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Cuentos de chicas

Arte Por Óscar Alonso Molina.

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Recientemente incorporada al equipo de la galería para colaborar en sus relaciones internacionales, Giulietta Speranza presenta una exposición que, sin llegar a articular tesis argumental fuerte alguna, supera con mucho la mera propuesta colectiva habitual. Sin duda, con el peculiar sesgo de una muestra como ésta, la comisaria hace notar su presencia allí en cuanto elemento enriquecedor y dinamizador del previsible contexto comercial. Con experiencia contrastada en muy diverso tipo de eventos (desde la coordinación de grandes exposiciones en el mamotreto del Reina Sofía, hasta la gestación de proyectos tan inclasificables y fuera de formato como Doméstico), los Cuentos modernos de Speranza vienen a ser una propuesta modesta y correcta, que se deja ver con facilidad, para ir descubriendo en el recorrido detalles deliciosos entre las obras escogidas, y de la cual el visitante terminará por apreciar lo beneficioso de un buen argumento en estas reuniones de más de dos firmas. Todo muy de agradecer.

Un factor refrescante. Hay que señalar que ninguna de las tres artistas seleccionadas para la ocasión están, a día de hoy, ligadas a la galería que acoge sus trabajos, lo cual supondrá incluso para el público habitual más fiel un factor refrescante más. De entre su producción, la comisaria ha seleccionado trabajos especialmente volcados en los efectos realidad-irrealidad, hasta el punto de confesar cómo «cada una de las obras es como un capítulo de este cuento: se sirve de la anterior y ayuda a entender el siguiente. Las tres artistas dan su particular visión de esta quimera, pero, al mismo tiempo, juntas añaden fuerza al discurso general».

Al entrar en la galería, si el espectador empieza girando a la derecha, Diana Larrea (Madrid, 1972), le dará la bienvenida con una serie de dibujos a lápiz y rotulador en pequeño formato pertenecientes a la serie «Retrato de sociedad» (2005), donde la artista ha redibujado y vuelto a colorear imágenes de las revistas del corazón en un nuevo código de cromo infantil para niñas. Las princesas, las multimillonarias, las famosas, la star... Todas hablando de manera estereotipada de su vida idílica en la imagen original, vuelven a hacerlo aquí con la evidencia del artificio de su falseldad. Esto sería un cuento de hadas de mentira. A continuación, sale al paso el vídeo de Laura Torrado (Madrid, 1967) titulado Historias bubólicas (2004-07), del cual, en la sala contigua, se pueden encontrar algunos stills positivados en fotografía de gran formato. Controlando su violencia -disimulada como juego-, el nihilismo que desprende no se sabe si a la postre es más absurdo que catártico. Muy en la línea de Paul McCarty, las mujeres que protagonizan la cinta construyen por insistencia una pesadilla irreverente, bastante obsesiva e irritante, sin duda, carnavalesca, donde lo grotesco hilvana a la fuerza un tiempo vital que se descompone. Entre arquetipos y mascaradas, su exceso de teatralidad es más que el apuntalamiento de lo que no podemos dejar de mirar. Esto sería un cuento de miedo bien contado.

Fábula inacabada. Más allá, Tamara Arroyo (Madrid, 1972), con su proyecto Cuentos en el bosque (2007), lleva a cabo una elíptica reflexión sobre la identidad en el tiempo y el espacio a partir de personajes infantiles en escenarios alpinos del Tirol italiano -la artista nos confiesa en privado que son sus propios sobrinos, que viven allí-. Disfrazados, las fotografías que ha tomado de ellos se mezclan, en un montaje de gabinete barroco, con dibujos de aires un tanto anacrónicos que la artista realizó como contrapunto. El conjunto parece anunciar el devenir alegórico propio de todo relato infantil, girando en torno a la identidad de personajes y lugares. Esto sería, más que un cuento, una deliciosa e inacabada fábula.

Para poner fin al recorrido, de nuevo Larrea, con una propuesta de formato cinematográfico: Cine Doré (2004), en donde parafrasea milimétricamente una célebre escena del filme de Godard Al final de la escapada, como ya antes la hemos visto hacer con el Hitchcock de Vértigo o Los pájaros. Ella misma y un actor que hace de Belmondo se han vestido como en la cita original, se han aprendido cada paso, gesto y diálogo, lo han vuelto a filmar en el madrileño Paseo de Recoletos, y han dado el cambiazo mientras en la cinta se oye el diálogo primigenio, subtitulado. Esto sería un cuento de la tradición oral, imposible de retener por el logos. Al final, cuando uno ha terminado de verlos todos, se queda con la firme sospecha de que el conjunto es resultado de un animado juego entre chicas que dice «vamos a contar mentiras». Y colorín colorado.

 

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