Nueva York sin Complejos, por Anna Grau

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De Anna Grau (el 06/02/2010 a las 03:01:08, en NY sin complejos)
¿Recuerdan ustedes aquello de que la energía nunca se crea ni se destruye, sino que se transforma? (gracias, Alberto). Pues una cosa así le ha pasado a este blog. Ni cesa ni muere sino que transmigra –como todas las otras aves de la bandada de corresponsales de ABC- a otra dirección, que es esta.

Los que saben montar y me siguen a todas partes verán que me he llevado a la nueva sede algunos post -no todos- por los que tenía no diré especial cariño (los quiero a todos por igual, como hijos) pero sí un puntito extra de vicio.

También es verdad que en un momento dado me cansé de cortar y pegar y decidí mirar al futuro.

Lo mejor está por llegar. Nos leemos.
 
De Anna Grau (el 03/02/2010 a las 05:11:31, en NY sin complejos)
La de la foto soy yo en el hotel Waldorf Astoria de Nueva York, entrevistando a George Friedman para Los Domingos de ABC. George Friedman es un politólogo y especialista en inteligencia que acaba de publicar un libro que se titula Los Próximos Cien Años. En él se dedica a pronosticar la historia del mundo durante el siguiente siglo.

En la entrevista salieron muchas cosas, tales como que George Friedman piensa que en realidad Estados Unidos ya ha ganado o está a punto de ganar la guerra contra Al Qaida y que la edad dorada de Norteamérica no ha hecho más que empezar. También cree que habrá una tercera guerra mundial que se librará mitad en la Tierra mitad en el espacio. Etc.

Ni Friedman ni sus opiniones han dejado indiferente a nadie. Poco después de entrevistarle yo le ponían en El País a caer de un burro, más o menos con el argumento de que gente así se hace rica diciéndoles a los Estados Unidos lo que quieren oír, que básicamente sería que ellos siempre van a estar ahí, marcando paquete imperial.

Pongamos que es así. Pero entonces resultan por lo menos un tanto chocantes ciertos vaticinios de Friedman que a mí se me quedaron en el tintero. Friedman dice que a no mucho tardar las naciones que ahora levantan muros y verjas para que los inmigrantes no entren competirán por atraerlos. Habrá tal crisis de mano de obra que a los actuales sin papeles se los rifarán.

Por un tiempo por lo menos. Hasta que las ciencias avancen otra barbaridad y se descubra la manera de sustituirles por robots. Entonces mucha gente de muchos países redescubrirá las esencias y los peligros de dejar cruzar la frontera a cualquiera.

Pero para entonces Estados Unidos ya tendrá tal cantidad de ciudadanos de ascendencia mexicana que se enfrentará a un verdadero asalto a su hegemonía en América del Norte. A favor de Mexico jugará casi todo: desde la exuberancia demográfica hasta una vertiginosa acumulación de capital gracias a la droga, comparable a la que en su día dio pie a la Revolución Industrial y al subsiguiente proceso sin precedentes. Una vez blanqueado ese capital, el efecto no tiene por qué no ser el mismo.

Friedman cree incluso posible que mexicanos nacionalizados en Estados Unidos se presenten a elecciones en este país y las ganen, ocupando escaños en el Congreso. Sin que ello les impida presentarse asimismo a elecciones en su país de origen y ganarlas también, ostentando entonces un poder de decisión transnacional que ríete tú de la ONU y de la Unión Europea.

Quién ganará entonces? Friedman cree que puede pasar cualquier cosa.

No sé cuántos de ustedes se lo creen y cuántos creen que este hombre se pincha. Yo misma tenía tortícolis en la imaginación cuando cerré el libro.

Pero vamos, si eso es Viagra imperialista americana, que baje quien sea que esté al mando y lo vea. Es que hay quien no se va tranquilo a dormir si no echa la meadita antiamericana…manquepierdan.
 
De Anna Grau (el 26/01/2010 a las 19:40:33, en NY sin complejos)
Meghan McCain, la rebelde y sugerente –6.306 visitantes de este blog seguro que no olvidan sus prominentes músculos pectorales, de los que les ofrecemos hoy otro pequeño atisbo- hija de John McCain está a favor del matrimonio gay. Más alucinante ha resultado la noticia de que también está a favor del matrimonio gay su señora madre, Cindy McCain. Y no está a favor en su diario íntimo sino que se ha “retratado” en una web contra la Octava, como se conoce coloquialmente a la proposición aprobada en California para ilegalizar las bodas entre dos personas del mismo sexo. En esa web salen celebridades con la boca tapada con cinta plateada y con la leyenda NoH8 grabada en la mejilla. Entre ellas la señora y la señorita McCain.

Personalmente me he reído mucho. Me he acordado de cuando yo discutía con mi padre de política y de cómo me apasionaba llevarle la contraria. En general porque yo tenía razón y él no, pero también por principios: a cierta edad, o te quieres ir de casa o es que no eres nadie. Otro tema son las esposas y madres de los hijos de candidatos a la presidencia de Estados Unidos, de los que cabría esperar un poco más de sintonía política, real o fingida. Aunque los conocedores de la biografía de Cindy McCain ya saben de su tendencia a tomar decisiones un tanto drásticas –por ejemplo, la adopción de una niña en un orfanato de Bangladesh- sin consultar a su marido. También se ha dicho que Cindy no estaba muy contenta con las aspiraciones presidenciales de John. Ahora, de eso a salir a la calle con una pancarta en contra de lo que él defiende, va cuanto menos un curioso trecho.

Y que no lo recorre ella sola. Últimamente se da en Estados Unidos una curiosa sedición de maripuris contra sus maridos políticos. Elizabeth Edwards, la esposa de otro expresidenciable, John Edwards, ha escrito unas memorias donde le pone a caer de un burro por tener una hija con otra sufriendo ella un cáncer terminal y dedica sus últimos meses de vida a promocionar el libro por tierra, mar y aire. Otro tanto hace (pero sin el componente luctuoso del cáncer) Jenny Sanford, la esposa ya en trámites de divorcio de otro que tal, el gobernador de Carolina del Sur Mark Sanford; el que un buen día desapareció, según su staff porque estaba solo en los Apalaches meditando, según la CNN porque en realidad se escapó a Argentina a ver a una amante. Pagándose el viaje con fondos públicos, encima.

Qué desastre. Menos mal que Obama parece felizmente casado y que de los dos Clinton, el que ahora mismo tiene mando en plaza es el que no suele meter la p...donde tiene la olla.

El caso es que una no deja de estar intrigada con este cambio de tercio. En el pasado cuando alguien tenía proyección pública su pareja oficial solía estar allí haciendo piña. A las duras y a las maduras: Hillary se tragó los sapos y las culebras de las infidelidades de Bill. Otro tanto hizo Silda Spitzer, la esposa de Eliot Spitzer, gobernador de Nueva York hasta que un escándalo de prostitución le apeó del cargo. La mismísima mujer de Bernard Madoff, Ruth, se arriesgó a ser procesada ella misma por no mostrarse lo suficientemente crítica con su estafador marido.

¿Están cambiando las tornas? ¿Es una cuestión de feminismo, de sana rebeldía –como yo cuando plantaba cara a mi padre-...o directamente de venganza? Porque lo más curioso del caso es que las mujeres que más se oponen a sus maridos o más se desentienden de ellos si caen en desgracia o en ridículo son aquellas cuyo propio curriculum profesional es más tenue. Las más técnicamente hablando maripuris.

¿Significa eso que deberían aguantar mecha? No, pardiez: si algo demuestran las elecciones y las encuestas es que cuando la mujer de un hombre prominente de Estados Unidos se mantiene a su lado después de una grave metedura de pata u ofensa, la imagen de él sale reforzada...pero la de ella sale debilitada. Que se lo pregunten a Hillary, infinitamente castigada por no haber dejado a su marido cuando lo de la becaria. Como si un elevadísimo porcentaje de esposas engañadas no optaran por aguantar y seguir cuando está en juego el proyecto vital y familiar de toda la vida y lo otro es un mero calentón.

¿Será que nos gusta más la rebeldía ajena que la propia? Puede ser. También puede ser que si en Estados Unidos siguen así tengan que acabar haciendo frente a toda una generación política con cara B: con lo que dice y hace el candidato o candidata que has votado, y lo que dice y hace su cónyuge, que puede estar en las antípodas. Pero que se promociona con los votos que tú has dado a la otra parte.

A ver si al final la única primera dama perfecta de América va a ser Todd Palin. Mira qué mono y cómo calla cuando habla su Sarah.
 
De Anna Grau (el 20/01/2010 a las 04:47:55, en NY sin complejos)
El clásico de Truman Capote “A sangre fría” describe el asesinato de toda una familia de clase media por un par de colgados que pasaban por ahí. Lo describe paso a paso, primero desde el punto de vista de las víctimas –una gente tan maja que se te rompe el corazón- y a continuación desde el punto de vista de los asesinos –unos desechos humanos y sociales que no pueden por menos que acabar dando pena-.

“A sangre fría” no se la inventó Capote. Se basaba en un suceso real en 1959 en Kansas. La historia se repite ahora con un crimen casi idéntico que dentro de poco va a juzgarse en el estado de Connecticut. Allí vivía y vive el doctor William A. Pettit Jr. Hasta hace dos años este hombre tenía una esposa, Jennifer Hawke-Pettit, y dos hijas, Hayley, de 17 años, y Michaela, de 11. Ya no tiene a ninguna de las tres. Excepto en fotografía como la que aquí mostramos, reproducida por The New York Times.

En una noche de julio de 2007 irrumpieron en la casa de los Pettit Joshua Komisarjevsky (26 años) y Steven J. Hayes (44). Los dos habían sido encarcelados por robo y por drogas, respectivamente. Aunque por lo menos uno de ellos –Komisarjevsky- había sido calificado por un juez como “un depredador frío y peligroso”, ambos se encontraban en libertad condicional.

Entraron en la casa de los Pettit sin más motivo que porque les salía de las narices. Le dieron una paliza al padre y lo maniataron. Luego uno violó y estranguló a la madre mientras otro sometía a abusos a la menor de las hijas. Cuando William A. Pettit Jr. consiguió zafarse de sus ligaduras y dar la alarma, los atacantes ya habían pegado fuego a la vivienda con consecuencias irreparables. Las dos hijas murieron atadas a sus camas.

“Horror en la noche”, tituló la revista People. La conmoción fue tal que se pararon en Connecticut todas las iniciativas para abolir la pena de muerte. “A mi familia se la aplicaron, ¿y ustedes quieren mantener con vida a sus asesinos? Eso no es justicia” testificó desgarradoramente el pasado mes de marzo el doctor Pettit ante los legisladores del estado.

Después de oírle, el gobernador republicano del estado blindó la pena capital. Si esta acaba revisándose en Connecticut, tendrá que ser después de que los asesinos de la familia Pettit hayan sido juzgados.

Ambos acusados han tratado de llegar a un acuerdo para declararse culpables y eludir un juicio público con jurado, que previsiblemente les crucificará. Por ahora no han tenido suerte. William A. Pettit Jr. está dispuesto a enloquecer de dolor reviviéndolo todo en el estrado. Está dispuesto a pasar por lo que sea para que se haga lo que él entiende por justicia.

Es posible que Joshua Komisarjevsky y Steven J. Hayes merezcan ser ejecutados sin compasión. Así acaba “A sangre fría” de Capote, desde luego. Si usted la ha leído ya sabe algo de periodismo omnisciente.

Aunque quizás no tanto como para responder a esta otra pregunta: ¿está usted seguro al cien por cien de que justicia es esto? Dicho en otras palabras: ¿está usted seguro de ser Dios?
 
De Anna Grau (el 13/01/2010 a las 17:31:27, en NY sin complejos)
Ahora resulta que la última tribu urbana de moda en Nueva York son los paleo. Los paleo son los neoyorquinos de las cavernas. No viven literalmente en ellas sino en apartamentos de Manhattan (no siempre es fácil apreciar la diferencia a primera vista), hacen todo el ejercicio que la vida urbana les permite, andan mucho (Nueva York es la única ciudad norteamericana pensada para eso) y comen mayormente carne. Algunos se la comen incluso cruda, en la convicción de que toda elaboración posterior es un error histórico que viene de antiguo. Concretamente desde que la raza humana dejó de cazar para volverse sedentaria y agricultora (¡panda de vendidos!).

Los hay menos radicales, que recuerdan que después de todo el hombre de las cavernas tenía fuego para asar su almuerzo. Y que también comía frutas y verduras cuando se las encontraba. Pero incluso estos rechazan alimentos manufacturados como el pan, y tienden a atiborrarse de grandes cantidades de carne para después dejar pasar 24 o incluso 36 horas sin comer. Este era el período medio que el hombre paleolítico ayunaba entre cacería y cacería. Por supuesto no pican entre horas.

La pregunta para cualquier persona “normal” es obvia: y todo esto, ¿por qué? Mucha gente cree que cualquier tiempo pasado fue (a veces) mejor. Pero puestos a buscar el ideal poca gente elegiría un pasado tan lejano. Tan árido. Tan duro. Y sobre todo tan chocante en un sitio como Nueva York.

Los paleo creen que lo suyo es culto al cuerpo en estado puro. Consideran la entera civilización como un atentado contra el organismo. Miran con desprecio a la gente “normal”, a la que consideran floja y extremadamente vulnerable a cualquier mínima restricción dietética, cambio de temperatura, alteración del sueño, etc. Ellos se ven más salvajes y más fuertes. Menos corrompidos. Mejores.

El movimiento tiene sus seguidores desde hace tiempo (bien es verdad que casi siempre en ámbitos más rurales y bucólicos). De la ancestral dieta carnívora se afirma que es mano de santo contra según qué enfermedades. John Durant, el primero por la izquierda de la foto aparecida en The New York Times que aquí reproducimos, coquetea incluso con la idea de abrir en Nueva York un restaurante paleo. Para quien quiera sentirse cavernícola por una noche.

En contra hay quien tiene la inquietud de si el movimiento paleo no coquetea un poco con el machismo más rancio, como si fuese la dieta de Charlton Heston. Entre los cavernícolas neoyorquinos sólo figura por ahora una mujer, Melissa McEwen. Es la morena interesante y con gafas de la foto. Hay que decir que no se la ve muy agobiada. Pocas mujeres en Nueva York tendrán tanta carne fresca para ella sola.

Otra contraindicación del movimiento paleo es que el hombre de las cavernas iba como una moto pero sólo hasta los treinta años, que es lo máximo que en general vivía. No tenía que preocuparse de diversificar su dieta ni de complementarla con antioxidantes porque, para lo que le quedaba en el convento...
 
De Anna Grau (el 05/01/2010 a las 04:44:40, en NY sin complejos)
Medgar Evers era negro en Mississipi en los años 60. Peor aún, lo era desde 1925, que es cuando nació. Su padre y su abuelo habían tenido que luchar físicamente por su libertad y un pariente fue linchado. Como en la novela del escritor francés Boris Vian “Escupiré sobre vuestras tumbas”: su protagonista, un negro que tiene la “suerte” de haber nacido con la piel blanca, venga el linchamiento de su hermano seduciendo y asesinando a dos hermanas blancas de buena familia del Sur, una de ellas embarazada (de él). Ninguna de las dos chicas tenía nada qué ver con la muerte de su hermano. Pero da igual. La novela es una obra maestra de odio.

Medgar Evers no había leído a Boris Vian. Echó a andar doce millas cada día para ir a la escuela (y otras tantas de vuelta) y armarse de paciencia y de educación. Se convirtió en un negro estrella, en un referente de la lucha contra la segregación racial. El 12 de junio de 1963, apenas unas horas después de que el presidente Kennedy pronunciara su mítico discurso sobre los derechos civiles, Evers murió asesinado a tiros. Le disparó Byron de la Beckwith, un miembro del Ku Klux Klan que llevó la estrella de la América confederada (la de Escarlata O’Hara) en la solapa todos y cada uno de los días que duró su juicio.

Que fueron muchos, porque le tuvieron que juzgar varias veces. Los jurados blancos se hacían un lío y se bloqueaban sin ser capaces de llegar a un veredicto. Para entonces Medgar Evers era una institución, hasta Bob Dylan cantaba sobre él. Pues aún así Byron de la Beckwith salió tan airoso de su crimen como para vivir tres largas y cómodas décadas en libertad después de haberlo cometido.

Hasta que en su camino se cruzó un joven e impetuoso abogado blanco llamado Bobby DeLaughter, que parecía el mismísimo Gregory Peck en la película “Matar a un ruiseñor”. ¿Han visto ustedes la película, han leído la novela? Hay un momento terrible que es también un momento maravilloso. El abogado Atticus Finch (Gregory Peck), el gran blanco bueno del Sur, el héroe digno que todos creemos llevar dentro, pierde el juicio donde lo ha intentado todo para evitar que se condene injustamente a un hombre negro por la violación de una mujer blanca. Vencido abandona la sala. Su hija que es la narradora del libro y que lo ve todo desde el palco recibe un golpecito en el brazo de alguien que le dice algo así como (cito de memoria, lo siento): “Señorita Finch, levántese, su padre está saliendo”. Y es que todos los negros que están en la sala se han puesto de pie. Silenciosamente aclamándole.

Bueno, pues DeLaughter era una cosa así en la vida real, y encima ganando el juicio. En 1994 logró volver a sentar a Byron de la Beckwith en un banquillo. Su arenga final ante el jurado –formado por ocho negros y cuatro blancos- se estudia aún en las Facultades de Derecho y en la Ilíada de los derechos civiles: “¿Es demasiado tarde para hacer lo correcto? En nombre de la justicia y de la fe en que somos una sociedad civilizada, sinceramente espero y rezo porque no lo sea”.

Finalmente, con treinta años de retraso, Byron de la Beckwith fue condenado. Toda esta epopeya fue inmortalizada en la película “Ghosts of Mississipi”, con Alec Baldwin (el de 1996, ojo) encarnando a Bobby DeLaughter, cuya reputación no paró de crecer desde entonces. En 2001 el asesino murió en la cárcel. En 2002 el mítico abogado devino juez del estado de Mississipi. Hasta el lunes pasado...cuando fue a parar a la cárcel él mismo.

¿Qué coño, con perdón, ha pasado aquí?

Pues algo tan triste como que Bobby DeLaughter se ha visto envuelto en un sonado escándalo de corrupción. Se dejó arrastrar por un antiguo mentor suyo a aceptar determinadas donaciones indebidas, y encima cuando el FBI lo investigó, incurrió en obstrucción a la justicia. Es por este delito –no ha admitido ninguno más- por el que le han caído dieciocho meses de prisión.

Dieciocho meses no son mucho. Pero en este caso bastan para arruinar una carrera y casi la obra de toda una vida. Ironías amargas de las que sólo suceden (espero) en América: Bobby DeLaughter ha ido a la cárcel apenas el día después de que apareciera en la localidad sureña de Plains, Georgetown, patria chica de Jimmmy Carter, una efigie de Obama “linchada”. Como en los buenos tiempos de Boris Vian.

¿Se puede estar más triste que después de leer esta historia?

¿Cuál es la moraleja en un caso así? ¿Que todo el mundo se corrompe? ¿Que los héroes ya nacen rotos? ¿Es Bobby DeLaughter el clásico místico de los años 60 que el paso de los años y la buena vida ha convertido en un pelado esqueleto moral de sí mismo? ¿O fue desde el principio una bestia parda, y el mundo se empeñó en ver idealismo donde sólo había ambición? ¿Cómo ver claro en esta sopa espesa de decepción, Dios mío?

Decíamos ayer (bueno, hace un rato) que el asesino de Medgar Evers acudió a todos los días de su juicio luciendo en la solapa el símbolo de la derrotada Confederación sudista, de esa América esclavista que se resistía a perder la guerra. Y que aún se resiste: el hijo del asesino ha asistido con el mismo pin en la solapa a todos y cada uno de los días del juicio a Bobby DeLaughter.

Quien comprensiblemente ha perdido casi todos los apoyos. Pero no es verdad que no le quede ninguno. Charles Ever, hermano del difunto Medgar, está con él a las duras y a las maduras. No dice que sea inocente. Sólo dice que va a dar la cara por él hasta el final, “como él la dio por nosotros”. Está tratando de reunir dinero para pagar la cuantiosa multa que le han impuesto a DeLaughter y tratando de sacarle de la cárcel lo antes posible.

Boris Vian debe estar revolviéndose -y ahogándose de escupitajos- en su propia tumba.
 


¿Y dónde vive exactamente Paul Auster?, me pregunta una visita de España, el enésimo fan de Auster que se emociona sólo con pisar Brooklyn. ¿Le cuento o no le cuento que al natural es más guapo, escribe mejor y tiene una voz de terciopelo viril que da gusto oírle? ¿Y que estamos justo en la esquina donde una vez me lo encontré bajando del coche, como un vecino más de Park Slope?

Donde vive Paul Auster se llama Park Slope. Una parte de Brooklyn particularmente enrollada y encantadora, el reino del pijerío progre y del triunfador en vaqueros y con zapatos crocs de colorines, donde todo el mundo es o ha sido rebelde antes de sentar cabeza, fundar una familia –Prospect Park es a los niños pequeños lo que Sexo en Nueva York es a los adultos- y ganarse lo suficientemente bien la vida como para tener que ir de vez en cuando al psicoanalista a pedir perdón.

O hacer activismo a favor de Obama y en contra de todo lo demás, particularmente de los malvados promotores que especulan y conspiran para hacer con Brooklyn lo que Gallardón ha hecho con el centro de Madrid. Incluso hay quien se moviliza contra de Norah Jones, que no vive exactamente en Park Slope sino en Cobble Hill –a tiro de piedra en autobús- y que como cantante y como persona será un encanto, pero como vecina hay que ver: amenaza con mudarse a Manhattan si no le dejan abrir en una pared de su casa nada menos que diez ventanas, que truncarían la unidad arquitectónica del barrio.

Otro signo de militancia en el divino Brooklyn de Paul Auster es apuntarse a la coop de Park Slope, la legendaria cooperativa de alimentos frescos que es lo más parecido a un campo de trabajo soviético en el corazón de Nueva York: todos sus miembros tienen que arrimar el hombro en ella, da igual lo ocupados que estén y el dinero o la fama que tengan. De cada cual su capacidad, empaquetar queso de Vermont o limonada de Paul Newman os hará libres, etc. O vas y echas las horas que tienes que echar no sólo tú sino todos y cada uno de los adultos que viven en tu casa y que no van en silla de ruedas –prohibido presentar como amantes de paso a parejas más que apalancadas-, o te expulsan con un bufido de desprecio e invitación a la autocrítica pública. Bienvenido a la república socialista de Brooklyn.

Por todo lo antedicho se vive y se come muy bien en Park Slope, por precios casi populares. Los alquileres son caros pero la intendencia es barata, con un toquecillo contestatario gourmet. Abundan los restaurantes encantadores y los cafetines intelectuales, los garitos étnicos. Sobre todo son muy étnicos de la cocina para adentro -donde se apilan los platos sucios- y de la puerta del delivery para afuera. Hace poco a las autoridades laborales se les ocurrió hacer una inspección masiva y descubrieron que en cantidad de locales emblemáticos de Park Slope y de Cobbe Hill la mayoría de los lavaplatos y de los repartidores de comida a domicilio son inmigrantes ilegales que trabajan doce horas diarias a 2.75 dólares la hora. El salario mínimo legal en Estados Unidos son 7.25 dólares.

Terror en supermercado. Horror en el falansterio. ¿Está enterado Paul Auster? Si se entera, ¿cómo puede verse afectada su producción literaria del futuro? ¿Se avecina un período particularmente negro de las letras americanas, un tiempo en que hasta el realismo sucio de Raymond Carver –recientemente reeditado, por cierto, en medio de no poca controversia- parezca una risueña portada de El Jueves?

“No sé por qué he sido tan estúpido de sorprenderme”, declara para The Brooklyn Paper un vecino de Park Slope progre pero sincero. También se sinceran algunos de los dueños de los restaurantes expuestos a la vergüenza. En época de recesión, alegan, ¿quién puede vender hamburguesas a un precio razonable si tiene que pagar íntegro el salario mínimo? “Que les den papeles y luego hablaremos, pero mientras nos obliguen (sic) a contratar ilegales...”, proclama enfadado.

The Brooklyn Paper entrevista asimismo a un emigrante de Guatemala que tiene 28 años y gana 260 dólares a la semana trabajando seis de los siete días de 11.30 am a 11.30 pm. Y dice que manda dinero a la familia en su país. Dios mío, ¿qué come y dónde duerme este hombre?, me pregunto anonadada.

Por supuesto hay un truco, que es la razón por la que toda esta gente aguanta cobrando estos lacerantes sueldos de miseria: el factor propina. En los barrios ricos de izquierdas suelen ser buenas. Y luego abominan del Domund y de Cáritas y dicen que dar limosna es un insulto y que lo único digno es la solidaridad.

¿Significa esto que los vecinos de Paul Auster son todos unos cínicos y unos inmorales? No necesariamente. Sólo gente que no revisa muy a menudo si las ideas que le gusta tener se ajustan a la realidad.

¿Qué es la izquierda? ¿Y tú me lo preguntas? Izquierda es aquello de lo que con suerte podrán ser los nietos o los biznietos de los actuales lavaplatos y repartidores de Park Slope a 2,75 dólares la hora. Esa será la prueba real de que han prosperado: que podrán permitirse el lujo de sentarse a tomar café en el ombligo del mundo y de la razón sin enterarse de cuánto cobra el camarero que les sirve.

Sin enterarse de esto ni de nada. Pero lo que se dice de nada.
 
De Anna Grau (el 09/12/2009 a las 17:37:05, en NY sin complejos)
A

A lo mejor es porque vivo en Estados Unidos. A lo mejor es porque de lo único de lo que he sido socia y militante en mi vida es de Amnistía Internacional. A lo mejor soy una visionaria. A lo mejor soy una imbécil. ¿Quién sabe? Yo no sé lo que pasó una oscura noche de principios de noviembre de 2007 en Perugia, Italia. Sólo sé lo que yo creo: que Amanda Knox NO lo hizo. Que no mató a su compañera de Erasmus, Meredith Kercher.

¿Que cómo lo sé? Rejolines, ¿hay que volver a empezar desde el principio? Reitero: YO NO LO SÉ. No tengo ni la más remota idea empírica de qué ocurrió. No hay pruebas forenses concluyentes contra los acusados del crimen (condenados, perdón), que a su vez tampoco han tenido nunca una coartada concluyente. Estoy en fin igual que el jurado italiano y que los medios de comunicación norteamericanos: basándome en mi corazonada y en veinte años de intuición periodística y de atenta lectora de Truman Capote.

Y por supuesto de Agatha Christie. Yo adoraba a su detective Hercules Poirot. El que jamás se agachó a mirar una huella en el suelo porque decía que todo estaba en la mente. Que a los criminales no se les detecta husmeando como un perro sino usando la psicología. Sin duda una aproximación muy “femenina” a la novela negra, que dirán algunos. Qué diferencia con el racional, cuasicientífico creador de Sherlock Holmes, Arthur Conan Doyle.

Y sin embargo yo siempre consideré a Conan Doyle un farsante y a Sherlock Holmes una decepción. Porque vaya manera de resolver los casos. En general estos no tenían ni pies ni cabeza –o por lo menos no la tenía su solución-, hasta que en el último momento aparecía alguna prueba tan indiscutible como delirante: que si en las botas de tal o cual personaje se había fijado determinado polvillo que sólo se encuentra en determinada estación del sur de Londres. Etc. Y el lector educadamente atónito, ya que era la palabra de Sherlock Holmes contra la de nadie.

En resumen yo siempre creí que bajo su apariencia racionalista Conan Doyle planteaba y resolvía sus casos bastante aleatoriamente –y por eso muy raramente el lector puede resolverlos por sí mismo; porque en realidad carecen de la lógica de la que presumen-, mientras que la “frívola” Agatha Christie escribía unas tramas de hierro. Donde efectivamente la psicología permitía deducir por dónde iban los tiros (o las puñaladas, o el envenenamiento).

En la vida real seguimos en las mismas. Una estudiante norteamericana de 22 años lleva 2 en una cárcel italiana donde acaban de condenarla a pasar dos décadas más, por un crimen que ella dice que no ha cometido. Sólo hay pruebas circunstanciales (no definitivas) de lo contrario. Por ejemplo las confusas explicaciones de Amanda Knox y su ligue, el también condenado Raffaele Sollecito, de qué hicieron en realidad esa noche.

Parece evidente que hicieron algo malo. Ponerse de drogas hasta el recto en primer lugar. ¿Quién sabe si incluso pasarse por la casa donde fue asesinada la infortunada Meredith Kercher? ¿A lo mejor llegaron a tiempo de verla agonizar, les entró el pánico previsible dada su juventud y evidente inmadurez y salieron corriendo sin ayudarla? ¿Podría haber pasado eso? Si pasó eso, que en sí ya es terrible, ¿no se entiende perfectamente que no lo confiesen, aferrándose no a lo que hicieron sino a lo que NO hicieron, que es matar a nadie?

En fin, ya vale de pajas mentales por hoy. Aunque personalmente considero mi teoría de los hechos bastante más plausible que muchas que corren por ahí. No es tan fácil como parece matar a nadie ni siquiera en plena orgía sexual. Yo no sabría por dónde empezar sin marearme. ¿Y usted?

En cambio discrepo de esta peregrina hipótesis de que Amanda Knox ha sido víctima de un veredicto “antiamericano”. Discrepo no sólo porque el resto de los condenados no son de Estados Unidos –entre ellos hay incluso un nacional- sino porque en mi opinión la justicia italiana no precisa de alicientes como el antiamericanismo para funcionar lentamente y mal. Sobran los ejemplos.

¿Entonces? Existe la posibilidad de que la condena de Amanda Knox sea un puro y duro caso de injusticia desinteresada. De injusticia sin motivo, de injusticia sin más. Cuando la justicia funciona mal a veces se gana (a veces uno se va de rositas siendo culpable) y a veces se pierde (le hunden la vida a un inocente).

En Estados Unidos pocos dudan de que Amanda Knox, o es inocente, o no se ha probado que es culpable. Es decir, que en ningún caso ha tenido un juicio justo. Hay quien pide despachar a Bill Clinton para traérsela de Italia, como se trajo a las periodistas americanas condenadas a doce años de trabajos forzados en Corea o como se consiguió “sacar” a Roxana Saberi de Irán.

Lo malo es que esto es Italia. Un país que –un tanto pintorescamente en mi opinión- pertenece a la Unión Europea y al considerado “lado bueno” del mundo y de la Historia. Si en Italia se comete una injusticia contra un ciudadano de Estados Unidos, salir del lío es mucho más complejo.

Incluso entre los defensores de Amanda Knox cunde un punto de pesimismo cuando piensan por ejemplo en lo que ha ocurrido y sigue ocurriendo en la prisión de Guantánamo. Con semejante mancha en su expediente judicial, ¿con qué cara va Estados Unidos a dar lecciones de fair trial a otro país, donde por ejemplo la pena de muerte se abolió hace tiempo?

Donde las dan las toman, susurran bajito los que analizan la cautelosa reacción de Hillary Clinton, quien por ahora elude cuidadosamente criticar a la justicia italiana. Sin duda es la manera más razonable y más inteligente de actuar. Por el bien de la joven (¿de qué sirve cuestionar a los jueces que tienen la última palabra sobre tu destino?) y por el bien del país. Por aquello de no mencionar la paja en el ojo ajeno y así no hay que hablar tampoco de la viga en el propio.

¿Nos encaminamos entonces a un mundo donde lo importante no es la justicia, sino qué grado de injusticia estamos dispuestos a tolerar en los demás, a cambio de que los demás toleren el nuestro?

¿Pero qué pasa si a fin de cuentas la chica es inocente? ¿Qué pasa con todos los inocentes del mundo atrapados en una ratonera diplomática?
 
De Anna Grau (el 04/12/2009 a las 05:06:40, en NY sin complejos)
Aciagos Salahis. Mala sombra les confunda, mal rayo les parta. ¿No tenían nada mejor que hacer que colarse sin invitación en una cena de Estado en la Casa Blanca, humillar al servicio secreto y devolvernos a todos de un bote a la guerra fría? ¿Se acabó el buen rollito obámico? Con lo poco que les cuesta a los americanos atravesarse siete en una puerta y allí no pasa ni el aire como no esté autorizado, retratado y acreditado.

Que le pregunten si no a la reina Noor de Jordania. No hace tanto se presentó en la Casa Blanca, por supuesto porque tenía hora, pero una vez allí le pasó lo contrario que a los Salahi: por un error su nombre no figuraba en la lista y no la dejaban entrar. Su buena media hora tuvieron a aquella distinguida e inconfundible dama en la puerta, hasta que alguien “de dentro” sacó la cara por ella.

El efecto tóxico del caso Salahi es que mata hasta la última esperanza de que los porteros, vigilantes y policías de América se salten alguna vez la norma, siempre imperfecta como todo lo muy general, y apliquen cierto sentido común en determinados casos que lo piden a gritos. Como el caso de la reina Noor. En un caso así, ves, un portero español no dudaría. Aunque sólo fuese porque la tendencia patria es arriesgarse antes a que se te cuele un desgraciado que a dejar esperando en la puerta a un vip. De esos que se ponen con el Rolex en jarras y te espetan: “oiga, ¿usted sabe con quién está hablando?”

Claro que en España siglos de picaresca nos contemplan. Lo raro esta vez es que el efecto El Buscón haya triunfado en la rígida América. ¿Se queja usted de que en los aeropuertos de Estados Unidos le sofocan y a veces hasta le maltratan con la seguridad? Créame: no ha visto nada. Y para verlo tampoco hace falta ir a la Casa Blanca. Basta con acercarse a muchas otras dependencias oficiales. Por ejemplo a la sede en College Park, Maryland, de los archivos nacionales, NARA. Allí se acumulan millones de documentos a veces secretísimos y clasificadísimos que, por esa extraña cosa de los americanos de por un lado escurrir el bulto y por el otro lado hacerlo visible por ley, de repente se ponen a disposición del público.

Pero no de cualquier público. Y no de cualquier manera. Para entrar y salir del NARA hay que cumplir una serie casi infernal de requisitos. Unos son obvios (identificarse y acreditarse, no acceder a las salas de investigación con cámaras ni bolígrafos ni rotuladores ni nada que pueda dañar los documentos) y otros no tanto. Por ejemplo: si se lleva ordenador portátil hay que anotar el número de serie del mismo en un papel oficial que los vigilantes comprueban siempre a la salida. ¿Y cómo lo comprueban? Pues preguntándote el número a ti, que lo puedes estar leyendo en el ordenador mismo. Otro ejemplo: si uno fotocopia o saca de la impresora un documento de cien páginas que pone “top secret” o “confidencial”, tiene que tachar a lápiz esas palabras en todas y cada una de las cien páginas. Si no no puede sacar los papeles del local.

Para mover cualquier papel por el edificio, incluso una nota manuscrita tuya, hay que enseñarlo a cada paso. Una manera de evitarlo es meter los papeles, bajo la atenta mirada de un empleado del NARA, en una especie de sacas de seguridad cerradas con llave que sólo puede abrir otro empleado del NARA. Para que no tengas sitio material donde esconder documentos no se permiten bolsos ni carteras ni chaquetas de calle, ni siquiera una bufanda o un pañuelo al cuello. Etc.

Parece de película. Parece de Misión Imposible. ¡Pues no lo es! Hace dos años condenaron a pagar 50.000 dólares de multa y a cien horas de trabajo comunitario a un exasesor de Bill Clinton por sustraer documentos del NARA. Concretamente Sandy Berger sustrajo documentos clasificados de alto secreto del National Security Council sobre posibles fallos cometidos por la Administración Clinton en la prevención de la amenaza de Al Qaida, todo ello en vísperas de la comisión de investigación del 11—S. Berger necesitó la firma del expresidente para acceder a esos documentos y empleados del NARA le acusaban de haber llegado a sacar algunos metidos en sus calcetines. Hasta destruyó algunos que no pudieron ser recuperados.

El tal Berger al principio lo negó todo. Luego dijo que lo había hecho sin darse cuenta. Al fin no le quedó otra que declararse culpable, pedir perdón públicamente y dimitir como asesor de la campaña de John Kerry, que es lo que el hombre era en 2004, cuando se descubrió el pastel. Lo que sí siguió negando hasta el último minuto con verdadera furia era haber sacado documentos metidos en sus calcetines. Juró que los llevaba en el bolsillo del pantalón y de la chaqueta.

Entre este y los Salahi, lo raro es que cuando vas al supermercado en Estados Unidos no haya marines apostados en los pasillos.
 
De Anna Grau (el 01/12/2009 a las 02:20:25, en NY sin complejos)
Leo en http://lapalabraescrita.abc.es/, el imprescindible blog de Pedro de Alzaga, una entrevista con Pablo Eisenberg, “filantropólogo” ilustre de la Universidad de Georgetown, en Washington D.C. Eisenberg se queja en esta entrevista de que Obama haya encontrado dinero para rescatar a Wall Street y a la General Motors pero no a The Washington Post o The New York Times, que aunque son de las pocas grandes cabeceras periodísticas del mundo que aún mantienen el tipo, cada vez más lo mantienen al borde del abismo. En una especie de enloquecida carrera contra la muerte del lector y del mercado.

Eisenberg opina que visto lo visto, la solución es que los periódicos los compren grandes fundaciones sin afán de lucro. Y que los mantengan así. Es la única manera, apunta, de mantener vivo el telón de acero entre función periodística y empresarial que, cuando cae, entre las ruinas no asoma la cara de la libertad sino el feo trasero del demonio.

¿Está Eisenberg levantando definitiva acta de defunción del periodismo como business, como actividad con perspectivas de ser rentable?¿Está tratando de endulzar la cicuta? ¿O realmente cree que es mejor así, que los periódicos no vuelvan a ser negocio jamás?

Lo malo es lo de siempre: quién controla a las fundaciones sin ánimo de lucro. Que fuera de Estados Unidos nunca son tan poderosas. El papel que cumplen las fundaciones sin ánimo de lucro en Estados Unidos en general sólo lo puede cumplir en España el sector público.

¿Habría que nacionalizar toda la prensa y a ver qué pasa, pues? Antes de que alguien se ataque: NO. Modestamente, tengo una idea mejor. No sé cómo me ha venido a la cabeza, porque se trata de una idea inspirada en la industria de las revistas porno.

Tengo entendido que en tal industria se tendía históricamente a aplicar una sabia máxima, una variante del viejo dicho popular de no meter la p…donde tengas la olla: las personas que posaban para una publicación porno vivían en un país y la publicación siempre se distribuía en otro. Así se evitaban muchos disgustos y muchas casualidades de esas que las carga el diablo. ¿Y no se podría hacer lo mismo con la prensa no pornográfica? Por ejemplo, ¿no podrían venir las fundaciones norteamericanas a hacer filantropía con los periódicos españoles, y el sector público español poner dinero en The New York Times sin decir ni pío de la línea editorial, como se supone que hace el magnate mexicano Carlos Slim?

Por lo menos sería una experiencia.
 
De Anna Grau (el 26/11/2009 a las 18:56:59, en NY sin complejos)
Aclaración previa: conste que escribo este post por imperativo moral y contra mi costumbre de no rebatir jamás un comentario en mi blog. Estados Unidos es un país libre o casi, España también y la blogosfera ni te cuento. Que cada cual piense y diga lo que quiera.

En este caso voy a romper una lanza contra mi costumbre porque, como me han hecho ver algunos amables lectores de mi anterior post, este ha merecido un par de comentarios no tan amables. Que a mí personalmente me importan un pimiento. Pero que ponen en tela de juicio la profesionalidad de otras personas, concretamente, de los periodistas de la cadena de televisión por cable NY1.

Como tienen razón los que me recuerdan que muchos lectores españoles del blog no ven NY1 en sus casas, con lo cual pueden ir un poco vendidos, procedo a aplicar la clásica receta de la abuela contra la ignorancia (si no es algo peor): información por un tubo. Ahí van unos cuantos datos. Juzguen ustedes.

Para empezar les copio aquí la web de NY1 en inglés (http://ny1.com/6-bronx-news-content/top_stories), la web de NY1 en español (http://ny1noticias.com/13-portada-news-content/inicio) y la de la página de la wikipedia dedicada a ella (http://en.wikipedia.org/wiki/NY1)

Un buen resumen de la información que en todos estos sitios aparece sería: NY1 es un canal de televisión por cable perteneciente a Time Warner que se calcula que llega a 2,1 millones de hogares con más de 4,5 millones de espectadores como mínimo. Se creó combinando nueva tecnología con un tono muy próximo y casi “vecinal” de la información. Empezó a emitir el 8 de septiembre de 1992, en principio para emitir información local de Nueva York las 24 horas, aunque con la lógica incidencia general que toda información generada en Nueva York automáticamente tiene. Por ejemplo después del 11-S la señal de NY1 fue transmitida internacionalmente para todos los suscriptores de la tele por cable Oxygen, cuyos estudios junto al World Trade Center habían quedado inutilizados. En 2003 se lanzó el canal en español NY1 Noticias.

La fórmula original son bloques de información grabada que en cualquier momento se pueden interrumpir para dar lugar a una indefinida cobertura de noticias en vivo, como pasó después del 11-S. Esto se alterna con programas y secciones tan populares como “En los periódicos”, “La llamada” o “El neoyorquino de la semana”. A los extranjeros les hace mucha gracia una sección que en inglés se titula “The world beyond New York” (El mundo más allá de Nueva York), donde tienen cabida noticias de cualquier parte del mundo que se consideren interesantes para los neoyorquinos.

Hace dos años, cuando NY1 celebró su quince aniversario, mereció comentarios del tipo:

 “New York One es hoy una de las cadenas más valoradas de Nueva York. Propiedad de Time Warner Cable, cubre cada aspecto de la información local: política, el tiempo, sucesos, economía, espectáculos y tráfico. NY1 llena veinticuatro horas de programación con sólo una parte del presupuesto de la CNN, lo cual la ha obligado a adoptar innovadoras vías de recogida de noticias y estrategias de producción” (http://digitalcontentproducer.com/fieldprod/revfeat/oneman_crew/)

“Muchas felicidades a NY1, que hoy es un éxito y el canal por cable más visto en la ciudad de Nueva York” (http://rosenblumtv.wordpress.com/2007/11/24/ny1-15-years-later)

Por su amenidad e interés copio también aquí el perfil de uno de los presentadores más populares de la cadena, Pat Kiernan (http://www.manhattanlivingmag.com/viewcolumn.cfm?colid=7822)

Para no dejarnos nada en el tintero, en los últimos tiempos ha habido polémica en torno a dos reporteros de NY1. Uno es Gary Anthony Ramsay, que estaba en la cadena desde el primer día pero en 2007 fue despedido después de ocultar su identidad en una llamada que hizo a un programa de la cadena para verter una opinión polémica. El otro es Dominick Carter, cuya caída en desgracia es de este mismo año: su mujer le acusó de violencia doméstica –aunque ahora lo niega- y Carter fue encima acusado de intentar obtener trato de favor del juez apelando a sus buenos contactos. La cadena consideró éticamente inadmisibles estas prácticas y le echó.

Aún así parece que con todos sus defectos Dominick Carter era buen periodista. Así me lo hace saber Leonard Levitt, heredero de la gran tradición de reporteros policiales neoyorquinos. Después de pasar entre otros por Associated Press y por la revista Time y de ser el jefe de investigación del New York Post, Levitt escribió durante diez años en Newsday la célebre columna “One Police Plaza”, que posteriormente dio lugar a un confidencial en Internet y a un libro de reciente publicación, “NYPD Confidencial: Poder y Corrupción en la Mayor Policía del País”.

Levitt me asegura que Dominick Carter le hizo una de las mejores entrevistas sobre su libro que recuerda: “se lo había leído hasta el final y me planteó las preguntas más detalladas e inteligentes; después de salir el libro en NY1 la gente me paraba constantemente por la calle”.

Cuando pongo en conocimiento de Levitt según qué comentarios, me dice: “Mi sugerencia es que siga usted yendo al programa de NY1 e ignore esas cosas... Como sabe, hay periodistas muy malintencionados”
 
De Anna Grau (el 23/11/2009 a las 20:03:44, en NY sin complejos)

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by OnlineFLVPlayer.com (WARNING técnico antes de empezar: si no visualizas bien el vídeo, por favor pincha en el título del post. No me preguntes por qué...es así)

Hace unos días me llamaron para participar en un programa del canal de televisión New York One (NY1) -para quedar como dios pronúnciese niuyorguán-, que es como el Telemadrid de aquí, pero a lo grande: nótese que la ciudad de Nueva York tiene más de 8 millones de habitantes y que a muchísimos les encanta ver la tele. Mayormente en inglés pero ojo que en la ciudad de las mil razas y leches NY1 tiene una especie de “segunda cadena” que no es en árabe ni en chino sino en español. Ahí se emite el programa “Pura Política”, que es a donde a mí me habían invitado.

Y allí que me fui con mis botitas de Pocahontas (refrescaba) y mi paraguas de la Morgan Library (llovía). Me bajé del metro en Chelsea, entré en el abigarrado Chelsea Market y allí, justo enfrente de la Ruthy’s Bakery (mmmmmm) están los ascensores que llevan (sexto piso) al templo informativo de la ciudad de Nueva York. Tanto quieren que se les note esta condición que la redacción (ligeramente más pequeña que la T4 de Barajas) está atravesada por “calles” donde se lee: Broadway, Flatsbush Avenue, etc. NY1 debería ser una parada turística en sí misma.

Ahora que ya nos vamos conociendo lo puedo confesar: yo he ido a mucha tertulia en mi vida. En Barcelona y en Madrid. Era joven, necesitaba el trabajo...y me encanta discutir, que no pelear.

Por desgracia en España abunda mucho la tertulia-gallinero y el modelo de tertuliano escasamente argumentador y documentado, el señor (o la señora) Porquetelodigoyo. Punto pelota. Lo cual deprime un tanto incluso si se diera el caso de que el energúmeno o la energúmena tengan razón. Si a eso se le añade cierta horrorosa tendencia a la sectarización y la reducción del mundo a dos bandos perfectamente previsibles y encontrados, pues en fin. Para qué.

¿Con qué me voy a encontrar en mi primera tertulia televisiva en Estados Unidos? Cuando documento sobre quién va a ser mi “oponente” en el ring descubro que se trata de Xavier Serbia, un analista financiero de origen portorriqueño que en su día cantó salsa con el grupo Menudo. “¿Sabes que en España decir que algo es “Pura Política” puede sonar despectivo?”, tanteo a Serbia. Antes de que este pueda replicar se atraviesa la sonrisa del moderador de la tertulia y conductor del programa, Juan Manuel Benítez: “¿Y quién te crees que eligió el nombre?”. No me guiña el ojo pero no hace falta. Entiendo que estamos a bordo de algo interesante.

Juan Manuel Benítez es un periodista de Badajoz que a pesar de su insultante juventud (35 años) lleva tiempo trabajando y pisando fuerte en Estados Unidos. Andaba el hombre por la convención demócrata de hace cinco años y fíjate tú, estaría aburrido y se empeñó en entrevistar a un oscuro senador cuyo discurso le había tocado la fibra y el olfato. “¿Pero cómo dices que se llama? ¿Quién fucking (para abreviar, léase coño) es ese Obama?”, le preguntaban sus jefes de NY1, mosqueados. Ahora pueden presumir de tener en nómina al primer periodista español que entrevistó al actual presidente de Estados Unidos. Toma ojo clínico informativo.

Empieza la tertulia con Serbia y con Benítez. Con el primero (ver vídeo) empezamos fajándonos a cara de perro por el tema de si está bien o está mal que el autoproclamado cerebro del 11-S y cuatro compinches dejen Guantánamo para ser juzgados por la justicia civil ordinaria en Nueva York. Yo digo que sí y él dice que no, con argumentos que mis amigos y mi audiencia en España consideran un tanto explosivos.

En cambio nos ponemos de acuerdo enseguida en que Sarah Palin, al margen de cuales sean o dejen de ser objetivamente sus méritos, ha padecido un linchamiento mediático sin precedentes...en mi opinión no tanto por parte de las huestes machistas como de las de cierto feminismo bolchevique.

Con todo esto y más nos entretenemos y nos enzarzamos un buen rato. Y a mí que me va fascinando el nivel de entrega y de exigencia de estos periodistas y tertulianos americanos. Xavier Serbia caerá mejor o peor, como la Palin; pero se ha venido sin papeles y todos los datos que desliza, desde el coste del juicio del 11-S para la seguridad de Nueva York hasta la estimada reducción del déficit sanitario de Estados Unidos, son exactos. Lo sé porque yo también voy sin papeles pero la lección me la sé. Llámenme arrogante pero lo que me sorprende es que se la sepan ellos. Que Benítez sea capaz de citar de corrido (bueno, ayudándose pelín con el teleprompter) un fragmento entero de mi reciente entrada en este blog sobre las mamografías. La cantidad de información pura que aquí bombea por minuto.

Al acabar el programa nos tienen que parar porque seguimos debatiendo como locos por los pasillos de NY1. Salgo otra vez al Chelsea Market y a la calle con la adrenalina y con la moral por los cielos. Es quizás la primera vez que tengo una experiencia religiosa total con lo hispano en Nueva York. Que no lo veo sólo como un tema de cantidad sino de calidad. Que me doy cuenta de que podemos ser no sólo muchos sino también élite. Con esfuerzo y dedicación, claro. Con esta energía y esta disciplina imparables que viniendo de Europa impresionan como un renacimiento de la esperanza y de la fe en el mérito.

Y de la política pura pero para bien.
 
De Anna Grau (el 20/11/2009 a las 06:23:45, en NY sin complejos)
Me llama Cris Gabarrón, de la Fundación Cristóbal Gabarrón, para anunciarme la muerte de Jeanne-Claude Denat de Guillebon, la que fue mujer, compañera y contrapunto consustancial de Christo Javacheff. Ese artista búlgaro que lo mismo “envolvía cosas”, como el Parlamento alemán, que llenaba el Central Park de Nueva York de miles de puertas con cortinas color azafrán.

Es horroroso lo simplistas que resultan algunas definiciones. Sobre todo cuando ves de cerca a la gente definida. Yo entrevisté para ABC a Jeanne-Claude y a Christo a principios de este año, gracias precisamente a Cris Gabarrón, que me los presentó y me ayudó a ganar su confianza. Cris es un fabricante nato de encuentros inolvidables.

Cuando fui a entrevistar a Christo y a Jeanne-Claude a su casa-estudio del Soho me esperaba a dos modernos superficiales, a dos raros aparatosos. Y me encontré a dos currantes de lo clásico. A dos aristócratas clandestinos. Jeanne-Claude me pidió que me descalzara pero me proveyó de unos patucos que instintivamente guardé como oro en paño. Me habló de su arte y de su trabajo con una precisión y una dedicación que ya me gustaría ver en muchos médicos, analistas financieros y abogados.

La gente tiende a pensar que el “verdadero” artista fue siempre Christo –el que “sabe dibujar”- y que ella se acabó metiendo en plan Yoko Ono. Nada más lejos de la realidad cuando les veías juntos y de cerca. Cuando comprendías que hacía mucho que el “saber dibujar” había quedado atrás. Que lo importante era lo otro.

¿Y qué es lo otro? Jeanne-Claude parecía una sibila en trance cuando me hablaba de la Mastaba que planeaban en Abu Dhabi. O de otro proyecto en curso para cubrir el curso de un río en Estados Unidos con una tela translúcida y plateada que me enseñó: tenía que ser esa tela y no otra, tenía que ser exactamente así, con esta caída y este vuelo y esta resistencia al viento y al agua, probadas con la misma tecnología con que se prueba la resistencia de distintos materiales a los huracanes.

Nunca aceptaron una subvención. Nunca tuvieron un mecenas. Se autofinanciaban tan seriamente que hasta viajaban en aviones separados: así si moría el uno, siempre quedaría el otro para completar el trabajo en marcha.

Por lo que sea, le ha tocado a Christo.
 
De Anna Grau (el 18/11/2009 a las 18:26:40, en NY sin complejos)
Voy al ginecólogo en Nueva York. En cuanto se entera de que rebaso los 40, primero lo encuentra increíble (¿es o no es un magnífico profesional?) y segundo me manda de cabeza a hacerme una mamografía.

Que es una prueba sencilla e indolora, dicen. Pues mienten como bellacos. Sencilla no diré que no, pero, tanto como indolora...Te cogen la parte contratante de la primera parte (en español, la teta), te la meten en una gélida máquina, atornillan aquello como si fuese un garrote vil, cuando tú ya crees que la teta te va a estallar la radióloga o lo que sea dice, sorry, sorry y le da otra vuelta de tuerca al invento. Repite la operación con la parte contratante de la segunda parte.

Te mandan a la salita de espera con tu batita y tu canesú. ¿Que si ya puedes vestirte? Mejor te esperas a que venga la doctora. Al rato vuelve la radióloga o lo que sea. ¿Te importa si volvemos a empezar desde el principio? La madre que la concibió y a los nueve meses actuó en consecuencia. Nueva sesión de aplastamiento mamario. Ahora con el aliciente del miedo, claro. ¿Qué es lo que hay que repetir y por qué?

Nuevo letargo a medio vestir en la salita de espera. Aparece la doctora: vale, ya te puedes marchar, pero hay que hacer otra prueba, que no es la misma, pero se le parece mucho. Horror. Encima te dan la noticia justo cuando tú te disponías a irte seis semanas a España. ¿Puede esperar tanto la prueba? Lo que sea que podrías tener, ¿te permitirá sobrevivir hasta la vuelta? “Absolutely, go”, -claro que sí, vete- te dice la doctora, muy segura de sí misma. Y tú definitivamente ya no entiendes nada: si tan segura está, ¿para qué quiere más pruebas?

Pasas seis semanas muy filosóficas, preguntándote si te dejaron ir de vacaciones por piedad o para ver si las tetas te reventaban en medio de la Puerta del Sol y no en Times Square, y así Obama se ahorra un dispendio. Vuelves de vacaciones. Pasas la prueba. Papelito: todo OK, pero vuelve en seis meses.

¿Oiga, pero no era una vez al año? Sorry pero en el papelito pone seis meses. Transcurridos los cuales se repite punto por punto la histeria: pierde un día de trabajo, pasa la mañana semidesnuda, pregúntate si al final el pecho no se te lo van a cargar ellos, de tanto aplastarlo.

O de tanto irradiarlo. ¿Qué pasa, que todos los rayos X que no quiere nadie me los van a meter a mí? Yo pongo toda la mala cara que puedo, pero ellos, erre que erre: vuelve en seis meses.

Por si me faltaban motivos de inquietud, ahí está mi inteligente y combativa amiga Arantxa, siempre rastreando sitios webs y radios antisistema a la caza de las informaciones más reservadas y ocultas del sistema. Esta vez sus noticias me llenan de alborozo: cada vez hay más médicos disconformes con los mamogramas, que les parecen muy agresivos, que defienden una prueba térmica alternativa. ¿Y si se lo consulto a mi ginecólogo?

Como este se niega a volverme a visitar hasta que haya transcurrido un año –exigencias del seguro-, mi primera consulta no es con él sino con un amigo médico, especializado en gestión sanitaria gubernamental y de altos vuelos. Su veredicto es: él no cree que las horas extras de mamografía que están gastando conmigo me vayan a matar pero tampoco cree que me salven la vida. “Lo más probable es que les interese pasar la factura y cobrar de tu seguro”, especula. Pues vaya.

En estas sale el famoso informe del que se hace eco hoy ABC, en que oncólogos y ginecólogos americanos desaconsejan las mamografías anuales (¡no te digo los semestrales!) por debajo no de los 40 sino de los 50, que a mí aún me quedan ,muy lejos. Y se desata la guerra de sospechas. ¿Pretenden en Estados Unidos eliminar una prueba clave pero cara? ¿Es su oscuro objetivo ahorrarse unos dolarcillos, ahora que la reforma sanitaria está tan cruda? ¿O tienen razón los que, como mi amigo, acusan a los médicos de recetar mucha prueba innecesaria para embolsarse su costo? ¿Quién es quién, quién tiene razón? ¿Cómo ver la luz, cómo distinguir una radiografía de un atraco, Dios mío?

A nadie le extrañará a estas alturas que cuando me enfrento a mi cuarta mamografía en año y medio, lleve un mamomosqueo importante. ¡Como osen decirme de nuevo, vuelva usted en seis meses, aquí se lía una que ríete de la explosión del Maine! Pero esta vez me dicen que vuelva en un año. Y hasta me ofrecen algo parecido a una explicación (¿o es una coartada?): parece ser al tener yo un pecho tan categórico y tan firme (¡gracias!), este desafía a la inspección como una cuenta suiza de las de antes, entonces, el protocolo médico habitual es repetir tozudamente la misma prueba cada seis meses durante dos años. Si transcurridos dos años no hay variaciones ni sorpresas, pues ya se empiezan a relajar.

Pues se relajarán ellos. Porque, lo que es yo...
 
De Anna Grau (el 12/11/2009 a las 04:41:27, en NY sin complejos)
Es lo último en puñaladas traperas informáticas: un virus que te llena el ordenador de pornografía infantil. El hacker que te ha infectado puede ser un pedófilo por control remoto, que se deleita asquerosamente con tu equipo desde lejos –y así el suyo se mantiene inmaculado-, o puede ser un pirata que esta vez no va a por la bolsa sino a por la vida. En Estados Unidos, que es donde han detectado el virus –lo ha investigado Associated Press y se hace eco The Huffington Post- la posesión de pornografía infantil se castiga con hasta 5 años de cárcel. Por no hablar de las represalias personales y sociales: matrimonios rotos, trabajos perdidos, vecinos que dejan de saludar y de dirigir la palabra. ¿Suicidio?

Sin duda impresiona pensar que un día cualquiera puede llamar el jefe a la puerta de tu despacho –o la policía a la puerta de tu casa- y lo siguiente que se sabe es que todo el mundo habla de unos escandalosos archivos que tú ni sospechabas que se agazaparan dentro de tu ordenador. Eso es lo que le pasó a Michael Fiola, un funcionario de Massachussets. En 2007 sus superiores sospecharon porque su ordenador manejaba muchos más datos –entre cuatro y cinco veces más- que los de sus compañeros. Llamaron un técnico y encontró en su PC un archivo con imágenes pornográficas de niños.

La vida de Fiola se vino abajo. Para defenderse de los graves cargos que se le imputaban tuvo que gastar 250.000 dólares, lo cual significó liquidar los ahorros, vender el coche y rehipotecar la casa. Por lo menos en este caso su mujer se mantuvo firme a su lado, confiando ciegamente en él. O no tan ciegamente, porque el tipo era inocente. Nuevas inspecciones acreditaron que alguien había conseguido acceder a su ordenador y programarlo para que entrara en 40 sitios de porno infantil por minuto –se dice pronto- durante hora y media. El resto es historia. Las acusaciones fueron retiradas.

Pero mientras los Fiola respiraban de alivio, a otros se les cortaba el hipo de pánico. Y es que menuda papeleta les puede caer ahora a muchos investigadores: ¿qué pasa si un verdadero pedófilo se hace instalar el virus y lo usa de coartada? ¿Cómo distinguir el “yo no he sido” de verdad del de mentira? ¿Qué se hace ante la duda?

¿Y qué será lo próximo con que te infecten el ordenador? ¿Una confesión de haber cometido el asesinato de Kennedy? ¿Propaganda de Al Qaida?
 
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