
Cada cierto tiempo alguien me invita a descubrir dónde se comen las mejores hamburguesas de Nueva York. Las catas pueden ser tan apasionantes como las de los vinos.
La hamburguesa americana en general no merece su mala fama dietética y gastronómica. Ni todos los hombres son iguales ni Estados Unidos se acaba en los McDonald’s.
Por entre 10 y 15 dólares –dependiendo de si es a palo seco o deluxe, es decir, con patatas fritas y otros pecados añadidos- cargas las pilas de buena carne en cualquier
diner decente de Nueva York. Si se puede pagar aunque sólo sea un poquito más se pueden hacer experimentos como ir al 470 de la Sexta Avenida, en pleno West Village, donde está
BLT Burger, del chef Laurent Tourondel, dueño de las braserías
BLT, de las más lujosas de la ciudad.
BLT Burger es la versión popular, cañera y sin embargo distinguida. Como un Armani Exchange que se come. Personalmente yo creo que las mejores hamburguesas de Nueva York son las que se comen en mi casa –me proveo en
Staubitz Market, una institución de la carnicería donde a la hora de comprar me codeo con el escritor
Philip Gourevitch y la estrella televisiva
Martha Stewart, la que fue brevemente a la cárcel por usar ilegalmente información privilegiada para ganar mucho dinero en Bolsa-. Cuando quiero algo más entrañablemente tiñoso me voy a
Big Nick’s, en Broadway más o menos con la calle 77. Es medio hamburguesería medio taberna griega y además está en el
Upper West Side, que para mí es el lado bueno de la ciudad. Mi mejilla favorita.
Para los amantes del
Upper East Side, nada como
JG Melon, en la Tercera Avenida con la calle 74. Allá jura una de mis amigas que la pidieron en matrimonio. No me extraña porque el local se presta mucho a ello: manteles de cuadros, luces cálidas y pegadas a la mesa, paredes abarrotadas de fotos antiguas. Puro Nueva York
vintage. Te parece que vas a salir a la calle y todo va a ser en blanco y negro. Ah, y las hamburguesas son en verdad muy buenas.
Por todo ello el local suele estar enormemente y muy interesantemente concurrido. Aparte de mi amiga y yo es posible encontrarse en la barra al mismísimo alcalde de Nueva York,
Michael Bloomberg, que aún siendo el hombre más rico de la ciudad y viviendo en una mansión duplex en el Upper East Side, goza yendo a trabajar en metro y tomándose un algo en JG Melon. Lo mismo hacen otros famosos y famosetes locales, trajeados representantes del distrito financiero –
esos a los que ahora Obama trata de bajar el sueldazo-, niñas bien del barrio, patronos del Metropolitan Museum, etc.