
Nos está costando sobrellevar esta muerte. Han sido casi sesenta años de una vida entregada por completo a ABC los que ha truncado la desaparición de Mingote. Más de cuarenta de mi vida en su cercanía, aquí en el periódico, cuando Antonio venía por la
Casa de Serrano, primero, cincuentón y elegante, simpático y humilde, caballeroso siempre. Así hasta el último día, porque Dios quiso concederle una existencia larga y fecunda. Conservó hasta el último momento la elegancia, el señorío, el humor sutilísimo y la timidez. En la reunión de los Cavias del año pasado declinó hábilmente la presidencia del Jurado en el Director de la Real Academia Española (su otro Director era el de ABC)
José Manuel Blecua y así, por aquello de la jerarquía, se ahorraba de paso tener que pronunciar el discurso reglamentario en la cena de entrega de los premios. Porque Antonio era un hombre profundamente tímido, que se ruborizaba cuando lo abordaban por la calle o lo saludaban los taxistas.
Siempre recuerdo el gesto de su cabeza, con su sonrisa apenas dibujada, cuando veía en el despacho de Juan Ignacio Luca de Tena, el que creó el premio con su nombre, aquel dibujo suyo, en color, extraordinario, sobre un Velázquez pensativo,
ante las Meninas, porque “hay días en que no se le ocurre a uno nada”.
En estas jornadas en que se han escrito tantas y tan magníficas reseñas, en que el periódico se ha visto literalmente desbordado por la cantidad de cartas de pésame recibidas, hay algo que sí me gustaría destacar: la laboriosidad de Mingote. Militar al fin, tenía un sentido estricto del deber. Madrugaba, leía los periódicos y trabajaba incansablemente horas y horas. Durante cincuenta y nueve años
no ha faltado nunca a su cita diaria con ABC; cuando en agosto se marchaban a Málaga, antes dejaba un sobre con los dibujos del mes, perfectamente ordenados, con motivo de coplas, refranes, sucesos históricos... Una especie de colchón ingeniosísimo que le permitiera la tranquilidad de veranear con sosiego. Pero –periodista siempre- cuando una noticia importante saltaba en medio de los calores del estío, sin que nadie lo molestara, ahí estaba puntual el dibujo de Antonio comentando una guerra, glosando tal suceso veraniego o dedicando su particular necrología si a algún ser importante o amigo se le ocurría morirse en verano.

Daba gloria tratar con él. Si mandaba un dibujo que merecía los honores de portada se le llamaba y volvía a repetir la obra tras pedirte el tamaño exacto al que iba a ser reproducida. Y tuvo –hasta el último día- ese ligero temor del principiante, el balbuceo del que está aprendiendo y te preguntaba por teléfono: “¿Tú crees, poeta, que ha quedado bien? ¿Que se entiende?” La humildad de los grandes.
Gustaba hacer por Navidades las felicitaciones de Pascua de ABC y de la Real Academia Española. “Creo que este año se la vamos a dedicar a los Reyes Magos” me decía en diciembre y, al día siguiente, estaba la cartulina con toda la ternura, la sensibilidad y la belleza de unos seres mágicos y entrañables que ya eran como algo nuestro. Como las beatas enlutadas o los señores de negro que tienen la seguridad de que “al Cielo iremos los que hemos ido toda la vida”. O las señoras gordas y mandonas con maridos temerosos y escuchimizados, que las escuchaban en silencio y que al encontrártelos por la calle, siempre pensabas: Ahí va un matrimonio de los de Mingote. Como lo fue
Gundisalvo, aquel personaje de ficción mingotiana que se burlaba de las elecciones amañadas del viejo Régimen y cuyo lema :Vote a Gundisalvo. ¿A usted que más le da, hombre? se hizo popularísimo en 1971, por no citar los votos que sacó en las urnas. Que no fueron pocos.
Y estaban los amigos. En ABC Mingote se hallaba en su casa. Fue íntimo de
Guillermo Luca de Tena, adoraba a sus hijas, “las niñas”, como las seguimos llamando. Gustaba de las lealtades. “Quería a ABC como a su madre” confesaba Isabel, su mujer, la que mejor le conoció, le trató, le quiso. La que ha permitido que Antonio haya llegado esplendoroso a los 93 de su edad, cuidado, ajeno a las menudencias del día a día, entregado de lleno a su trabajo como escritor y pintor. Sólo pedía para sus amigos: de derechas, de izquierdas, ricos, pobres, tenía amigos en todos sitios y sólo por ellos, con infinito pudor, pedía algo. Era un ser extraordinariamente generoso.
Por eso, hoy, doloridos por su muerte, nos queda esta serenidad y esta alegría de poder decir sencillamente: Yo también fui su amigo.

De vez en cuando nos llevamos sorpresas agradabilísimas. Como escuchar la voz, al otro lado del teléfono, de
Antoñita Moreno. Y volver a sentir esa cadencia, tan dulce musicalidad, tan fino acento, de quien hoy vive retirada junto al Mediterráneo, recordando sin tristezas los éxitos que cosechó, el cariño de un público entregado a su labor musical y los largos años en los que fue dama indiscutible de la canción española.
Porque Antoñita Moreno tocaba todos los palos de la mejor tradición musical española: desde la copla en su versión más pura hasta el folclore más variado de las regiones de España que ella musicalizaba y recreaba con un respeto, una fidelidad y una belleza que impresionaban. Luego estaba la otra Antoñita: la escritora, la mujer sensible, la poetisa que pergeñaba versos bellísimos y que componía letras de una sensibilidad deslumbrante. Mi entrañable y querida amiga
Carmen Conde, la primera mujer que obtuvo un sillón en la Real Academia Española, me hablaba de ella con verdadera devoción. No olvido algunas tardes inolvidables en aquel Madrid de los setenta "echándolas a versos"... Había que ver cómo recitaba Antoñita Moreno...
Luego, estaba la Antoñita empresario, la que montaba sus propias compañías, la que exigía respeto al público, porque como dice su biógrafo
Emilio García Carretero "si no hay público no hay espectáculo". El respeto por uno mismo que hizo que aquellos montajes escenográficos -como las revistas de Celia Gámez- fueran deslumbrantes. Porque el público, que era el que pagaba, tenía que salir satisfecho del teatro: tarareando las canciones de Antoñita y con una sonrisa en los labios. Eso, Antoñita lo consiguió siempre. Por eso se la recuerda tanto y se la añora tanto. Todavía hoy en mis frecuentes viajes por la América hispana me encuentro en cafeterías o centros regionales evocadores de la lejana Madre Patria la voz rotunda y clara, sensual y luminosa de Antoñita Moreno. ¿Quién no ha cantado alguna vez el estribillo de "Puente de San Rafael" o la bellísima "Sortija de oro" que daría paso a un espectáculo soberbio del mismo nombre... Toda mi infancia está llena de los sones de "El cordón de mi corpiño", una canción con ritmo de carnavalito que se escuchaba a todas horas en las emisoras de radio y que se pedía sin cesar en los "discos dedicados".
García Carretero, trabajador incansable
Pues bien, toda la vida y la obra de la gran tonadillera están amorosamente recogidas en el libro de Emilio García Carretero sobre Antoñita Moreno. Un libro para una voz. Emilio es un extremeño luchador, un trabajador infatigable, un artista dotado de una sensibilidad y un ahínco que le hacen único. A Emilio lo mismo lo podemos ver cantando en un teatro de la Gran Vía "La Corte de Faraón" que dictando una conferencia sobre el mundo del espectáculo y sus intérpretes que siendo el alma y la vida de la historia del
Teatro de la Zarzuela, en cuya labor de investigación ha trabajado durante más de veinte años y, fruto de esos desvelos, es la magnífica publicación en tres tomos, imprescindibles hoy para conocer los avatares del mítico teatro de la calle de Jovellanos. En 2010 sacó a la luz en Ediciones Amberley
"Celia Gámez, memoria gráfica de la revista española", libro que me cupo el honor de presentar en Madrid y que obtuvo un éxito impresionante.
No oculto mi admiración por un hombre que quiso desde niño ser cantante (y lo ha conseguido), ha pasado por magníficas compañías de teatro, ha grabado discos -"Tarde de otoño en Platerías" es una verdadera obrita de arte-, ha recorrido medio mundo formando parte del coro titular de la Compañía Lírica Nacional y en sus ratos libres -pero ¿puede tener ratos libres Emilio García Carretero?- se mete en las hemerotecas y pasa horas y horas acumulando datos, copiando críticas, sacando reseñas para hacer estos libros que están avalados por el rigor y la devoción.
Un «devocionario»
Durante dos temporadas consecutivas, Emilio ha estado cantando
"El rey que rabió" de Chapí con el Teatro de la Zarzuela. Viéndolo en el coro, entregado, feliz, me preguntaba a veces: ¿de dónde le salen las ganas a Emilio para encerrarse mañana seis horas a ojear periódicos? De su fervor al mundo de la canción. Y en este libro se ve. Hombre agradecido, no olvida a aquella Antoñita Moreno a la que conoce en diciembre de 1966 y le contrata para tenor de su coro. Recuerda con emoción aquel 12 de diciembre en que se entrevista con la cantante para incorporarse a su compañía y preparar el estreno de "
Ronda de España". Desde entonces siente hacia ella una devoción extraordinaria que ha fructificado en este libro certero, lleno de datos, de anécdotas, de vida... donde se agavilla todo: los poemas que le dedicaron desde Pemán a Salvador Guerrero; las letras de canciones de las que es autora Antoñita; las críticas teatrales; los homenajes...
He escrito varias veces la palabra devoción. Este es un libro escrito como un devocionario. Antoñita Moreno se lo merecía y Emilio García Carretero nos ha demostrado una vez más lo que es capaz de hacer. Sobre todo cuando quiere. Y él siempre quiere bien.
Ha muerto en Cáceres, donde vivió, un histórico de la política extremeña. Juan Bazaga Sánchez ha sucumbido a una rápida y cruel enfermedad que soportó con cristianas resignación y entereza, rodeado del cariño de los suyos. Tenía 78 años. Era uno de los padres de la autonomía de Extremadura, pero su carrera política venía prácticamente desde su juventud.
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El 5 de noviembre de 1992 se le concedió a la escritora cubana Dulce María Loynaz el Premio Cervantes, considerado el Nobel de las Letras hispánicas. Esta es la crónica que publicó ABC al día siguiente y que le valió a su autor, un año después, el premio nacional de Periodismo Julio Camba.... Leer[+]
Por un magnífico reportaje de Almudena Martínez-Fornés, publicado en ABC el pasado 17 de septiembre, hemos sabido que en los próximos días los restos de la Reina Victoria Eugenia de España serán trasladados a su tumba definitiva en el Panteón de Reyes de El Escorial. Tuve el honor de conocerla, de asistir a su entierro hace cuarenta y dos años en Lausana (Suiza) y cuando, hace veintiséis años, sus restos mortales regresaron a su “querida España” me tocó, gozosamente, cubrir como periodista de ABC aquel impresionante y emotivo traslado. Pero aquella mañana del 25 de abril de 1985 tuve además el honor de que ABC me publicara este artículo en homenaje y saludo a la Reina que volvía definitivamente del exilio para dormir el sueño eterno bajo los azules velazqueños del Guadarrama.... Leer[+]

Todos los adjetivos, por encontrados que fuesen, tenían acomodo en su persona. Era tímido ante los desconocidos, pero profundamente simpático y ocurrente en la privacidad de los amigos; era popular y aristocrático a un tiempo –
aquellos brazos interminables, la finura de sus manos-; ciudadano del mundo –paseaba por Londres como si toda su vida hubiese vivido en la City- y no podía olvidar su condición de bagañete y hacer los más encendidos elogios de su “isla bonita”; pasaba con una tranquilidad pasmosa del asunto más frívolo –con el juego de sus grandes ojos negros- a la conversación más profunda, casi siempre de arte, casi siempre de pintura. ...
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Poco a poco estamos llegando -gajes de la vida- a casi todos los centenarios de personajes que fueron nuestros amigos, con los que convivimos y pasamos los ratos buenos y los malos y ahora, al evocarlos, se nos antojan seres maravillosos, porque lo fueron, siguen vivos en nuestra memoria y porque nos dejaron el extraordinario poder de su legado. Este es el caso de
Lorenzo Goñi, un dibujante genial, cuyo centenario se cumple ahora. El
Museo ABC ha tenido el acierto de programar, junto a una exposición antológica de Kurosawa, una muestra de la obra de Goñi, que está resultando deslumbradora por desconocida para las nuevas generaciones. De ahí el éxito que está obteniendo.
Nacido en Jaén, conquense de adopción, está considerado por la crítica más exigente como uno de los más grandes de los dibujantes españoles del siglo XX. Y eso que su modestia, su retraimiento, su timidez no le arrancaban de donde era verdaderamente feliz: el ambiente de su casa, rodeado de su familia o inmerso en el mundo del dibujo en el que alanceaban pinceles, lápices, pliegos de papel, plumas de todas las clases y
su ingenio portentoso de hombre que todo lo analizaba con profundidad y que desde el silencio de su enclaustramiento nos ofreció una síntesis de la vida profunda de los seres y de las cosas.
Hubo quien pensaba que era huraño; pero no.
Su sordera –como a Goya, como a Beethoven- le había aislado de alguna manera; pero él ya lo quería así. El prefería su casa y su gente y el navegar entre su obra antes que los artificios de los saraos o de la vida social. Su ‘soledad del prisionero’ no era un alejamiento del mundo: era un retirarse intencionado para analizar y desentrañar mejor a ese mundo que le tocó vivir. Por eso era grande y era modesto. Y por eso la España que nos dejó dibujada nos produce ese estremecimiento. Se le llamó el poeta de los tejados, las buhardillas y los gatos. Sí, lo fue. Pero fue también el diseccionador de la vida humilde, de esa que se colaba a través de sus ventanas abiertas a la noche con sus casas antropofórmicas y sus personajes enigmáticos de miradas imposibles. Donde no faltaba la gota sutilísima del humor más tierno ni el punto ácido de la amargura.
Lorenzo Goñi creaba árboles animados, aquelarres legendarios y lunáticos, animales que se confundían con sus rocas vivientes, tejadillos de derrumbe y melancolía, barrancos insondables, muchachas pensativas. Era un poeta. González-Ruano lo definió con agudeza: “
es universal por muy español. No sólo porque sean dibujos de un gran dibujante, sino porque son dibujos de un gran poeta”. Y nos atreveríamos a agregar: “de un gran poeta español”. Por eso no es de extrañar esta confesión de su hija Inés: “tras largos años de residencia en el extranjero, me doy cuenta de que la obra de mi padre es profundamente española. Posee ese “sentimiento trágico” que no se halla en ningún otro país”.

Lorenzo Goñi era un hombre hondamente
querido y admirado en ABC donde durante años dejó una muestra impresionante de su buen hacer como pintor e ilustrador. Aquella portada del extraordinario de ABC del primero de año de 1958 era ya de Lorenzo Goñi, en un número especial donde, entre otros artistas, colaboran Juan Esplandiú, Teodoro Delgado, “Marian”, A. Lorenzo, Pardo Galindo, Robledano, Serny, Grau Sala, Alfredo Ramón, Guijarro, Arias, Redondela, y donde escriben desde Pemán a Víctor de la Serna, desde Wenceslao Fernández Flórez a Manuel Halcón o José María de Cossío. En ese número, a título de ilustración poética a los meses del año, se publican poesías modernas y clásicas en las que no faltan autores como Luis Rosales, Manuel Machado, Antonio Machado o Federico García Lorca. Estamos en enero de 1958. Ya ha dejado nuestro pintor el apellido de su madre –Suárez del Árbol- como firma. Es Lorenzo Goñi y es la portada de un extraordinario de ABC. Treinta años después, en 1988, en la entrega del Premio “Penagos” a nuestro pintor, Antonio Mingote afirmaba: “Si Goñi dibujaba los pliegues de una túnica, eran pliegues verdaderos... Si dibujaba una maleta, se adivinaba dentro el traje plegado, las camisas a rayas y hasta unos calcetines apretujados en un rincón. Si dibujaba un hombre rico, se adivinaba su poder; si es un pobre, se traslucía su miseria...”
Le recuerdo en la Redacción de ABC, donde yo era Jefe de Colaboraciones y él traía puntualmente sus dibujos. Camilo José Cela, que siempre le llamaba “el sordico”, le admiraba profundamente. Veo en la memoria a Camilo en el despacho de Guillermo Luca de Tena, entonces director de ABC, trayendo y leyendo en voz alta sus colaboraciones para “El juego de los tres madroños”, serie que vio la luz en ABC y que luego Camilo llevó a libro. Goñi había hecho el dibujo general en la parte de arriba de la página, con caricatura de Cela incluida. La parte de abajo, abrazando al texto, era siempre alusiva a éste. Como salía tres veces en semana, Goñi
venía constantemente a traerme sus trabajos y a llevarse los escritos de Cela. Uno de esos “madroños”, como los llamábamos, se lo dedicó Cela a “Lorenzo Goñi, el Sordico”. Es aquel en el que dice “mi amigo Lorenzo Goñi, el Sordico, dibuja y graba y pinta con muy raro talento y muy firme pulso unos sueños que son parientes de los de Goya, quizá con un punto menos de acritud y un adarme más de misericordia”. De esa etapa conservo el precioso retrato que me hizo para mi libro de poemas “La sierra desvelada” que obtuvo el premio nacional Gredos en 1980.

Amigo de Ruano, de Cela, de Julio Camba (“Goñi es uno de los pocos artistas capaz de ilustrar un concepto”), de Pedro de Lorenzo, de Pepe Hierro, de Federico Muelas, de Rafael de Penagos, de Ramón Gómez de la Serna, se sabía a don Pío Baroja de memoria y se sentía orgulloso de la edición que ilustró del Quijote. Había ilustrado tantos libros de muchos de esos amigos...Y
amaba extraordinariamente a Cuenca mientras en silencio coleccionaba soldaditos de plomo. Su “ex libris” era una caracola y este texto: “Solo oigo mis rumores”.
La muerte de su mujer, Conchita, en 1989, fue un duro golpe para Lorenzo Goñi.
“Mi víscera más” la llamaba. Su única hija Inés se lo lleva a vivir con ella a Suiza. Muere allí, dos años más tarde. Era marzo de 1992 y tenía 81 años.
Su obra es hoy uno de los descubrimientos de los jóvenes diseñadores y dibujantes. Quienes visitan a diario el Museo ABC se llevan la confirmación magistral de Kurosawa y la sorpresa y el estupor de haber hallado a uno de los más grandes dibujantes españoles de todos los tiempos. Desde las salas donde Goñi pasea esta parte de su obra se divisan las torres y cúpulas de las Comendadoras y los cielos velazqueños llenos de tejas y chimeneas. Curiosamente, al cumplir su primer siglo, Lorenzo Goñi ve desde los tejados madrileños que tanto amó cómo su obra se afianza deslumbradora mientras él hace un guiño a la luna porque
“hay también la cigüeña de la muerte”, aunque él no la quisiese.

Federico Ayala Sörenssen es un hombre sabio, discreto, casi tímido; por eso oculta a uno de los documentalistas mejor preparados de España. Sus conocimientos de la historia del siglo XX son deslumbrantes, pero él sigue de puntillas, temeroso, en su grandeza, de molestar a alguien. Ahora, con esa discreción que le caracteriza, acaba de publicar en Lunwerg este libro sobre Madrid en cien fotografías. Son cien imágenes impresionantes para conocer la transformación de la Villa y Corte en el último siglo y medio. Aquí está desde la llegada del agua a Madrid, calle de San Bernardo esquina a Divino Pastor, 1858, hasta una bellísima composición de Concha Prada sobre la Gran Vía, vísperas de su centenario.
Y en medio, la vida alegre y triste, desconcertante y mágica, de este rompeolas de todas las provincias españolas que es Madrid: de simones y de verbenas, de eternas obras municipales y de golfillos achulados, de navidades y carnavales, de cambios políticos y entrañables escenas del día a día de los madrileños de a pie.
Es un homenaje de fervor a Madrid y —por qué no decirlo—a los fotógrafos que le tomaron amorosamente el pulso. Casi todas estas fotos vieron la luz en ABC. Por eso también nos ha emocionado tanto este libro: porque al lado de instantáneas de Clifford o Laurent, de Oorthuys o Franzen, están las imágenes de Zegrí, Duque, Virgilio Muro, Alfonso... Y más cercanamente los inolvidables Santos Yubero, Manolo Sanz Bermejo, Teodoro Naranjo, Sánchez Martínez, Luis Alonso, Álvaro García Pelayo, Jaime Pato, Luis Ramírez... Hombres que dejaron su sello y su vida en esta Casa de ABC, magníficos compañeros, y a quienes de alguna manera va el homenaje cálido y emotivo de este libro de memorias.

El día 21 de febrero de 1861 nació en Sevilla don
Torcuato Luca de Tena, fundador de ABC y de
«Blanco y Negro». Ciento cincuenta años nos separan de aquella fecha que se nos antoja lejanísima: reinado de Isabel II, la revolución de 1868 o «La gloriosa», el efímero reinado de Don Amadeo, la primera República, su derrumbe, la restauración de la Monarquía alfonsina, la dictadura de Primo de Rivera. Todo este abanico de sucesos políticos se suceden solo en la vida de don Torcuato, un hombre que a los ojos de hoy muere joven —68 años— y que en su época —1929— ya se nos antoja por las fotografías un anciano venerable. Lo asombroso era el imperio periodístico que dejaba con una cabecera, ABC, imprescindible en el mundo informativo español e hispanoamericano cuando aún quedaban tantos sucesos —y tan graves— por aparecer en la vida nacional española: la
II República, con sus persecuciones al periódico, los secuestros del diario, la
Guerra Civil —cuando, por azares de la vida, fue
el único periódico que salió con la misma cabecera en las dos zonas en guerra—, los cuarenta años del franquismo, la
Transición y, en fin, la
restauración monárquica en la persona de Don Juan Carlos de Borbón y su dilatado periodo de paz y democracia que llega a nuestros días. ...
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La frase está en la calle: «Quedamos en el
Museo ABC, al lado de las Comendadoras». Es el Museo de moda, el que está despertando tantas sorpresas, el que concita la atención del abuelo que quiere evocar las ilustraciones que le recordaban al
«Blanco y Negro» de casa de sus padres y de los jóvenes artistas que necesitan beber de tanta vanguardia y tanta modernidad. Me divierte escribirlo porque me lo han dicho varias personas: El
Museo ABC es ahora mismo el más vanguardista de Madrid.
Si hay algo que conmueve y estremece, por la impresionante variedad, por las tendencias tan distantes, por el rompimiento y a la vez por la tradición de las modas y vanguardias pictóricas en España, es la contemplación serena de la obra gráfica de ABC y Blanco y Negro. Toda la memoria colectiva del siglo XX, más una buena parte de los finales del XIX, está recogida en ABC de manera amorosa y deslumbrante. Claro que hay que conocer cómo se gesta toda esta aventura de Blanco y Negro y ABC para darse cuenta de por qué fue posible conseguir tan preciado tesoro. Y, como en tantas cosas y situaciones, hay que acudir inevitablemente al alma del fundador
don Torcuato Luca de Tena y Alvarez-Ossorio. Lo narra él mismo en un artículo publicado en el número 2000 de Blanco y Negro. Cuenta así la creación de esta revista: ...
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Al hilo del asombroso descubrimiento por
Agustín Tena de la primera película sonora que ha resultado ser de
Conchita Piquer cantando y bailando en Estados Unidos con apenas dieciséis años, han vuelto los comentarios sobre los autores de aquellas canciones que la hicieron reina indiscutible de la copla. Y sobre todo en torno a la figura de un poeta extraordinario al que todavía muchos intelectuales a la violeta siguen negando el pan y la sal. Me refiero a Rafael de León.

Foto: Concha Piquer, entre Rafael de León y Manuel López Quiroga, y Antonio Quintero (ABC) ...
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Este año coinciden una serie de fechas en torno a la figura de Doña María de las Mercedes de Borbón y Orleáns, Condesa de Barcelona, esposa que fue de Don Juan de Borbón y madre del Rey Don Juan Carlos: centenario de su nacimiento,
75 aniversario de su boda y diez años de su muerte. Vamos, pues, a glosar, aunque sea brevemente, la historia de esta mujer singular que pasó de puntillas por la Historia y cuya labor, sin embargo, es tan decisiva que a veces me pregunto si no son ellas –estas figuras de segundo orden- las que hacen la auténtica y verdadera historia. Porque lo que sí es cierto es que ellas son las que marcan la pauta de los aconteceres de cada día, que determinan, luego, los actos solemnes y transcendentes que son los que pasan a los libros y que –ignorantes- desconocen a los verdaderos artífices de la historia real.
Los muchachos que en los años sesenta y setenta del pasado siglo
acudíamos clandestinamente a ver al Rey en el exilio de Estoril sentíamos un cariño especial por Doña María de las Mercedes de Borbón, a la que todos llamábamos la Reina María. Ella nos veía como a unos críos, más jóvenes que sus hijos y nos trataba de manera cariñosa y maternal, preguntándonos siempre por nuestros estudios y teniendo para cada uno de nosotros unas palabras de afecto y ternura que se hacían más entrañables al venir acompañadas de aquella mirada azul en cuyos ojos bellísimos reinaba una tristeza infinita. ...
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Agradezco profundamente a mis lectores sus contestaciones a este blog, las llamadas telefónicas, el correo tradicional y las sugerencias que me hacen para que retome temas “menores”, vamos a llamarlos así, que ocuparon líneas en ABC y que ya han pasado a la memoria cuando no al más absoluto de los olvidos. Es curioso cómo el recuerdo se aviva con un pequeño soplo que se de a unas brasas.
He recibido, por ejemplo, carta de un exiliado cubano que me pide noticias de cuando Cuba era una isla desbordante de alegría y musicalidad, con las calles habaneras repletas de automóviles de lujo, tiendas magníficas, soberbias relojerías y los más rutilantes modelos –masculinos o femeninos- luciéndose por sus calles desde el Parque Central a Carlos III ó Reina. Y me da, entre otros muchos datos, este nombre: María de los Ángeles Santana. Sabe mi comunicante por alguna vieja crónica mía en ABC que he conocido y tratado a la Santana. Pero él ya ignora casi todo de sus últimos años. ...
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Estos días de atrás publicaba en el
Semanal de ABC un artículo mi querido Juan Manuel de Prada al hilo de una vieja canción que su abuelo le cantaba cuando él era niño. Bien es sabido que la pasión de Juan Manuel por su abuelo fue durante una temporada motivo de escritura para el novelista que vareaba y recreaba toda su infancia en torno a un abuelo singularísimo y lleno de magia y reciedumbre. Yo tuve la suerte de conocerlo y dedicarle un poema. Fue cuando se casó Prada en Zamora. El abuelo era feliz viendo feliz a su nieto y, como a los postres, echamos la tarde a versos, todos, lógicamente, llevábamos nuestras églogas para el joven matrimonio. ...
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Fue sin duda uno de los sucesos más estremecedores de aquel periodo asaz convulso que supuso la II República española. Y mira que la «niña» –como la llamaron cariñosamente sus parteros de abril del 31– trajo sustos, violencia y sangre, digan ahora lo que quieran los cuatro manipuladores de la mal llamada memoria histórica. Pero aquello fue otra cosa. Aquello fue un crimen en toda regla, con los más variados componentes de novela por entregas que hizo las delicias, los comentarios y los aspavientos de todas las clases sociales habidas y por haber. Y eso, que valga la paradoja, fue un crimen muy sencillito. Pero, caray, qué crimen. ...
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