“Los Arcontes, la Negación de la Mascarada” es un lienzo monumental –mide más de cuatro metros de ancho y dos y medio de alto- que este verano se exhibe en la
galería 2/20 de la calle 16 de Nueva York, entre las avenidas Séptima y Octava. La galería es diminuta y el lienzo colma una entera pared. Rebosa arrebatadas figuras que según su autor,
el pintor vallisoletano José María Antolín, han provocado que por lo menos un espectador declarara estar contemplando “el Guernica americano”.
El impacto está garantizado por un detalle de tanta urgencia sociológica como artística:
la figura más arrebatada del lienzo es, inconfundible y casi ofensivamente, la de Osama Bin Laden. El potencial ofensivo lo da el hecho de que el rostro del terrorista aparece bañado en lágrimas. Llora mientras sostiene a un niño desnudo, blanquísimo y fragilísimo, lo cual no excluye inquietantes acabados amorfos. Esta figura es mitad Niño Jesús de Praga, mitad larva en la penumbra. A su alrededor y con cierta lógica de Reyes Magos se constituyen el resto de figuras y representaciones, incluyendo un árabe que Antolín asegura que existe en la vida real, una columna visigoda de su invención, alusiones al imperio y a la eterna recurrencia de los crímenes coronados. Etc.
Ocho años después de dejar Valladolid por Nueva York,
Antolín es un enérgico pintor tumultuoso que también tiende a explicarse enérgica y tumultuosamente sobre lo que pinta. Será porque también es poeta. Corrobora el dato el insigne hispanista
Gonzalo Sobejano, maestro de poetas en Nueva York, que no ha querido perderse la presentación del lienzo de su joven amigo.
Hay momentos en que el Antolín poeta casi amenaza al Antolín pintor. Las palabras –más cuanto más hermosas- pueden ser una trampa mortal.
Porque distraen del verdadero silencio de fondo del pintor, que es su arma de construcción más masiva. El pintor tiene el privilegio de no explicarse. El don de no decir. De que no se le oiga otra cosa que el rumor del pincel como el susurro de las alas del águila. Como un insecto prehistórico atrapado en el ámbar conciso de la tarde.
Cuando el artista se empeña en hablar, habla de valores salomónicos. Habla de exorcismos civilizadores. De rituales de sanación. Habla y habla y habla y en su discurso parece fluir
el intrépido torrente de “terrorarte” brotado después del 11-S, y más aún
cuando los corazones americanos inteligentes –esa víscera que el electrocardiograma europeo no siempre detecta, pero que existe y sin embargo se mueve- buscaban cómo bombear su dolor primero y su vergüenza después. Su soledad ante los errores de todo un mundo.
Antolín apunta con dedo colombino al intenso niño frágil en las manos brutales de Bin Laden y lo proclama víctima propicia, inmolación horrenda pero por todos aceptada, a fin de cuentas, para “restaurar el orden”. ¿Tiene sentido esto que dice? Un poco de tiempo muerto, por favor.
Si les parece vamos a interrumpir unos segundos nuestro servicio habitual de arreglo fulminante del mundo. Vamos a intentar salir de nuestra burbuja conceptual, de nuestra orgullosa cáscara. Vamos a tratar de ver.
Lo cierto es que tanto la ironía del espectador como la verborrea del artista palidecen en
fade out ante la rotundidad inapelable del lienzo mismo.
Y ante la extraordinaria cualidad vidriosa de las miradas americanas que se detienen ante él. Los americanos miran este lienzo de José María Antolín con la respiración detenida y los sentimientos encontrados. Porque ahí estan sus demonios, en efecto. Pero no están meramente pintados o representados. Están a la vez sueltos y sujetos. Está toda la rica ambigüedad de su infierno. Toda su secreta manera de estar solos en el mundo. O de empezar a dejar de estarlo, a poco que se comprenda este cuadro.
El arte es la inevitabilidad de llegar hasta allí.
Excelente ensayo, Anna; ¡gracias! Hay más información, y una larga entrevista con Antolín, otras fotos, etc., en el Blog de Estrella, “JM Antolín expone en Nueva York”.
De
CHM
(Enviando 14/08/2009 @ 17:57:37)