abc.es | ABCD las artes y las letras | Toda la actualidad cultural | Noticias de Cultura | Eventos culturales

Números anteriores
Edición PDF
Descargar índice

Buscador avanzado

Pastiche y Parodia

Libros Por Jaime Siles.

  • RSS
  • Comparte 
15 de diciembre de 2007 - número: 828
  Vota:
Resultado: Valoración 4,7
  • Tamaño del texto

 

En literatura -como en arte y como en política- todo lo que está abajo puede estar arriba, y al revés: basta con que alguien, en un momento dado, ilumine con mirada certera un espacio olvidado u oscuro, para que éste adquiera de nuevo actualidad. Ibon Zubiaur -a quien se debe un libro poco al uso sobre Cernuda- acaba de hacer una inteligente recuperación de Wieland, el primer traductor al alemán de Shakespeare y tal vez quien mejor ha vertido a esta lengua a Luciano, a Cicerón y a Horacio.

El «Voltaire alemán» -como Napoleón lo llamaba- «formó su época a su imagen» -según Goethe- y -según Nietzsche- «escribió en alemán mejor que nadie». Pero ni eso le libró del ultraje del tiempo: nacido en 1733, estudió en Tubinga; fue apoyado por Bodner, que -como a Klopstock antes- le dio cobijo en Zúrich; y disfrutó de la hospitalidad del Conde Stadion en el castillo de Warthausen.

Admirado Cervantes. Su hábil mixtura de los géneros -en la que tuvo como maestro a su admiradísimo Cervantes- y el carácter moderno de la técnica empleada le dieron tanta fama que, en 1769, obtuvo la cátedra mejor remunerada de la Universidad de Erfurt, que abandonó para, en 1772, ser consejero áulico en Weimar, adonde en los años siguientes llegaron -y por este orden- Goethe, Herder y Schiller. Fundador del Teutscher Merkur, llevó a cabo un programa ilustrado, que unía a la tolerancia y la fe en la razón, el cosmopolitismo cultural y la renovación literaria de la lengua. Padre, pues, del clasicismo alemán por su lectura de la Antigüedad Clásica, los jóvenes radicales del Sturm und Drang pasaron sobre él: sobre todo, los románticos más reaccionarios, como Schlegel, que lo definió como un «clásico negativo».

Ibon Zubiaur prefiere verlo como un «anti-Heidegger: claro, irónico, razonable, tolerante, vitalista»: como «alguien con gran sentido del humor para el que escribir bien» constituye «en sí un acto ético». Su prólogo -cuya lectura recomiendo vivamente- es un sucinto pero detallado y profundo relato de la vida y la obra de un autor que en muchas cosas se adelantó a su tiempo y que interesa hoy, sobre todo, por dos: por su visión de la Revolución Francesa -que comprendió y describió bastante mejor que los románticos- y por su feminismo. En ello y en la moral sexual, Wieland es toda una sorpresa: no tiene la audacia de Von Platen ni es, en este sentido, un precursor, pero su Juno y Ganímedes no deja de ser un texto tan divertido como interesante: un poema de ochocientos setenta versos, escritos según el dictado del gusto rococó, lleno de referencias mitológicas y guiños en clave, en el que los protagonistas se besan «en forma metafísica y abstracta» y las almas «en un beso» de moral no convencional «se derraman».

Registro verbal. Su prosodia -en la que, según algunos estudiosos, reside su función- es la parte poética y filológica más atractiva de él. Ibon Zubiaur -que lo sabe- ha superado las múltiples dificultades que la versión de un texto así implica y genera, y ha optado por el endecasílabo «(con variaciones a partir del heptasílabo)» como metro más apropiado para reproducir su registro verbal, aligerando las repeticiones de la rima mediante una serie de sustituciones internas, asonantes o aliterantes, con las que el isosilabismo del verso español intenta aproximarse a la modulación del cómputo acentual. El resultado no puede ser más fluido, y el recorrido del texto se sigue con el más hilarante placer, pues, desde el inicio, el lector sabe que es una parodia, y el propio Wieland lo sugiere con la cita de Friedrich von Hagedorn que lo abre.

El espectáculo que ofrecen los dioses vistos en su intimidad, desde detrás de las cortinas y entre bastidores, reproduce escenas y situaciones de la comedia -como la historia del lapita Ixión- o alusiones al monacato en Oriente, mezcladas con doctrinas filosóficas griegas y cantos de la Ilíada, entretejidos a su vez de culturalismo plástico -como la referencia a la pintura de Reni- o literario -como la traducción de Ovidio, hecha por Sedletzky-, por no hablar de otros intertextos de Milton o Molière.

Todo el poema tiene un subido tono lucianesco, y proliferan en él tanto el equívoco como la frase gnómica. A lo primero se hace referencia explícita en el verso 249 («Muchas bromas y algún doble sentido»); lo segundo aparece a lo largo del texto, como si las máximas fueran su hilo conductor. La tradición clásica está aquí pero que muy presente, aunque sea en calve de humor y forma de pastiche. Wieland -neoclásico en todo- consigue enseñar deleitando, porque lo que su poema persigue es una finalidad moral que hoy nos parece postmoderna.

 

inserta tu comentario

En unos minutos se visualizará el comentario.

Título
Nombre
Código
Comentario
  

comentarios

Inicio | Libros | Teatro | Arte | Música | Cine | Arquitectura y diseño | Firmas | Cómic | Mapa Web

Semanario de cultura y literatura. La revista literaria y cultural del diario ABC