Yo odio correr. Me parece una manera
brutal de desplazarse. Me gusta mucho más andar o ir en metro, de ahí que me mueva por Nueva York como pez en el agua. Excepto el día, claro, que se corre la famosa
Maratón de Nueva York.Ha sido este domingo pasado,
1 de noviembre, que además era el día que en Estados Unidos cambiaban al horario de invierno, con una semana de retraso sobre “nosotros” (esta
esquizofrenia me va a matar).
La verdad es que ver la maratón de Nueva York es toda una experiencia.
Suscita tanto entusiasmo popular que sólo se me ocurre compararla con la Vuelta Ciclista. Pero una Vuelta Ciclista no sólo sin bicicletas sino sin motoristas ni cordones policiales ni usted por aquí no que no se puede.
Por supuesto que en Nueva York cortan calles para que pase la marabunta. Cortan muchas, en los cinco distritos.
Pero por una vez a la policía americana no la sientes en el cogote. En momentos despejados de la carrera, incluso es posible cruzar la calle a través de los corredores. O sumarse brevemente a ellos en paralelo, y darse un
baño de amor en las caras de la gente.
La Maratón es como el último gran acto inocente de masas que esta ciudad se permite. Los maratonianos son jaleados con cencerros y toda clase de material festivo y ruidoso, lo cual en mi barrio ha llegado a incluir una banda de rock y un coro gospel aullando a la vez, sólo a media esquina de distancia. Más los puestos donde se venden botellas de agua, pasteles caseros, galletas, etc. Más las inacabables e inefables pancartas que lo mismo dicen: “Ánimo Bill (o Joe, o Cindy, o Rasta), tú puedes”. O las más abstractas que valen para todo el mundo:
“Tú eres el más rápido”. “
Tú eres impresionante”.
La mayoría de los corredores llevan su nombre bien visible en el pecho. Es impresionante la mirada que se puede formar en los ojos de alguien que lleva dos horas corriendo cuando alguien que no conoce de nada se desgañita para llamarle y darle ánimos. Por un momento parece de verdad que hayan viajado todos atrás o hacia a un lado en el tiempo, que hayan conquistado
un mágico momento sin tensiones sociales ni raciales, sin miedo a atentados ni a nada. Lo dicho, que esta parece la última carrera de la inocencia.
Luego está la política. El alcalde y candidato a la reelección (le reeligen hoy), Michael Bloomberg, pasando en un cochazo de los años cincuenta. El actor
Edward Norton encabezando el podio de las celebridades, con un tiempo de
3 horas y 48 minutos. Es un tiempo muy bueno para un corredor no profesional. Bien es verdad que el actor tenía un arma secreta africana. Y no estoy pensando en Obama sino en su entrenador personal kenyata
Samson Parashina -a su lado en la foto-, quien meses antes le puso a correr que te las pelas sobre piedra volcánica.
Pero Norton estaba especialmente exultante por haber conseguido superar a la antigua candidata a vicepresidenta
Sarah Palin, quien en una ocasión corrió una maratón en Alaska en 4 horas. Norton había prometido batir a Palin “como un felpudo”.
Al final le sacó trece minutos. No es lo que se dice una victoria apabullante, más teniendo en cuenta que él es un hombre, y cinco años más joven.
Pero bueno, ya dicen hasta en Hollywood que
lo importante es participar.