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La Fragua de una amistad

Libros Por Luis García Jambrina.

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Como muy bien sugiere el título, el interés de este libro de Jesús Blázquez es doble. Por un lado, reconstruye, de forma minuciosa y en el contexto de la época, la relación de amistad entre Miguel de Unamuno y Bernardo G. de Candamo (1881-1967), una figura menor, pero muy significativa, de la llamada generación del 14 o novecentista -nació el mismo año que Juan Ramón Jiménez-, aunque muy vinculado a la del 98. Por otro, nos brinda una solvente edición de las cartas que se intercambiaron a lo largo de los años, en su mayor parte inéditas. Sin duda, una de las fuentes documentales más importantes para conocer y entender a Unamuno es su rico, extenso y variado epistolario. No en vano el autor de Niebla fue un ser de palabras, alguien que se fue construyendo, día a día, a sí mismo a través de la escritura, no sólo de su obra literaria, sino también de sus numerosos artículos y, desde luego, de sus cartas.

Precisamente, en una de las que aquí se presentan, el escritor vasco llega a confesar que, según algunos de sus corresponsales de entonces, entre los que se encuentra doña Emilia Pardo Bazán, la carta es su «más especial aptitud». En el archivo de la Casa Museo Unamuno, de la Universidad de Salamanca, se conservan unas 25.000 misivas recibidas, lo que nos permite hacer una estimación aproximada de las miles que él pudo escribir. El epistolario entre Unamuno y Candamo es uno de los más importantes, en cuanto al número de cartas cruzadas con una sola persona, y, en mi opinión, uno de los más atractivos. En total, son 97 cartas, de las que 28 corresponden a Unamuno, fechadas entre 1900 -cuando Unamuno cuenta 35 años y Candamo, apenas 19-, y 1922, si bien la mayoría pertenece al primer lustro del pasado siglo.

Maestro. A través de ellas, podemos ver cómo se va fraguando la amistad entre el escritor ya consagrado y el que aún no ha definido bien su vocación. Si, para Candamo, Unamuno se convertirá pronto en el maestro del que todo se espera, para éste el primero será una especie de confidente, alguien a quien poder confiar sin tapujos determinadas opiniones y pensamientos, así como pedir noticias del mundillo literario de Madrid; también verá en él una imagen de sí mismo, cuando tenía su edad.

En cuanto a lo primero, cabe decir que la influencia de Unamuno fue determinante para el escritor en ciernes. En primer lugar, consigue apartarlo de la avasalladora atracción que sobre él ejercía el modernismo, una tendencia literaria que el escritor vasco rechaza con todas sus fuerzas en ese momento; después, le aconsejará que amplíe sus lecturas literarias con libros de filosofía, religión y otras disciplinas, lo que provocará una pequeña crisis en el joven escritor; y, por último, lo confirmará en la idea de abandonar la literatura de creación por la crítica literaria; de hecho, tan sólo publicará un libro, de poemas en prosa y con prólogo de Unamuno. En cuanto a lo segundo, son muy interesantes sus juicios -en ocasiones, cómo no, contradictorios- sobre Rubén Darío y algunos de sus compañeros de generación (Baroja, Azorín, Valle-Inclán) o sobre escritores que por entonces comienzan a despuntar, así como sus comentarios sobre sus primeras novelas, Paz en la guerra (1897) y Amor y pedagogía (1902), o sobre su propia poesía, en contraste con la que practicaban los modernistas, de moda en ese momento en España; resulta llamativo, en este sentido, ver cómo va difiriendo la publicación de su primer libro de poesías, que no aparecerá hasta 1907.

Sensibilidad y olfato. Bernardo González de Candamo, por su parte, a sus 19 años, demuestra ser ya un crítico con una gran sensibilidad y olfato literario (es uno de los primeros en darse cuenta de la enorme potencialidad de Juan Ramón Jiménez), lo que lo llevará a colaborar en muchos de los periódicos y revistas de la época.

En conclusión, estamos ante un magnífico testimonio de la literatura y la vida españolas de comienzos del siglo XX. Un epistolario, en fin, que se lee casi con la misma avidez que las célebres cartas de Rilke a un joven poeta.

 

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