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Por Shingo Kato.
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Para algunos de los otakus japoneses, más familiarmente conocidos por los españoles como frikis, personas con tendencias extravagantes y provocativas, una chica que aparece en un tebeo manga se convierte en su propia novia. No es una casualidad. A estos otakus les cuesta mucho tener contacto con las chicas del mundo real y por eso se encierran en el mundo virtual del manga. Tal vez los lectores piensen que ya eran muy raros antes de aficionarse a su lectura, algo arriesgado en una sociedad con
mucha presión social como la japonesa. Pero las cosas cambian. Se podría decir que, en el Japón actual, los otakus están incluso representados en la Cámara de los Diputados. Taro Aso, un ex ministro de Asuntos Exteriores, se reconoce como gran aficionado al manga y a veces se toma por uno de los otakus. Aso siempre lleva en su coche la más reciente edición de los mangas, que aparecen semanalmente. Hace unos meses, en la campaña de elecciones para la presidencia de su partido, escogió el barrio de Akihabara, la meca de los otakus de todo el mundo, para una de sus intervenciones públicas.
Hasta que el manga ha ocupado este lugar prominente, el camino ha sido muy largo. Se dice que el primer manga japonés data de hace un milenio, pero su formato actual se constituyó hace unos setenta años; desde el final de la Segunda Guerra Mundial, el mercado no ha dejado de crecer. Los años setenta y ochenta representaron la «fiebre del oro» de las revistas manga semanales y aparecieron grandes obras, como Doraemon, Gundam y Bola de Dragón. Más tarde, la difusión de internet y la depresión económica de los años noventa bajaron las ventas, pero también se generaron nuevos soportes y espacios, caso de la «Manga Kissa» («Cafetería Manga»), donde hay muros cubiertos de estanterías de manga, máquinas de café y numerosas salas individuales con una silla y un ordenador con internet. Allí la afición se multiplica.
Música y espíritus. Entre los recientes mangas hay que destacar Vagabond, cuyo protagonista es Musashi Miyamoto, quizás el samurai más famoso, entre otras cosas por ser el autor del libro Hagakure. También destaca Nodame Cantabile, historia de una extraña pianista que puso en marcha el boom de la música clásica en Japón. O NANA, también sobre una chica que se dedica a la música, en este caso al rock. Y otro muy diferente: Death Note, en el que combaten dos muchachos por un «cuaderno de muerte», con el que se puede matar a las personas tan sólo escribiendo su nombre. Otro título que recordar es Mushishi, un silencioso y bellísimo manga en el que un chico mágico de hace unos cien años combate y dialoga con espíritus en la naturaleza japonesa.
Como ha puesto de relieve mi compañero historiador Kenji Matsuda en este suplemento, el manga «forma parte de la cultura japonesa»; también refleja su actualidad. Un ejemplo de ello serían los mangas Sekai-Kei. La palabra japonesa Sekai significa lo mismo que «mundo», pero aquí se refiere al mundo que rodea a una persona. Estos mangas están muy lejos del clásico Gundam, que era del tipo Star Wars. La obra pionera de Sekai-Kei es Saishuu Heiki Kanojo («Mi novia, el arma final»). Está protagonizada por una pareja de jovencitos que vive una vida pacífica en una aldea japonesa. De repente, se descubre que la chica es el arma final de la humanidad transformada por las Fuerzas de Autodefensa de Japón, por lo que tiene en su mano el destino de todos los seres humanos sobre la faz de la Tierra. Como otras parejas, tienen riñas y la chica se enfada, pero eso significa el derrumbamiento total de una ciudad o numerosas muertes, ya que ella es el arma todopoderosa. Así, un pequeño y precioso amor de un chico y una chica se conecta directamente al destino de todos.
Parálisis social. Algunos sociólogos consideran que este carácter del Sekai-Kei es resultado de la parálisis social extendida entre los jóvenes japoneses, una reacción a los cambios traídos por la globalización. Según sus hipótesis, la cantidad de información que les llega de todo el globo cada día supera su capacidad de procesarla. Como reacción de autodefensa eligen, inconscientemente en muchos casos, reducir su mirada, limitarla. Antes los jóvenes japoneses pensaban en un contexto social. Viendo Gundam, los niños de los años ochenta ampliaban su punto de vista. Estos días, en cambio, se encierran en su mundo propio, el Sekai, y no contemplan nada más allá de su familia, novio o novia y amigos.
Otra tendencia reciente viene representada por el Gômanizumu Sengen («Manifiesto de "soberbia", Gô-sen»). Desde su primera publicación en 1992, este «ensayo manga» (el protagonista es el propio autor, Yoshinori Kobayashi) acumuló seguidores por su estilo al emitir opiniones y tratar temas polémicos, como la coreanofobia o Kenkanryu, un manga que Kobayashi criticó y del que señaló: «sólo sirve para que la xenofobia se extienda por Japón». Ello no implica que no represente un, a su juicio, sano nacionalismo. A fines de los años noventa, Kobayashi entró en la polémica de la memoria histórica en versión japonesa. Sus asuntos principales fueron el templo de Yasukuni, donde se conmemora a los criminales de guerra de la Segunda Guerra Mundial, y los contenidos de los libros de texto sobre la historia de Japón, en un sentido más conservador y tradicional. De ahí que llame la atención que, mientras mangas como Mi novia... desvelan una total despreocupación por la sociedad japonesa, otros como Gô-sen insistan en la necesidad de pensar más en ella, actitudes ambas que son reflejo de la actualidad japonesa, y no un subproducto para marginados.
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