Un moscovita saca a la fuerza de un tanque a un soldado golpista
Un moscovita saca a la fuerza de un tanque a un soldado golpista - AFP

El golpe de Estado que puso en peligro a la Alemania reunificada

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«El golpe hace trizas el nuevo orden internacional», «peligra el futuro de la reunificación alemana», «la caída de Gorbachov resucita el olvidado fantasma de la guerra fría». En la madrugada del 19 de agosto de 1991, la redacción de ABC se ponían a trabajar a toda máquina para poner en la calle, a las 10 de la mañana, una edición especial con el bombazo informativo llegado a última hora de Moscú: «Golpe de Estado en la URSS: los ultracomunistas toman el poder».

El 4 de agosto, el presidente de la Unión Soviética se había ido de vacaciones a su casa de campo en Foros, Crimea, y tenía pensado volver a la capital, el 20 de agosto de 1991, para firmar el Tratado de la Unión. Este acuerdo, que suponía, en un corto plazo, la independencia de algunos territorios que el Ejército entendía como parte de URSS, fue la gota que colmó el vaso de la paciencia del ala más dura del Partido Comunista. Su rechazo al modelo de Estado que Gorbachov estaba diseñando, con el que los soviéticos parecían caminar, siete décadas después, hacia la desintegración de la potencia socialista, lo habían hecho público en más de una ocasión.

Por ello, el 19 de agosto, miembros marxistas extremistas del Gobierno ponían en marcha un plan para derrocar al presidente y tomar el poder para «evitar la descomposición del país». La noticia llegaba a España a las 4 de mañana a través de la televisión: Gorvachov había sido destituido y el vicepresidente, Guenadi Yanayev, ocupaba su puesto. Solo 45 minutos después, carros blindados y camiones militares invadían las calles de Moscú, dirigiéndose hacia la Plaza Roja. Después, el Ejército se hacía con el control de los principales edificios oficiales, se prohibía la actividad de los partidos políticos y se establecía el estado de emergencia en algunas zonas del país. «El gran leviatán concebido por Stalin ha despertado de su letargo en la madrugada de ayer», comentaba este periódico.

Vuelve la Guerra Fría

La noticia caía como una bomba en el mundo entero. Aquel no era un golpe de Estado cualquiera. Con él, la estabilidad de planeta se veía de nuevo amenazada con una más que probable involución hacia los terribles años de la Guerra Fría, de la amenaza de guerra nuclear y del mundo dividido en dos, tal y como lo había estado antes de la caída del muro de Berlín.

«La unificación alemana entra en un proceso de extremas complicaciones que pueden dar al traste con los esfuerzos realizados hasta el momento», explicaba ABC. No era para menos. Más de 300.000 soldados soviéticos aún permanecían en la antigua República Democrática Alemana y, no mucho antes, se habían descubierto una serie de documentos del Ejército de la RDA que hablaban de un plan de ataque sobre Europa Occidental, que se había estado ensayando tan solo ocho meses después de la caída del muro.

En mayo de 1991, el embajador de Estados Unidos en Bonn había advertido en ABC la existencia de una amenaza real de las tropas soviéticas: «Todo el mundo se cree que se fueron, pero no se han ido. Hay una masa de 30 divisiones, trescientos mil hombres». Eso implicaba que casi había más tropas de la URSS que germanas en lo que antes era la Alemania del Oeste.

Preocupación mundial

Los principales líderes del mundo lo sabían y rápidamente expresaron su preocupación por la gravedad de la situación. «Dos palabras resumen la postura de Washington: sorpresa y temor», se leía en ABC. Estados Unidos congelaba todos los planes de ayuda a la Unión Soviética hasta que se clarificara el rumbo que tomaría la asonada. Toda la política exterior puesta en marcha por Ronald Reagan y George H. W. Bush en los años anteriores quedaba en un preocupante suspenso. Desde el Tratado de las Fuerzas Armadas Convencionales en Europa (FACE), para limitar el equipamiento militar y destruir el armamento excedente, hasta el tratado para reducir las armas nucleares estratégicas (START), pasando por las esperanzas para conseguir avances en Cuba, Corea del Norte o Yugoslavia.

«La estabilidad soviética es clave para la estabilidad mundial», declaraba también el ministro español de Asuntos Exteriores, Francisco Fernández Ordóñez, mientras que el Gobierno de Felipe González hacía público un comunicado en el que «consideraba de extrema gravedad la destitución de Gorbachov». El Rey Don Juan Carlos adelantaba su regreso de vacaciones para seguir el desarrollo de los acontecimientos. Y la bolsa de Madrid, en consonancia con las restantes del mundo, registraba la segunda mayor caída de su historia (87%).

También el parlamento lituano, rodeado también por tanques golpistas, se mostró dispuesto a formar un Gobierno clandestino que escapase al control militar. La OTAN celebró una reunión extraordinaria en la que expresó su «grave preocupación», y hasta el Vaticano declaró que era «necesario que siga el proceso de apertura».

Yelsin, símbolo de resistencia

Pero los acontecimientos no se desarrollaron como los golpistas habían imaginado. Nada más ver los carros de combate y conocer la noticia del golpe, un gran número de ciudadanos se lanzó a las calles de Moscú para mostrar su repulsa por el golpe y posicionarse a favor de Gorbachov. La imagen de los manifestantes desafiando a los militares dio la vuelta al mundo. En ellas se les podía ver, incluso, arrojando a los soldados fuera de los tanques. El momento más importante y de mayor tensión se vivió cuando, «con gritos de “fascistas” y “golpistas”, miles de moscovitas bloquearon con trolebuses, en la plaza Manezh, junto a los muros del Kremlin, el paso de los tanques».

A las 12:15 horas, el por aquel entonces presidente de Rusia, Boris Yeltsin, atrincherado en la sede del parlamento ruso y protegido por fuerzas leales, protagonizó una imagen histórica: subido a uno de los carros blindados bloqueados por el pueblo, llamó a la resistencia civil y pidió a los miles de manifestantes congregados que llevaran a cabo una «huelga indefinida» y declararan ilegal al nuevo Gobierno.

La presión obligó al nuevo presidente en funciones a dar la cara, para asegurar que Gorvachov, en paradero desconocido, se encontraba simplemente «incapacitado» por motivos de salud. «No estoy de acuerdo con que se haya producido un golpe de Estado», señaló Yanayev, desatando las risas entre los periodistas acreditados, a los que aseguró que, entre otras cosas, se trataba de «medidas forzosas, dictadas por la necesidad vital de poner a salvo la economía de la ruina y al país de la hambruna, así como para prever la escalada de amenazas de un conflicto civil de impredecibles consecuencias para los pueblos de la URSS».

Cerco al kremlin

La misma noche del 19 de octubre, 30 carros de combate y 70 blindados cercaban aún más el parlamento ruso, en donde seguía atrincherado Yeltsin, junto a unos 15.000 seguidores, focalizando toda la actualidad del golpe de Estado. La operación militar, que se cobró al menos cinco víctimas mortales, consiguió romper la primera línea de las barricadas de las fuerzas leales a la «perestroika», pero, finalmente, no llegó a más.

Yeltsin, junto a la gran mayoría del pueblo moscovita, se convertía en un símbolo de la resistencia. El golpe de Estado se venía abajo «gracias al heroísmo de los moscovitas», según declaró el presidente en funciones del Soviet Supremo de Rusia, Ruslan Jasbulatov. «El pueblo salva a Rusia de una nueva dictadura», titulaba ABC.

El movimiento democrático radical, encabezado por Borís Yeltsin, protagonista de la hazaña, tomó la decisión de ilegalizar el Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS), y Gorvachov, cada vez más debilitado políticamente, tuvo que dimitir de su cargo de Secretario General del PCUS y disolver al Comité Central. Todos los responsables fueron detenidos y, cuatro meses después, el 25 de diciembre de 1991, se disolvía oficialmente la URSS. Una fecha que ha marcado un antes y un después en la historia del siglo XX.