
Me llama Cris Gabarrón, de la Fundación Cristóbal Gabarrón, para anunciarme la muerte de Jeanne-Claude Denat de Guillebon, la que fue mujer, compañera y contrapunto consustancial de Christo Javacheff. Ese artista búlgaro que lo mismo “envolvía cosas”, como el Parlamento alemán, que llenaba el Central Park de Nueva York de miles de puertas con cortinas color azafrán.
Es horroroso lo simplistas que resultan algunas definiciones. Sobre todo cuando ves de cerca a la gente definida. Yo entrevisté para ABC a Jeanne-Claude y a Christo a principios de este año, gracias precisamente a Cris Gabarrón, que me los presentó y me ayudó a ganar su confianza. Cris es un fabricante nato de encuentros inolvidables.
Cuando fui a entrevistar a Christo y a Jeanne-Claude a su casa-estudio del Soho me esperaba a dos modernos superficiales, a dos raros aparatosos. Y me encontré a dos currantes de lo clásico. A dos aristócratas clandestinos. Jeanne-Claude me pidió que me descalzara pero me proveyó de unos patucos que instintivamente guardé como oro en paño. Me habló de su arte y de su trabajo con una precisión y una dedicación que ya me gustaría ver en muchos médicos, analistas financieros y abogados.
La gente tiende a pensar que el “verdadero” artista fue siempre Christo –el que “sabe dibujar”- y que ella se acabó metiendo en plan Yoko Ono. Nada más lejos de la realidad cuando les veías juntos y de cerca. Cuando comprendías que hacía mucho que el “saber dibujar” había quedado atrás. Que lo importante era lo otro.
¿Y qué es lo otro? Jeanne-Claude parecía una sibila en trance cuando me hablaba de la Mastaba que planeaban en Abu Dhabi. O de otro proyecto en curso para cubrir el curso de un río en Estados Unidos con una tela translúcida y plateada que me enseñó: tenía que ser esa tela y no otra, tenía que ser exactamente así, con esta caída y este vuelo y esta resistencia al viento y al agua, probadas con la misma tecnología con que se prueba la resistencia de distintos materiales a los huracanes.
Nunca aceptaron una subvención. Nunca tuvieron un mecenas. Se autofinanciaban tan seriamente que hasta viajaban en aviones separados: así si moría el uno, siempre quedaría el otro para completar el trabajo en marcha.
Por lo que sea, le ha tocado a Christo.
Gracias por la noticia de la muerte de Jeanne-Claude (se me había pasado) y por la escueta y sensible nota. Segueixo el teu bloc amb interès i carinyo.
De
ferran escoda
(Enviando 21/11/2009 @ 08:34:36)