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La exhibición de genialidades

Libros Por Rodrigo Fresán.

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19 de abril de 2008 - número: 846
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«Mi preocupación siempre pasó por el futuro verdadero que yo veía acercarse -una especie de presente visionario- más que por el futuro inventado que prefería la ciencia-ficción», afirmó alguna vez James Graham Ballard (Shanghai, 1930).

Pero más allá de la ambigüedades espacio-temporales, está claro que 2008 es y será un año definitivamente ballardiano (adjetivo que ya acepta en el Collins English Dictionary).

Cristalinas memorias. Acaban de aparecer en Inglaterra -con gran éxito, justo antes de que el autor anunciara que padecía un avanzado cáncer de próstata- sus cristalinas memorias, Miracles of Life: Shanghai to Shepperton (que Mondadori publicará entre nosotros en septiembre, junto a la reedición de sus turbias novelas autobiográficas El imperio del sol y La bondad de las mujeres). El Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona anuncia para el verano la megaexposición J. G. Ballard: Autopsia de un nuevo milenio. Y, por fin, se edita aquí Fiebre de guerra.

Fiebre de guerra (1990) ya había sido abducido en 2001 por el indispensable The Complete Short Stories pero -siendo una de sus más logradas colecciones de cuentos, si no la mejor- permanecía inexplicablemente inédito en nuestro idioma. Fiebre de guerra fue el último de sus libros de piezas breves antes de que Ballard emprendiera una de las más bizarras y triunfales maniobras de las que se tenga memoria en la literatura mundial: la sucesiva escritura de novelas casi idénticas -como variaciones de un aria- donde se insiste una y otra vez en la figura de un mesías alucinado extirpando pudores y escrúpulos en microecosistemas más que dispuestos a ser arrasados por huracanes anarco-ideológicos.

He aquí entonces su consciente o inconsciente despedida del formato en catorce textos que funcionan como una suerte de greatest hits; porque en Fiebre de guerra -con esa prosa cromada e inoxidable produciendo la sensación de estar leyendo un informativo cercano y, al mismo tiempo, transmitido desde otra dimensión- Ballard revisita sus grandes obsesiones.

A saber: la entropía de la sociedad contemporánea, la fatiga de materiales de artefactos varios, la práctica de la violencia como ceremonia más cercana al jadeo orgásmico que al alarido doloroso, Estados Unidos como tumor terminal, la televisión como oráculo espasmódico, la regularización del sexo, las zonas de conflicto como áreas de esparcimiento, los cataclismos climatológicos (cabe afirmar que Ballard -a quien nunca le interesó el costado profético de la sci-fi- fue el primero en encender los calores y sequías del calentamiento global) y, por supuesto, Ronald Rea-gan.

Modales de cirujano. Ballard -como Philip K. Dick o Kurt Vonnegut, esos otros sombríos y satíricos iluminadores de un mañana que ya está aquí- jamás se preocupó demasiado por los detalles mecánicos de naves interestelares o por las posibilidades de vida extraterrestre a quién sabe cuántos años luz (contemplen cómo Ballard enrarece lugares comunes del género en «Cargamentos de sueños», «Informe sobre una estación espacial no identificada», «El hombre que caminó sobre la Luna») prefiriendo, con modales de cirujano a quien no le tiembla el pulso pero se teme su diagnóstico, considerar al ser humano como alienígena de sí mismo.

De igual manera, su personal percepción del cuento -como apuntó en el breve prólogo a The Complete Short Stories- es la de «monedas sueltas en el tesoro de la ficción a menudo despreciadas en nombre de los billetes de novelas falsificadas. Los relatos siempre fueron importantes para mí. Me gusta su cualidad de fotografía instantánea, su habilidad para hacer foco con intensidad en una única idea. Son también la forma que yo tengo de ensayar lo que haré más tarde en mis novelas».

Ecos deformantes. Así, hay que recordar que Crash fue primero relato antes que novela; y hay que tener presente que la obra más admirable y revolucionaria y transgresora en todo el Canon Ballard es la mutante novela-en-relatos La exhibición de atrocidades (1970). Y es de los ecos formales y deformantes de ese libro de donde sale lo mejor de Fiebre de guerra y donde Ballard hace -o deshace- lo que mejor ha hecho siempre. En «Respuestas a un cuestionario» (que incluye las contestaciones a un inquietante interrogatorio pero no sus preguntas), en «Notas para un colapso mental» (construido en base a exhaustivas notas al pie a una sola frase), o en «El índice» (profuso índice onomástico al que se le ha perdido el libro pero, de algún modo, acaba narrando la historia del desconocido más célebre del siglo XX), Ballard se muestra como el indiscutible maestro de William Gibson, Chuck Palahniuk, George Saunders, David Foster Wallace o Bret Easton Ellis.

Ballard -en un «presente visionario» ya acariciaría el Nobel- como ese hombre que mientras los demás optaban por mirar a las luminosas estrellas eligió, en cambio, explorar las tinieblas del corazón de nuestro espacio interior donde la Tercera Guerra Mundial dura cuatro minutos y casi nadie se entera de ella.

Ballard, por suerte para nosotros, todavía sigue allí y aquí para contarnos quién vivió para contarla.

 

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Lo dijo ssdfsgs - 22/08/2008 8:27:18
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