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Libros Por Almudena Guzmán.
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Antes de que la Unión Soviética fuera invadida por los nazis en 1941 y tuviera lugar la batalla de Stalingrado (1942-43), que es el núcleo temporal y espacial de la novela de Vasili Grossman, gran parte del pueblo ruso ya había sufrido en carne propia las deportaciones y los campos de concentración de Stalin, y los «privilegiados» ciudadanos que se habían salvado de las sucesivas purgas del «padrecito» ya presentían que un cerco, más espantoso si cabe que el alemán sobre Stalingrado, se iba estrechando inexorablemente en torno a ellos.
Acontecimiento bélico. Ciertamente, Vida y destino remite a la Guerra y Paz de Leon Tolstói pero no sólo por su estructura, por narrar un acontecimiento bélico trascendental para Rusia a través de los miembros de un grupo familiar y sus allegados -Tolstói se sirve de dos familias- sino también por retratar la decadencia de una clase social, en el caso de Tolstói de la aristocracia zarista y en el de Grossman de la que podríamos llamar «aristocracia roja», esto es, de esos «privilegiados» ciudadanos que acabamos de mencionar, de la élite intelectual y militar bolchevique de la Revolución de 1917 que Stalin y sus monstruosas purgas fueron borrando concienzudamente, junto a millones de rusos, del mapa de los vivos. De hecho, los personajes de Vida y Destino se refieren una y otra vez al año 1937, porque no sólo supuso el principio de la represión contra los dirigentes del Ejército Rojo -fundado por el «traidor» Trotsky- sino también la consolidación de la carta blanca de Stalin para justificar la eliminación de cualquier tipo de disidencia. A partir de 1937, en la Unión Soviética dejaron de existir los presos «políticos»: sólo había «enemigos del pueblo».
Obviamente, en una obra como Vida y destino es imposible disociar la trama histórica de la trama del corazón humano, pero también, como ocurre en todas las grandes novelas épicas, es el aliento lírico el que la dota de grandeza; no en vano, el mismo Grossman reelabora esta consideración cuando describe la alegría que siente un grupo de científicos -el físico Víctor Shtrum es uno de los protagonistas del libro y también el álter ego del autor- al reencontrarse en Moscú después de su evacuación a Kazán: «Todos aquellos hombres (?), al reunirse percibían una de las formas más elevadas de poesía que existe, la poesía de la prosa. (?).Fórmulas escritas con los dedos rojos y congelados (?), los empujones por los cupones de comida (?)?Todo aquello de repente perdió importancia» (pp. 571-572).
Tejido bordado. Vasili Grossman, que fue corresponsal del Ejército Rojo en la batalla de Stalingrado -y hasta el final de la Guerra, en Berlín-, dispuso de una amplia y detallada información para construir el tejido histórico de Vida y destino, pero si no hubiera bordado magistralmente ese frío tejido con los cálidos hilos de los sentimientos y los pensamientos individuales de cada uno de los muchos personajes de su novela, ésta no calaría tan hondo como cala en el lector. Ni el documental más crudo de los campos de concentración nazis podría provocar la emoción que, por ejemplo, suscita la doctora judía Sofia Ósipovna -con unos hombros fuertes y blancos que «nadie había besado»- cuando, ya dentro de la cámara de gas, el niño sin familia que tenía cogido de la mano se derrumba en sus brazos: «"Soy madre", pensó. Ése fue su último pensamiento» (p. 707). Ni tampoco, asimismo, el estudio más exhaustivo sobre los procesos estalinistas podría dar cuenta de la espantosa apreciación del veterano Krímov, comisario del Ejército Rojo, cuando un juez instructor de la Lubianka, la tristemente célebre sede de la policía secreta soviética, se pone a hablar por teléfono con su mujer durante su dantesco interrogatorio: «Y el mismo Krímov sentía claramente que ya no era un hombre, porque en presencia de un extraño no se mantienen conversaciones de ese tipo: "Te beso en los labios?, no quieres, bueno, está bien, está bien"» (p. 989).
«Entre millones de isbas rusas no hay ni habrá nunca dos exactamente iguales. Todo lo que vive es irrepetible. Es inconcebible que dos seres humanos, dos arbustos de rosas silvestres sean idénticos? La vida se extingue allí donde existe el empeño de borrar las diferencias y las particularidades por medio de la violencia». En este párrafo de las primeras páginas de Vida y destino Vasili Grossman resume el espíritu de su vasta y extraordinaria novela que nos trae a la memoria una reflexión de Aristóteles: «En la poesía hay más verdad que en la historia».
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