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Firmas Por Andrés Ibáñez.
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Uno de los libros más extraordinarios que conozco es Investigaciones sobre la mirada, de Adrián Unger. Las investigaciones de Unger, fisiólogo de la universidad de los franciscanos de Löwen, se mueven en un terreno intermedio entre la anatomía y la poesía, entre la especulación y la metafísica. El libro es de 1946, y de él sólo existen, que yo sepa, una traducción al francés de 1958 y otra al inglés de 1959, que es la que yo leí hace unos años y que un milagroso azar me ha devuelto al fondo de uno de esos armarios que llevamos años sin revisar y que, al ser abiertos y aireados, nos muestran de pronto delicados fragmentos intactos de nuestro distante pasado.
El libro llegó a mí de una manera bastante curiosa. Lo encontré en la biblioteca de un camping (sic) en Edimburgo, Escocia, a principios de los años 80. Nunca he sido ladrón, pero aquel libro llamó tanto mi atención que al instante decidí quedármelo. Recuerdo que la lectura del libro me impresionó mucho entonces, pero los jóvenes están acostumbrados a sentirse impresionados y están convencidos, por otra parte, de que el mundo está abarrotado de misterios. ¿Qué es un misterio más cuando todo parece un misterio, cuando el sexo, el amor, el tiempo, el espacio, la identidad, el volumen, la memoria, los insectos, las constelaciones, la realidad toda, en definitiva, parece un inconcebible misterio? Por otra parte, mi inglés no era muy bueno en esa época, y no estoy seguro de haber comprendido del todo lo que afirma este libro escandaloso. Y es que, me digo, si de verdad hubiera entendido entonces lo que descubre Unger, si de verdad lo hubiera tomado en consideración, mi vida habría sido diferente.
Los Colores no existen. Lo más inquietante del libro es que es la obra de un científico. Unger comienza con un estudio puramente fisiológico de la mirada humana. Nos explica, por ejemplo, que los colores no existen, y que en realidad todo eso que consideramos «el mundo visible» no es más que una colección de radiaciones. Nos explica que cuando leemos un texto nuestra mirada no «corre» por las líneas escritas, sino que salta aquí y allá y hace pequeñas «fotografías» a izquierda y derecha.
Algo muy parecido, afirma, es lo que hacemos cuando miramos las cosas. Nuestros ojos saltan, toman una fotografía, comparan la fotografía con el archivo existente y si no hay nada distinto, o genéricamente distinto, vemos la imagen guardada en el archivo. La mirada, afirma Unger, no es continua. Al contrario de lo que suponemos, los ojos no ven casi nunca lo que tienen delante. Cuando miramos, afirma Unger, estamos casi todo el rato pensando.
Pero lo más asombroso es la forma en que Unger explica este fenómeno. Es en este punto donde comienzan verdaderamente las «Investigaciones» a que hace referencia el título. Cuando fijamos la mirada en un punto e intentamos ver de manera continuada, explica nuestro autor, comienzan a tener lugar una serie de fenómenos inesperados. Primero, nos damos cuenta de lo increíblemente difícil que resulta ver de forma continua cualquier cosa, aunque sea una simple letra mayúscula, un simple círculo, una uña. Después, y si perseveramos en este curioso ejercicio durante unos minutos, empezaremos a notar que el mundo desaparece de nuestra vista. Concentremos la mirada en una imagen, en nuestro rostro en el espejo, en un diagrama, durante varios minutos y enseguida eso que tenemos ante nuestros ojos comenzará a desaparecer y, finalmente, desaparecerá por completo.
Sólo podemos ver, afirma Unger, cuando miramos a hurtadillas y de forma discontinua. Cuando intentamos usar nuestros ojos de verdad, y mirar de verdad lo que tenemos delante, entonces eso que tenemos delante desaparece, y empezamos a ver sólo luz o, como él explica, «rayos de energía» y «resplandores».
Los escépticos recordarán que Unger no sólo es un científico sino también un religioso (franciscano), y relegarán sus curiosísimas observaciones sobre la mirada humana al territorio de la «mística». Sin embargo, la observación central de Unger tiene un carácter empírico y puede ser fácilmente contrastada con los hechos. En las últimas páginas de su libro, Unger especula que quizá nuestros ojos fueran diseñados, precisamente, para ver esas radiaciones y esas fuerzas que nos hemos acostumbrado a ignorar. No es mucho lo que he podido averiguar de su vida. No escribió ningún otro libro, y murió en 1962 en Löwen a la edad de 96 años. Llevaba diez años ciego.
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