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Libros Por Juan Ángel Juristo.
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El grito con que el tópico actual pretende resumir esa novela consagrada a la noche que es El corazón de las tinieblas puede muy bien colocarse como lema de esta narración de Eduardo Jordá, porque su autor la ha escrito bajo los auspicios de la obra de Joseph Conrad. No estaría de más, recién conmemorado el ciento cincuenta aniversario del nacimiento de este autor, dar cuenta de novelas como ésta que nos traemos entre manos, novelas que se sienten deudoras a título justo de otra, lo que no
es raro, pero que, y esto sí lo es, cumplen con excelencia esa deuda contraída. La cuestión, como siempre, estriba en que el ejemplo sea entendido en su exacto significado. Creo que Jordá ha llevado con Conrad esa deuda a su término más adecuado, es decir, según confesión, fue la novela que relata la famosa travesía fluvial al encuentro de Kurtz el detonante que le llevó a escribir esta novela, fue en el año 2002 y estaba traduciéndola, junto al recuerdo de la visión de las fotos de unas personas que había fotografiado en Burundi en un viaje que había hecho junto a su padre años antes y el comentario de éste al contemplarlas: «Todos están muertos».
Muerte y tiniebla. De esa constatación de la muerte y de la tiniebla del mundo surgió esta novela ambientada en la guerra entre hutus y tutsis que tuvo lugar durante siete años, entre 1993 y el año 2000, y que devastó un país devastado ya desde la colonización y que ahora, sólo ahora, se atreve a asomar con timidez, pasto de la miseria y la mala conciencia, la cabeza. Salvo el impulso, todo lo demás es asunto exclusivo de Eduardo Jordá y el resultado ha sido excelente. La novela, que aparenta ser una narración de las muchas que se hacen ahora con ánimo de aprovechar escenarios exóticos y guerras que los medios de comunicación vocearon en su momento, es, desde el comienzo mismo, otra cosa. Hay una complejidad en los personajes que pueblan estas páginas que hace que lo destaquemos por su rareza, en una industria que, cada vez más, demanda la abundancia del lugar común y el personaje plano.
Capacidad dramática. Aquí lo genuino parece haberse dado cita y ello es excepcional por lo raro. Y no sólo por los personajes, la parte más preciosa del libro, sino por otros motivos, la capacidad dramática de describir la tensión, por ejemplo, el conocimiento casi visceral de un paisaje y de la estirpe de las misiones que son parte esencial de ese paisaje desde la colonización. Uno de los felices hallazgos más agradecidos de este libro es la piedad con que trata los conflictos y la distancia, resultado de un profundo sentido de la justicia, con que describe el papel que los curas y monjas representan en aquellos parajes.
A veces tamaña inmersión en la complejidad de la presentación de los diversos enfrentamientos que pueblan el libro dan la impresión de una titánica lucha moral. No iríamos muy descaminados. El personaje del misionero André Gevaert posee los atributos de uno de esos escapados de aquellas novelas del XIX que tanto fascinaron el imaginario popular. Tiene ese impulso de estilo heroico de los personajes de Victor Hugo, al fin y al cabo es un miembro de la Iglesia, pero, a la vez, posee la conciencia de la devastación moral de un hombre del siglo XX, y es ese contraste lo que hace de este personaje un ejemplo de esa complejidad a que nos referíamos antes.
Gesto heroico. Pero es que, además, están los personajes femeninos, quizá la parte más lograda y misteriosa del libro. Tanto sor Geneviève, en su serena mirada propia de una esfinge, como Séraphine, la enfermera coja, que posee todos los atributos de un personaje de Dostoievski, como Gabrielle o Dieudon-née, la vagabunda que acaba, en un gesto heroico, por enfrentarse a Que tengas suerte, señor de la vida y muerte de aquel lugar, deseoso de vengarse del universo, son criaturas cuyos motivos al actuar del modo en que lo hacen poseen los atributos de algo que está más allá de las razones psicológicas comúnmente aducidas y que los emparentan con el misterio de las heroínas de todos los tiempos. Dar cuenta de todo ello sin perder un ápice de tensión narrativa es, quizá, entre otros, el gran atributo de esta novela.
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