

Aciagos Salahis. Mala sombra les confunda, mal rayo les parta. ¿No tenían nada mejor que hacer que colarse sin invitación en una cena de Estado en la Casa Blanca, humillar al servicio secreto y devolvernos a todos de un bote a la guerra fría? ¿Se acabó el buen rollito obámico? Con lo poco que les cuesta a los americanos atravesarse siete en una puerta y allí no pasa ni el aire como no esté autorizado, retratado y acreditado.
Que le pregunten si no a la reina Noor de Jordania. No hace tanto se presentó en la Casa Blanca, por supuesto porque tenía hora, pero una vez allí le pasó lo contrario que a los Salahi: por un error su nombre no figuraba en la lista y no la dejaban entrar. Su buena media hora tuvieron a aquella distinguida e inconfundible dama en la puerta, hasta que alguien “de dentro” sacó la cara por ella.
El efecto tóxico del caso Salahi es que mata hasta la última esperanza de que los porteros, vigilantes y policías de América se salten alguna vez la norma, siempre imperfecta como todo lo muy general, y apliquen cierto sentido común en determinados casos que lo piden a gritos. Como el caso de la reina Noor. En un caso así, ves, un portero español no dudaría. Aunque sólo fuese porque la tendencia patria es arriesgarse antes a que se te cuele un desgraciado que a dejar esperando en la puerta a un vip. De esos que se ponen con el Rolex en jarras y te espetan: “oiga, ¿usted sabe con quién está hablando?”
Claro que en España siglos de picaresca nos contemplan. Lo raro esta vez es que el efecto El Buscón haya triunfado en la rígida América. ¿Se queja usted de que en los aeropuertos de Estados Unidos le sofocan y a veces hasta le maltratan con la seguridad? Créame: no ha visto nada. Y para verlo tampoco hace falta ir a la Casa Blanca. Basta con acercarse a muchas otras dependencias oficiales. Por ejemplo a la sede en College Park, Maryland, de los archivos nacionales, NARA. Allí se acumulan millones de documentos a veces secretísimos y clasificadísimos que, por esa extraña cosa de los americanos de por un lado escurrir el bulto y por el otro lado hacerlo visible por ley, de repente se ponen a disposición del público.
Pero no de cualquier público. Y no de cualquier manera. Para entrar y salir del NARA hay que cumplir una serie casi infernal de requisitos. Unos son obvios (identificarse y acreditarse, no acceder a las salas de investigación con cámaras ni bolígrafos ni rotuladores ni nada que pueda dañar los documentos) y otros no tanto. Por ejemplo: si se lleva ordenador portátil hay que anotar el número de serie del mismo en un papel oficial que los vigilantes comprueban siempre a la salida. ¿Y cómo lo comprueban? Pues preguntándote el número a ti, que lo puedes estar leyendo en el ordenador mismo. Otro ejemplo: si uno fotocopia o saca de la impresora un documento de cien páginas que pone “top secret” o “confidencial”, tiene que tachar a lápiz esas palabras en todas y cada una de las cien páginas. Si no no puede sacar los papeles del local.
Para mover cualquier papel por el edificio, incluso una nota manuscrita tuya, hay que enseñarlo a cada paso. Una manera de evitarlo es meter los papeles, bajo la atenta mirada de un empleado del NARA, en una especie de sacas de seguridad cerradas con llave que sólo puede abrir otro empleado del NARA. Para que no tengas sitio material donde esconder documentos no se permiten bolsos ni carteras ni chaquetas de calle, ni siquiera una bufanda o un pañuelo al cuello. Etc.
Parece de película. Parece de Misión Imposible. ¡Pues no lo es! Hace dos años condenaron a pagar 50.000 dólares de multa y a cien horas de trabajo comunitario a un exasesor de Bill Clinton por sustraer documentos del NARA. Concretamente Sandy Berger sustrajo documentos clasificados de alto secreto del National Security Council sobre posibles fallos cometidos por la Administración Clinton en la prevención de la amenaza de Al Qaida, todo ello en vísperas de la comisión de investigación del 11—S. Berger necesitó la firma del expresidente para acceder a esos documentos y empleados del NARA le acusaban de haber llegado a sacar algunos metidos en sus calcetines. Hasta destruyó algunos que no pudieron ser recuperados.
El tal Berger al principio lo negó todo. Luego dijo que lo había hecho sin darse cuenta. Al fin no le quedó otra que declararse culpable, pedir perdón públicamente y dimitir como asesor de la campaña de John Kerry, que es lo que el hombre era en 2004, cuando se descubrió el pastel. Lo que sí siguió negando hasta el último minuto con verdadera furia era haber sacado documentos metidos en sus calcetines. Juró que los llevaba en el bolsillo del pantalón y de la chaqueta.
Entre este y los Salahi, lo raro es que cuando vas al supermercado en Estados Unidos no haya marines apostados en los pasillos.