Corazón de piedra

En esa infinita frivolidad en la que se mueven los populismos infantiles que nos gobiernan aparece de vez en cuando la dura realidad de la barbarie

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Ada Colau, mujer de lágrima fácil y corazón de piedra, lleva malgastados dos años de su mandato municipal en Barcelona sin lograr la felicidad de sus ciudadanos, que era lo que ella prometía. Para alcanzar tan noble objetivo ha llegado a proponer que «si no te gusta una ley, puedes incumplirla». Esa es la síntesis de todo el pensamiento que está arrasando con los cimientos de las sociedades democráticas y avanzadas en las que tenemos la suerte de vivir. Lo que nos puede salvar de tanto fanatismo es justamente respetar las leyes, y ser conscientes de que esta opulenta sociedad en la que vivimos está llena de contradicciones, por las cuales el democrático juego electoral le permite a una persona como Colau llegar a ser la alcaldesa de la segunda ciudad de España a pesar de su escasa fe democrática que se evidencia en el hecho de no aceptar una recomendación del Ministerio del Interior para proteger las Ramblas con bolardos y maceteros. En esa infinita frivolidad en la que se mueven los populismos infantiles que nos gobiernan aparece de vez en cuando la dura realidad de la barbarie. Pero eso preocupa poco a Ada Colau, de lágrima fácil y corazón de piedra.