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Libros Por José María Pozuelo Yvancos.
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En Enterrar a los muertos (2006), Ignacio Martínez de Pisón abandonó, aunque sólo en parte, el que había sido su peculiar mundo novelesco de historias familiares de la burguesía zaragozana, para afrontar su relato-testimonio del conocido como «caso Robles», episodio a la vez oscuro y esclarecedor de las intrigas vividas en las filas republicanas de la Guerra Civil. En Dientes de leche vuelve a la novela propiamente dicha, al mundo de ficción, y parece como si lo hiciera regresando a aquellas historias
familiares de su anterior venero. Pero Enterrar a los muertos no ha ocurrido en vano.
Episodios centrales. En el fondo, le ha hecho cambiar su modo de novelar, y quizá la manera misma de concebir qué es una historia familiar. Porque lo que en esta novela cuenta, con una sobrecogedora capacidad de meter al lector en ella, hasta no querer dejarla, es la vida de una familia, la de Raffaele Cameroni, su mujer, Isabel, sus tres hijos, su nuera, Elisa, y su cuñada, Milagros, como si fuese la historia de muchas familias españolas desde la Guerra Civil hasta hoy. Pero lo hace porque le sirve para pasar por el espejo de la ficción episodios centrales de las evoluciones sociales contiguas a las familiares, de relaciones entre los jóvenes, de la resistencia política, de sus hábitos amatorios, y también de conflictos con y de los padres entre sí, durante la dictadura de Franco y hasta el fin de la transición.
Podría decirse que Martínez de Pisón ha querido juntar, y lo ha logrado, las grandes palabras con que la novela se inicia -heroísmo, futuro- con las pequeñas palabras como pan, barro, sudor (pág. 37) y luego piso, muebles, independencia, trabajo, etc. Pero habría que advertir que la palabra no dicha, aunque implícita a lo largo de toda la novela, sería libertad, durante tantas décadas en España una pequeña palabra proscrita: en las relaciones políticas, pero también en las matrimoniales, y en las de los padres e hijos, enfrentados con motivo de ella. La vida interior de esta novela declina la palabra libertad por todos sus poros, porque en el fondo funciona como una gran sinécdoque de toda una época, la que va desde el padre fascista y autoritario hasta la rebelión de la mujer y los hijos, sin que este crítico deba añadir nada sobre el desenlace.
Materia novelesca. Es memorable el prólogo, que actúa como síntesis que contiene el significado de todo cuanto se va a contar, y que narra de una manera soberbia la visita de Raffaele, el viejo fascista italiano, y su nieto Juan (a quien llama Giovanni), a los actos cada vez más rancios de homenaje a los italianos enviados por Mussolini que cayeron luchando junto a Franco; como memorable es toda la primera parte, en que se cuenta la historia interior de su lucha en el frente de Aragón y su encuentro con Isabel. Estas historias nos traen, como ocurría en Enterrar a los muertos, todo un mundo encerrado en apasionantes suertes encontradas. Claro que la materia novelesca seleccionada da para mucho, pero lo que Ignacio Martínez de Pisón ha demostrado es que sabe hacerlo igual cuando las historias son menores.
Sobre cualquier otro rasgo de su estilo destaca que sabe contar como pocos. Tiene esa insustituible mirada del narrador nato, que amuebla muy bien los espacios, al seleccionar aquellos detalles en los que casi nadie se fijaría, pero que él mira con la delectación de quien estuviera asomado al hollín acumulado en una cocina o al estante de madera alabeada (ese hermoso adjetivo usa) y un poco podrida de un humilde piso. Configurar espacios, diseñar personajes: formidables algunos, como Modesto, Milagros, Alberto... y Elisa cuando es esposa, mucho mejor que en la única sección del libro que he visto flaquear por su inverosímil planteamiento: ocurre en los inicios de su relación con Alberto.
Quitando ese detalle que veo algo forzado (lo mismo que la petición de acompañarle al burdel), y lamentando que se le haya ido algo la mano por exceso melodramático al final, en la escena de la comida navideña en el Gran Hotel -especialmente la reacción allí de Paquito-, la novela sostiene una considerable maestría en el dibujo de las situaciones, y ya digo que cumple con el designio de tener al lector tan metido en ella que no puede dejarla.
Búsqueda del origen. En la antológica primera parte resulta igualmente de primer nivel literario el viaje a Italia de Rafael, que en pocas páginas sirve el motivo de la búsqueda del origen. Todo cuanto acontece en Italia, con la llegada a Génova, la soledad florentina, luego la vuelta a Lucca, con la tersa contención en su encuentro con la vedova, contiene la capacidad evocadora de los buenos narradores, que son quienes alcanzan a dominar el arte de decir mucho en poco espacio.
Hay un ingrediente no menor de la calidad de Dientes de leche, que es sin lugar a dudas su mejor novela y que va a situar a Martínez de Pisón en el nivel que merece desde hace tiempo. Me refiero a la forma como se ha ido casando en vasos comunicantes la historia familiar y la social. Así subtítuló Zola su famoso ciclo. Aquí no hay aquel naturalismo, pero se cuentan al mismo tiempo pequeñas y grandes palabras, se va de las unas a las otras, y a su través se logra contar la historia de una generación de españoles que fue emergiendo, más allá del fascismo, más acá del amor, como si Martínez de Pisón hubiera querido darnos otro ejemplo de la forma suya de contar historias que son grandes porque han sabido permanecer atento a lo pequeño.
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