su exposición en el Círculo de Bellas Artes de Tenerife, escribíamos en ABC: “Cándido Camacho, amante fiel de su tierra canaria, ha despreciado las ofertas que le han tendido desde fuera, para seguir creando en el seno mismo de sus raíces, entre los platanares de Tazacorte y cara al mar donde dicen los antiguos que a veces aparece la isla de San Borondón, como una resurrección de la Atlántida embrujada...” Es verdad. Desconcertaba a los tontos útiles y a los intelectuales de medio pelo y arrastraba tras de sí a los puros y a los limpios de corazón.
No soportaba a los mediocres ni a los envidiosos ni a los maledicentes. El era claro como un torrente de La Palma, ardiente como el Teneguía, misterioso como San Borondón y la Atlántida... Y gozaba de poderes. Él mismo era un poder sobrenatural. Urbano Domínguez es testigo. Te adivinaba, con una humilde sonrisa, si te iban a dar un premio o si habías tenido un contratiempo. Por anunciar, anunció su propia muerte. Y todo sin inmutarse, con esa serenidad de los justos, de los que están a bien con su conciencia. Adoraba a sus padres, a su hermana, a su sobrina Yolanda, en quien trazaba los futuros de sus sueños. Y no se veía fuera de Tazacorte: allí estaban los azules, los verdes, los rojos, la naturaleza... Lo demás era mundo que se podía visitar. Para vivir y para pintar era necesario aquel rincón callado de su isla, rodeado del mar y de las plataneras. Haciendo verdad el soneto: “soñando con un lienzo espejeante/ lleno de labios, labios, labios mudos”.
Por él, Marlene vivía sensualmente entre nosotros y las cucarachas se hicieron nuestras amigas. No sabéis lo que era acompañarle a un museo. ¡Cuánta sabiduría, cuánto conocimiento, qué exacta su palabra! Se marchó de mi casa -donde siempre vivía cuando estaba en Madrid- para ver una exposición en Granada y nunca más volvió. Un accidente de carretera acabó con su vida. Era un día de mayo. Todavía hoy, casi veinte años después, sigo esperando que regrese.

De izquierda a derecha: Pedro David Hernández Luis, comisario de la exposición; el alcalde de Santa Cruz de Tenerife, José Manuel Bermúdez; Omayra Martín Camacho, Fany Camacho Gómez y Yolanda Martín Camacho, hermana y sobrinas del pintor Cándido Camacho; el teniente de alcalde de Santa Cruz de Tenerife, Julio Pérez, y la alcaldesa de Tazacorte, Carmen María Acosta

Poco a poco estamos llegando -gajes de la vida- a casi todos los centenarios de personajes que fueron nuestros amigos, con los que convivimos y pasamos los ratos buenos y los malos y ahora, al evocarlos, se nos antojan seres maravillosos, porque lo fueron, siguen vivos en nuestra memoria y porque nos dejaron el extraordinario poder de su legado. Este es el caso de Lorenzo Goñi, un dibujante genial, cuyo centenario se cumple ahora. El Museo ABC ha tenido el acierto de programar, junto a una exposición antológica de Kurosawa, una muestra de la obra de Goñi, que está resultando deslumbradora por desconocida para las nuevas generaciones. De ahí el éxito que está obteniendo.
Nacido en Jaén, conquense de adopción, está considerado por la crítica más exigente como uno de los más grandes de los dibujantes españoles del siglo XX. Y eso que su modestia, su retraimiento, su timidez no le arrancaban de donde era verdaderamente feliz: el ambiente de su casa, rodeado de su familia o inmerso en el mundo del dibujo en el que alanceaban pinceles, lápices, pliegos de papel, plumas de todas las clases y su ingenio portentoso de hombre que todo lo analizaba con profundidad y que desde el silencio de su enclaustramiento nos ofreció una síntesis de la vida profunda de los seres y de las cosas.
Hubo quien pensaba que era huraño; pero no. Su sordera –como a Goya, como a Beethoven- le había aislado de alguna manera; pero él ya lo quería así. El prefería su casa y su gente y el navegar entre su obra antes que los artificios de los saraos o de la vida social. Su ‘soledad del prisionero’ no era un alejamiento del mundo: era un retirarse intencionado para analizar y desentrañar mejor a ese mundo que le tocó vivir. Por eso era grande y era modesto. Y por eso la España que nos dejó dibujada nos produce ese estremecimiento. Se le llamó el poeta de los tejados, las buhardillas y los gatos. Sí, lo fue. Pero fue también el diseccionador de la vida humilde, de esa que se colaba a través de sus ventanas abiertas a la noche con sus casas antropofórmicas y sus personajes enigmáticos de miradas imposibles. Donde no faltaba la gota sutilísima del humor más tierno ni el punto ácido de la amargura.
Lorenzo Goñi creaba árboles animados, aquelarres legendarios y lunáticos, animales que se confundían con sus rocas vivientes, tejadillos de derrumbe y melancolía, barrancos insondables, muchachas pensativas. Era un poeta. González-Ruano lo definió con agudeza: “es universal por muy español. No sólo porque sean dibujos de un gran dibujante, sino porque son dibujos de un gran poeta”. Y nos atreveríamos a agregar: “de un gran poeta español”. Por eso no es de extrañar esta confesión de su hija Inés: “tras largos años de residencia en el extranjero, me doy cuenta de que la obra de mi padre es profundamente española. Posee ese “sentimiento trágico” que no se halla en ningún otro país”.

Lorenzo Goñi era un hombre hondamente querido y admirado en ABC donde durante años dejó una muestra impresionante de su buen hacer como pintor e ilustrador. Aquella portada del extraordinario de ABC del primero de año de 1958 era ya de Lorenzo Goñi, en un número especial donde, entre otros artistas, colaboran Juan Esplandiú, Teodoro Delgado, “Marian”, A. Lorenzo, Pardo Galindo, Robledano, Serny, Grau Sala, Alfredo Ramón, Guijarro, Arias, Redondela, y donde escriben desde Pemán a Víctor de la Serna, desde Wenceslao Fernández Flórez a Manuel Halcón o José María de Cossío. En ese número, a título de ilustración poética a los meses del año, se publican poesías modernas y clásicas en las que no faltan autores como Luis Rosales, Manuel Machado, Antonio Machado o Federico García Lorca. Estamos en enero de 1958. Ya ha dejado nuestro pintor el apellido de su madre –Suárez del Árbol- como firma. Es Lorenzo Goñi y es la portada de un extraordinario de ABC. Treinta años después, en 1988, en la entrega del Premio “Penagos” a nuestro pintor, Antonio Mingote afirmaba: “Si Goñi dibujaba los pliegues de una túnica, eran pliegues verdaderos... Si dibujaba una maleta, se adivinaba dentro el traje plegado, las camisas a rayas y hasta unos calcetines apretujados en un rincón. Si dibujaba un hombre rico, se adivinaba su poder; si es un pobre, se traslucía su miseria...”
Le recuerdo en la Redacción de ABC, donde yo era Jefe de Colaboraciones y él traía puntualmente sus dibujos. Camilo José Cela, que siempre le llamaba “el sordico”, le admiraba profundamente. Veo en la memoria a Camilo en el despacho de Guillermo Luca de Tena, entonces director de ABC, trayendo y leyendo en voz alta sus colaboraciones para “El juego de los tres madroños”, serie que vio la luz en ABC y que luego Camilo llevó a libro. Goñi había hecho el dibujo general en la parte de arriba de la página, con caricatura de Cela incluida. La parte de abajo, abrazando al texto, era siempre alusiva a éste. Como salía tres veces en semana, Goñi venía constantemente a traerme sus trabajos y a llevarse los escritos de Cela. Uno de esos “madroños”, como los llamábamos, se lo dedicó Cela a “Lorenzo Goñi, el Sordico”. Es aquel en el que dice “mi amigo Lorenzo Goñi, el Sordico, dibuja y graba y pinta con muy raro talento y muy firme pulso unos sueños que son parientes de los de Goya, quizá con un punto menos de acritud y un adarme más de misericordia”. De esa etapa conservo el precioso retrato que me hizo para mi libro de poemas “La sierra desvelada” que obtuvo el premio nacional Gredos en 1980.

Amigo de Ruano, de Cela, de Julio Camba (“Goñi es uno de los pocos artistas capaz de ilustrar un concepto”), de Pedro de Lorenzo, de Pepe Hierro, de Federico Muelas, de Rafael de Penagos, de Ramón Gómez de la Serna, se sabía a don Pío Baroja de memoria y se sentía orgulloso de la edición que ilustró del Quijote. Había ilustrado tantos libros de muchos de esos amigos...Y amaba extraordinariamente a Cuenca mientras en silencio coleccionaba soldaditos de plomo. Su “ex libris” era una caracola y este texto: “Solo oigo mis rumores”.
La muerte de su mujer, Conchita, en 1989, fue un duro golpe para Lorenzo Goñi. “Mi víscera más” la llamaba. Su única hija Inés se lo lleva a vivir con ella a Suiza. Muere allí, dos años más tarde. Era marzo de 1992 y tenía 81 años.
Su obra es hoy uno de los descubrimientos de los jóvenes diseñadores y dibujantes. Quienes visitan a diario el Museo ABC se llevan la confirmación magistral de Kurosawa y la sorpresa y el estupor de haber hallado a uno de los más grandes dibujantes españoles de todos los tiempos. Desde las salas donde Goñi pasea esta parte de su obra se divisan las torres y cúpulas de las Comendadoras y los cielos velazqueños llenos de tejas y chimeneas. Curiosamente, al cumplir su primer siglo, Lorenzo Goñi ve desde los tejados madrileños que tanto amó cómo su obra se afianza deslumbradora mientras él hace un guiño a la luna porque “hay también la cigüeña de la muerte”, aunque él no la quisiese.


El día 21 de febrero de 1861 nació en Sevilla don Torcuato Luca de Tena, fundador de ABC y de «Blanco y Negro». Ciento cincuenta años nos separan de aquella fecha que se nos antoja lejanísima: reinado de Isabel II, la revolución de 1868 o «La gloriosa», el efímero reinado de Don Amadeo, la primera República, su derrumbe, la restauración de la Monarquía alfonsina, la dictadura de Primo de Rivera. Todo este abanico de sucesos políticos se suceden solo en la vida de don Torcuato, un hombre que a los ojos de hoy muere joven —68 años— y que en su época —1929— ya se nos antoja por las fotografías un anciano venerable. Lo asombroso era el imperio periodístico que dejaba con una cabecera, ABC, imprescindible en el mundo informativo español e hispanoamericano cuando aún quedaban tantos sucesos —y tan graves— por aparecer en la vida nacional española: la II República, con sus persecuciones al periódico, los secuestros del diario, la Guerra Civil —cuando, por azares de la vida, fue el único periódico que salió con la misma cabecera en las dos zonas en guerra—, los cuarenta años del franquismo, la Transición y, en fin, la restauración monárquica en la persona de Don Juan Carlos de Borbón y su dilatado periodo de paz y democracia que llega a nuestros días.
Pero lo que impresiona y conmueve es contemplar hoy la labor de aquel joven empresario sevillano que sueña con una empresa periodística y que esa empresa sigue viva, gozando de buena salud, en medio de una de las crisis económicas más fuertes que se han conocido en la historia y codeándose con los más sofisticados y asombrosos métodos de edición. En la época de Internet y de las distintas clases de «i-phone» o «ipad», el diario ABC sigue su marcha con la misma impronta que le dio su fundador.
«El gusanillo del Periodismo»
Porque lo que parece claro es que don Torcuato tiene desde su más tierna infancia una doble dualidad que le marcará su vida toda: un profundo sentido empresarial y lo que llamamos en la profesión «el gusanillo del Periodismo». Por eso lo vemos a los catorce años estudiando en el Instituto de San Isidro en Madrid, donde entabla amistad con Luis Romea y se embarcan a esa edad a fundar un periodiquito llamado «La Educación». Don Torcuato, con el gracejo andaluz que tuvo siempre, recordaba: «Pedimos el cambio a algunos periódicos de provincias. “El Papamoscas”, de Burgos, lo estableció y hasta nos dedicó un suelto, en el que decía que el semanario debía llamarse “La Lactancia” en vez de “La Educación”. No hay que contar la irritación que el caso produjo entre los jóvenes redactores». Pero a él le quedó el «gusanillo»...
Años más tarde, en 1879, fija definitivamente su residencia en Madrid para representar los negocios familiares de Sevilla. Se mueve con soltura: conoce a políticos y escritores, viaja por toda Europa. Tiene la amistad de Sagasta, Canalejas y otros dirigentes del Partido Liberal. Lo tientan con la política, pero... 1890 será un año decisivo en su vida. El 2 de julio se casa con doña Esperanza García de Torres y un par de meses más tarde viaja con Luis Romea a Múnich para estudiar la organización artística e industrial de la revista «Fliegende Blätter». De regreso a Madrid es cuando se produce la escena tantas veces narrada del Círculo de Bellas Artes. Lo cuenta así el propio don Torcuato: «Conversando con varios pintores jóvenes me lamenté de que no se hiciera en España algo análogo... Me replicaron que aquí sobraban artistas para publicar un periódico ilustrado, pero hacían falta editores. Pues yo seré ese editor, contesté. Y aquel mismo día quedó decidida la publicación de “Blanco y Negro”».
El sueño anhelado desde los catorce años se hacía realidad. Ahora comenzaba una de las aventuras empresariales más arriesgadas. Con «ByN» ensalzó la crónica breve, el cuento, el poema, con magníficas ilustraciones. Era un producto pensado para entretener y divertir honestamente. Un feliz equilibrio entre imágenes y palabras. Había que abrir a los lectores los salones palaciegos, los acontecimientos sociales, los estrenos teatrales, los últimos deportes. Nada de crónicas aburridas, textos cortos; imágenes con «glamour», los vestidos de la Reina, los sombreros de las actrices de moda, los toreros de cartel, los concursos hípicos. Ese era el nuevo periodismo. «Ha sido un hijo agradecido», dirá don Torcuato cuando al comenzar el siglo XX la revista alcance los ochenta mil ejemplares de tirada. Tan hijo agradecido que de un capital de cuatro mil pesetas y una imprenta alquilada se pasó a construir el palacete de la calle de Serrano con nuevas y magníficas maquinarias traídas de Alemania y aquellas naves, «como un trasatlántico», dispuestas al gran sueño: sacar ABC.
«Seguimos y permaneceremos donde estábamos»
José Cuartero, un magnífico periodista anónimo de ABC, al que entregó toda su vida, autor del célebre editorial del 15 de abril de 1931, el del «seguimos y permaneceremos donde estábamos», dijo que la salida de ABC se perfiló como una gran operación militar. Hasta se hacen —impensable en 1903— números de ensayo. Semanal primero, bisemanal después, todo tenía que salir a la perfección. Es curioso: don Torcuato, que no era escritor, pero sí periodista, dejó trazada desde el primer momento una especie de línea editorial de lo que quería que fuera ideológicamente ABC.
Asombra ver que, ciento ocho años después, esas líneas maestras del pensamiento liberal-conservador sigan vigentes: la defensa de la Corona, la unidad de España, el respeto a la Iglesia católica y al Ejército, la economía libre de mercado, la búsqueda de la excelencia allí donde estuviere, la pasión por la información gráfica, la necesidad de prescindir de simpatías personales a la hora de enjuiciar un problema político. Y quería los mejores colaboradores, fueran de la ideología que fueran, se llamaran Juan Ramón Jiménez, Azorín, Maeztu, Blasco Ibáñez o Manuel Machado... Sin contar con el acierto del formato y de la grapa, que todo hay que decirlo. Como escribió Wenceslao Fernández Flórez, «en España, en todo lo que alcanza la visión del pasado y del presente, no ha habido ni hay un creador de periódico a su altura».
Don Torcuato, aquel sevillano de genio vivo y marcado acento andaluz, lo supervisaba todo, meditaba sus iniciativas, viajaba constantemente a Europa —sobre todo a Alemania— para traer las últimas tecnologías, modernizó el periodismo español como nunca antes se había hecho. Por no faltarle redaños, hasta se presentó en las Ramblas de Barcelona a vocear el periódico cuando el separatismo rampante bañó de sangre la Semana Trágica de 1909. Y con el mismo temple rechazó por dos veces las carteras ministeriales que se le ofrecieron. «Firme como el acero y claro como el diamante», lo definió Azorín.
Fue un empresario con un profundo sentido social, anticipándose siempre a las conquistas y mejoras que los trabajadores de su tiempo comenzaban a obtener gracias a las presiones de los sindicatos. Prensa Española fue la primera industria del país en adoptar la jornada de ocho horas y en respetar el descanso semanal de sus trabajadores; estableció las concesiones de créditos sin interés a sus empleados; las vacaciones pagadas; la jubilación a los sesenta y cinco años; una caja de ahorros con interés del 10 por ciento; los gastos de médico y farmacia –más el sueldo íntegro- en caso de enfermedad; el seguro de vida a partir de los cinco años de servicio y la participación en los beneficios de la empresa, una medida que en 1909 se consideró sencillamente revolucionaria. Don Torcuato siguió un lema que su padre y su tío pusieron al frente de sus industrias sevillanas: “De la prosperidad de esta Casa dependen el bienestar y el porvenir de cuantos trabajan en ella”. En su testamento figuraban también sus empleados: una paga del diez por ciento de su sueldo anual. De todos aquellos anhelos y realidades aún queda gozosamente viva la institución que creó poco antes de morir: la Fundación Luca de Tena - Casa de Nazareth. Puesta en marcha por su mujer, Esperanza García de Torres comenzó siendo un internado para huérfanos de periodistas y hoy sigue ayudando a familias de la profesión periodística en momentos delicados.
Sintiendo cercana la muerte redactó su propia esquela, resumiendo sus títulos en esta sola palabra: Periodista. En el margen de la cuartilla donde la dibujó, subrayó: «No poner excelencias, cruces, senador vitalicio, etcétera».
Murió en Madrid el 15 de abril de 1929. Rafael Sánchez Mazas contó así sus minutos finales: «Al cerrar los ojos cristianos, tú fuiste, Sevilla, su último dulce sueño terrenal. ¿Sabes cómo hasta la última hora soñaba tu Giralda y tus jardines?». Pero esto apenas se conoce.

La frase está en la calle: «Quedamos en el Museo ABC, al lado de las Comendadoras». Es el Museo de moda, el que está despertando tantas sorpresas, el que concita la atención del abuelo que quiere evocar las ilustraciones que le recordaban al «Blanco y Negro» de casa de sus padres y de los jóvenes artistas que necesitan beber de tanta vanguardia y tanta modernidad. Me divierte escribirlo porque me lo han dicho varias personas: El Museo ABC es ahora mismo el más vanguardista de Madrid.
Si hay algo que conmueve y estremece, por la impresionante variedad, por las tendencias tan distantes, por el rompimiento y a la vez por la tradición de las modas y vanguardias pictóricas en España, es la contemplación serena de la obra gráfica de ABC y Blanco y Negro. Toda la memoria colectiva del siglo XX, más una buena parte de los finales del XIX, está recogida en ABC de manera amorosa y deslumbrante. Claro que hay que conocer cómo se gesta toda esta aventura de Blanco y Negro y ABC para darse cuenta de por qué fue posible conseguir tan preciado tesoro. Y, como en tantas cosas y situaciones, hay que acudir inevitablemente al alma del fundador don Torcuato Luca de Tena y Alvarez-Ossorio. Lo narra él mismo en un artículo publicado en el número 2000 de Blanco y Negro. Cuenta así la creación de esta revista:
«Nació Blanco y Negro de un viaje a Alemania. Estuve en Munich y allí pude admirar y estudiar la organización artística e industrial de la famosa revista "Fliegende Blätter". De regreso a Madrid y conversando con varios pintores jóvenes en el Círculo de Bellas Artes, me lamenté de que no se hiciera en España algo análogo, pues sólo existía entonces y estampado en litografía el "Madrid Cómico". Me replicaron que aquí sobraban artistas para publicar un periódico ilustrado, pero hacía falta editores. Pues yo seré ese editor, contesté. Y aquel mismo día quedó decidida la publicación de Blanco y Negro».
De Juan Gris a Joaquín Sorolla
Como nos contaba años después su nieto, el inolvidable don Guillermo Luca de Tena, desde entonces, fiel a su palabra empeñada, don Torcuato Luca de Tena hizo de su revista el marco ideal que cobijó a una pléyade de artistas cuyas obras enriquecerían cualquier museo. Porque fueron pintores y escultores de primera línea los que llenaron con sus obras esas páginas artísticas de Blanco y Negro: Juan Gris, Ramón Casas, Mariano Benlliure, Moreno Carbonero, Bernardino de Pantorba, Joaquín Sorolla, Aniceto Marinas, Darío de Regoyos, Agustín Querol, Daniel Vázquez Díaz, Valentín de Zubiaurre, Manuel Benedito, Fernando Alvarez de Sotomayor, Cecilio Pla, Angel Díaz Huertas, Francisco Sancha, Martínez Abades... Don Guillermo, con esa agudeza de empresario, nos contaba a principios de los años 90 del siglo pasado que ese cuadro de colaboradores artísticos, tan impresionante, no se debía al azar ni a la fina sensibilidad de un editor para seleccionar a los mejores. La razón, según don Guillermo, estaba en los extraordinarios adelantos técnicos que permitieron ofrecer la más perfecta reproducción de tantas obras de arte. De ahí el interés, el «pique» por salir en sus páginas. De ahí, también, que semana a semana se agolparan sobre la mesa del director decenas y decenas de portadas de Blanco y Negro, cada cual más atractiva y singular, más novedosa y llamativa. Por eso se halla en esta colección -a color o en blanco y negro- toda la moda tan cambiante y revolucionaria de la época, los usos y costumbres de la sociedad española, las nuevas tendencias. Tengan en cuenta que cuando se publica Blanco y Negro estamos en 1891, la mujer usaba polisón y se tocaba con sombreros sofisticados, las noches del Real son deslumbrantes de joyas y pieles, existen los coches de caballos... Junto a la burguesía adinerada –a la que pintan o sutilmente critican- los pintores buscan también cuadros de costumbres, con muchachas envueltas en mantoncillos de crespón, lavanderas a orillas del Manzanares, gomosos y guindillas, chulapos de pantalón ceñido a cuadros, ventorrillos de los alrededores -ay, las ventas del Espíritu Santo, con su vino barato y sus gallinejas-, en los terrenos donde hoy se asienta la plaza de toros y una parte de la M-30...
Todo esto va a ir cambiando. Siguiendo la colección pictórica y gráfica de ABC, asistiremos a las caídas de los Imperios centrales, a las escenas a plumilla de la primera guerra mundial; el lector contemplará atónito el desmoronamiento de todo un mundo que parecía magníficamente establecido; pero que no: Europa se desangra y empieza a llegarnos una nueva cultura donde los negros han dejado de ser la servidumbre de las casas elegantes para convertirse en cantores de jazz; aparecen y triunfan deportes desconocidos como el «foot-ball» y el «tennis» y de los bailes de salón a ritmo de vals se pasa al alocado charlestón, al prohibido tango y al corte de pelo a lo «garçon». Y, en fín, surge, arrasador, el cinematógrafo. La revolución a todos los niveles es absoluta. Nadie sabe realmente qué está pasando, hay una cierta ridiculización de las democracias tradicionales y los «ismos» –literarios y artísticos- abundan por doquier. No, nadie sabe qué está pasando pero en la vieja Rusia la familia imperial ha sido brutalmente asesinada por los comunistas y en Alemania, desde las urnas, surge un nacionalsocialismo que encarnará Hitler. El viejo mundo está desapareciendo con un punto de embriaguez y de atracción por el vacío, y, sin darnos cuenta, estamos asistiendo desde las páginas de Blanco y Negro y ABC a ese desmoronamiento, pero de otra manera. A las antiguas ilustraciones de Ramón Casas o del valenciano Cecilio Pla, con sus mujeres exquisitas y barrocas, muy fin de siglo, vendrán las damas estilizadas de Penagos o de Román Bascones; Lozano Sidro hace auténticos cuadros de las capillas públicas de Palacio mientras ridiculiza a los nuevos ricos, Díaz Huertas nos trae escenas de la vida cotidiana y grata y Francisco Sancha, con sus trazos gruesos y su pincelada de claroscuro donde la ternura se une al patetismo, nos ilustra con la vida menestral madrileña, hecha de tiendas de ultramarinos, tabernas con noctívagos adormecidos, vallas de tablones para personajes barojianos, mientras otro pintor, Eulogio Varela, crea unos deliciosos motivos decorativos para orlar artículos o poemas de escritores que se llamaban Juan Ramón Jiménez, Manuel y Antonio Machado, Francisco Villaespesa o Eduardo Marquina.
200.000 obras y más de 2.000 artistas
Son cerca de 200.000 originales de más de dos mil artistas. Algunos, como hemos insinuado, comenzaron aquí, enviando sus colaboraciones libremente mientras empleaban las técnicas más expresivas del momento. De ahí la variedad también en las técnicas: acuarela, gouache, acrílico, pastel, grafito, carbón, tinta, pastel, óleo. Hay algo que conviene resaltar también y es la continuidad del carácter de la revista. Aunque la publicación se fue amoldando a las distintas transformaciones de las épocas, esto hizo que las tendencias o gustos artísticos fueran también acogiéndose a los nuevos tiempos sin que nada tuviera que chirriar. Y así vemos desde las más bellas alegorías del art déco a las vanguardias más absolutas. Por eso si se contempla la lista de colaboradores nuestro asombro quedará marcado sencillamente porque están todos y están todos con sus maneras de ser y de pintar: desde Emilio Sala a Almada Negreiros, desde Alvaro Delgado a Manuel Rivera.
Para muchos estudiosos de las vanguardias del siglo XX esta impresionante colección de ABC podría establecerse en cuatro apartados: los ilustradores, los humoristas, los caricaturistas y los retratistas. Ellos, sin duda, ocuparon un lugar destacado en el mundo del arte de su tiempo. Algunos se han eternizado por encima de sus épocas; otros, han caído en el olvido; pero entre todos hicieron posible no sólo un mundo artístico mejor sino también una de las mejores colecciones privadas que existen de esa época. Hay además otro detalle sumamente curioso: desde un primer instante, la Casa de ABC creó concursos y premios a los que optaban -y siguen optando- los jóvenes de cada momento que han continuado aportando su caudal de inteligencia y sensibilidad.
Quizás hoy día lo que más llame la atención de los nuevos admiradores del arte sean los ilustradores. Desde la primera portada de Blanco y Negro, obra de Díaz Huertas, al último dibujo de Mingote publicado recientemente en la portada de ABC hay un sin fin de nombres que, según quien los evoque, así les gustará hasta llamarlos por su nombre. ¡Cuántas veces hemos oído a algún lector de ABC recordar las escenas bucólicas de Regidor, con sus pastores dulcemente enamorados, la paz de los campos, las humeantes chimeneas en los otoños castellanos! Otros, como decía, preferían los nobles salones con damas enjoyadas y alabarderos de buen porte de Méndez Bringa o Lozano Sidro. O las escenas campesinas de Medina Vera o el popularísimo Sancha. Volviendo a Francisco Sancha, que era malagueño, recuerdo que, en una ocasión, las ilustraciones madrileñistas -bellísimas como suyas- de este singular ilustrador sirvieron de carteles de crédito a una de las películas cupleteras de Sara Montiel y cómo la noche del estreno, con la sola visión de aquellas estampas del Madrid un punto entre arrabalero y quevedesco, se despertó un cerrado aplauso entre los estrenistas de turno. Como escribió Francisco Nieva «nadie hay de comparable a Sancha entre los dibujantes españoles de su tiempo». Otro personaje injustamente olvidado es Martínez Abades. Era famoso por sus «marinas», delicadísimas, y por sus puertos de mar llenos de tonalidades rosas y atardeceres nostálgicos. Escribía también letras de cuplé y tenía tal fijación por el agua que si en pintura eran famosas sus marinas, su cuplé más solicitado era «Agua que no has de beber», con el consiguiente cachondeíto que eso originaba en las tertulias del Café Suizo o del Fornos.
Los años 20
Y, como decíamos, en los años veinte la colección se enriqueció con Penagos –que creó «su» tipo de mujer-, Ribas, tan vinculado a la Perfumería Gal, Bartolozzi, Baldrich, que traen a escena a la «Eva» nueva, la que viene determinada por el cine, la que ha olvidado los pechos orondos gracias a las pilules orientales, las fajas de ballena, los peinados desparramados e interminables y se ha apuntado al pelo corto, el talle bajo, el sombrerito «cloche» y, en fin, a la modernidad y a la libertad más absoluta. Celia Gámez estrena chotis a la falda muy cortita, muy cortita, ajustadita, luciendo el talle o a la Manuela que por el cine tenía desatendido el taller de planchar. Nombres de ilustradores como Juanito Esplandiú, Estalella, Benjamín Palencia, Masberger, Santonja, Barradas, Teodoro Delgado, Carlos Sáez de Tejada, Angeles Torner, al lado de los humoristas de cada época, como Sileno, Xaudaró –con su popular perrito, que los niños «chic» llevaban en un «pin» de plata –y nos creemos que hemos descubierto algo- hasta llegar al maestro Antonio Mingote –gloria de ABC, más de medio siglo en sus páginas, adoración de propios y extraños, personaje querido y admirado donde los haya-, sin olvidar a Lorenzo Goñi, Martinmorales, Máximo, Puebla, Berridi, ni al llorado Mena con su inolvidable «Cándido».
¿Y los caricaturistas? ¿Y los retratistas? Siempre quedará alguno olvidado y esa pena nos baqueteará. Pero en esta Casa hicieron santo y seña Fresno, Romero Escarcena, Tovar, Martínez de León, Ricardo Martín, el entrañable y queridísimo Antonio Casero, Ugalde, Menéndez-Chacón, Puente, Sirio, Córdoba, Palacios, Almarza, Pérez D’Elías o el prematuramente fallecido Fernando Rubio.
Los retratistas o dibujantes tenían y tienen un respeto absoluto a lo ya hecho, porque se encuentran que entre los retratistas de la Casa figura Daniel Vázquez-Díaz o Solís Avila, Angel de la Fuente, Acquaroni, Cañizares, Olabarría, Pinto, Mampaso...
No. No. La lista no se acaba. Como no se acaba la historia. ABC es un periódico abierto a las nuevas tendencias, completamente joven. Cuando este escrito vea la luz ya habrá más ilustradores y más dibujantes y más pintores...
Anecdotario
Pero hoy estoy cañero y batallador y orgulloso y tengo ganas de contar esas cosas que casi no se saben. Por ejemplo, ¿saben los jóvenes lectores que Ramón Gómez de la Serna ilustraba él mismo sus propios artículos y greguerías y que en la colección de ABC hay decenas y decenas de originales magníficos? ¿Qué Maruja Mallo, la gran musa del 27 y una de las más grandes pintoras del surrealismo español tiene una tinta publicada en ABC el 9 de noviembre de 1930? No sé cómo le daba tiempo de pintar porque en aquella época andaba como una desorejada tras todo varón que se movía. Federico García Lorca la llamaba «pimiento picante» y logró quitarle un novio. Para que luego digan que no ha existido el donjuanismo femenino... ¿Saben que la pintora Angeles Torner , bajo las siglas ATC, marcó la moda en «Blanco y Negro» y sus modelos revolucionaron la estética femenina en la primera mitad del siglo XX?
¿Que Juan Gris era discípulo de Cecilio Pla, uno de los más grandes ilustradores de Blanco y Negro, y que fue éste quien lo recomendó a don Torcuato para que publicase ilustrando un poema de Santos Chocano y una narración de Francisco Flores García?
¿Sabían, por ejemplo, que Rafael Alberti no sólo publicó antes de la guerra un poema taurino , sino que tras su exilio volvió a colaborar en ABC, donde obtuvo el premio Mariano de Cavia? Uno de sus dibujos apareció en ABC Cultural el 3 de enero de 1992. Y su amigo Dalí que también haría una ilustración- dedicatoria en octubre de 1963... Tantos. Todos.
Y se quedan nombres importantísimos, como el canario José Aguiar o Crayón o Pedro Mayrata o Marceliano Santa María o Maximino Peña o Mariano Bertuchi con sus deliciosos y exóticos paisajes de Marruecos. Y los que ilustraron para las publicaciones incautadas por el Gobierno republicano como Arcones o Camarero y los más cercanos Serny, «Chumy Chúmez», Manolo Summers, Teodoro Delgado o Lorenzo Goñi –magnífico ilustrador de series del premio Nobel Camilo José Cela- o Julián Grau Santos o el exquisito Tauler. Y, hoy como ayer, presidiéndolo todo, como un don de la naturaleza, el maestro Antonio Mingote, que lo ha visto todo, lo ha pintado todo y sigue con su generosidad y su humor viendo avanzar el nuevo siglo –con todos sus recuerdos al hombro- trabajando alborozadamente con la ilusión de un principiante. Gajes de las Casas con tantas historias vividas con ardorosa pasión.
Lo dicho: que nos vemos en el Museo ABC, al lado de las Comendadoras...