Carrasco despide a Griezmann - EFE

Atlético-Real MadridSimeone, sobre Griezmann: «Siempre estoy a muerte con los que están en mi familia, hasta que la dejen»

El francés, pitado al ser cambiado, más por sus declaraciones que por su sequía

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El prólogo del derbi, jubiloso y festivo por la parte rojiblanca, espoleó al equipo y a sus seguidores a vivir una noche de entusiasmo. Enfrente estaba el Madrid y al Atlético le hacía falta una dosis de vitalidad y reafirmación en una temporada que viene cruzada en lo atmosférico, aunque no tanto en los resultados. Solo ha perdido un partido (1-2 contra el Chelsea en la Liga de Campeones), pese a que las turbulencias pueden hacer pensar lo contrario. Tenía en el minuto cero los mismos que el Madrid en el torneo doméstico, aunque eso sí, un pie fuera de la Champions. El problema del Atlético viene este curso por el gol. El balón no entra.

El empuje inicial de los atléticos condecoró a Correa con una ocasión clamorosa por un fallo en la retaguardia madridista. No habían pasado ni cinco minutos y el Atlético tuvo medio partido en ese lance, el delantero argentino solo ante Kiko Casilla. Ni un madridistra atosigante en el mano a mano, ninguna otra circunstancia ajena al duelo, pero el desenlace fue el de siempre este año. Correa se postuló firme, encaró y la echó fuera. Ni siquiera la paró, la desvió o la tocó el portero catalán. El balón se marchó fuera, ni un córner gratis, nada de nada. La fatalidad o algún otro argumento instalado en la conciencia grupal se ha instalado. Otro fallo, como en Roma o contra el Qarabag.

Dadas las carencias actuales de puntería, la pálida respuesta de Griezmann a su aumento de salario y lo destemplados que trabajan los delanteros en un equipo que fabricó pocas oportunidades, ese error de Correa tuvo trascendencia en el comportamiento posterior de su equipo, que tampoco está para muchos bailes.

El público celebró la entrega total de sus jugadores. A falta de goles, el equipo ha restablecido el estigma marca de la casa, intensidad, pierna firme en el balón dividido y sin dudas en la disputa. Como el Madrid jugó mejor, la grada festejó otros gestos. Esa carrera desaforada de Juanfran frente a Cristiano Ronaldo, al que rebasó por velocidad en una contra muy peligrosa. O esa pérdida de papeles de Correa, quien atizó un pelotazo sin sentido a Benzema, tumbado en la hierba. El árbitro no le sacó la tarjeta que mereció su torpeza.

Durante minutos, el Atlético se sintió cómodo en la aspereza del partido, que requería físico y aire en los pulmones. Carvajal se contagió de ese clima efervescente y casi se gana la roja por una plancha endemoniada a Lucas Hernández. Cada carrera en desventaja de Cristiano, cada corte de Savic o despeje de Godín se jaleaba en el Wanda, conocedor el público de que la noche venía cruzada por la escasez de ocasiones y la falta de tino de los delanteros. Siete jornadas sin marcar de parte de Griezmann es demasiada carga para un grupo que no anda sobrado.

Simeone envió un mensaje alentador y ambicioso. Carrasco entró por Thomas. Un jugador diferente, con descaro, para generar algo distinto. Las pretensiones del belga chocaron contra la voluntad de Casemiro, imperial en las labores de zapa.

El argentino se llevó el disgusto de la noche cuando cambió a Griezmann y éste fue despedido con muchos pitos y algún aplauso. Reclamó apoyo el Cholo, pero la gente está disgustada con la apatía del francés y con sus declaraciones. «Siempre estoy a muerte con los que están en mi familia hasta que dejen mi familia», explicó el entrenador.

Tuvo el gol otro señalado, Gameiro, pero Varane sacó la fina maniobra del galo, que solo tiene un gol en su casillero. Mal endémico este año.

«No vemos el gol con claridad y eso nos está generando una cierta ansiedad -comentó Simeone-. Nosotros somos trabajo, trabajo y trabajo, y después talento». Griezmann era el tema mediático y el técnico aseguró que espera estar «frío para tomar las decisiones que favorezcan a mi equipo».