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Venecia tiene «un Calatrava»

Arquitectura y diseño Por Delfín Rodríguez.

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Abrumado y emocionado me siento ante la buena nueva que nos anuncia que, por fin, Venecia es ya otra Venecia, más ciudad y más moderna, gracias a un puente de Santiago Calatrava, famoso y verdadero constructor del mundo, ya que casi no hay ciudad, país, continente o sueño que no tenga ya «un calatrava», lo que habla de su celebridad. Sólo los más despistados o recalcitrantes no se han dado cuenta de lo importante del fenómeno. Pero Venecia no ha cometido ese error y se dio cuenta hace casi once años de la importancia de Calatrava y aceptó como un regalo su proyecto para el «cuarto» puente del Gran Canal, muy cerca del Ponte degli Scalzi. No estaba dispuesta a que se le pasase la oportunidad, como le ocurrió en el siglo pasado con otros proyectos de Le Corbusier, Wright o Kahn, aunque pudo tener el consuelo de la construcción de pequeñas joyas como las de Gardella o Scarpa, exquisitas arquitecturas de la ciudad, modernas y venecianas, tan lagunares como el inolvidable «Teatro del mondo» de Aldo Rossi, que, en 1979, navegaba por la laguna, como una arquitectura más de la ciudad, pero moviéndose y usando las aguas turbias de la incertidumbre como cimientos de su obra, sin herirlas, sabiendo que son los muros mismos de su fortaleza y de sus equívocos.

Espectáculo internacional. Los que saben de Venecia y del tiempo angustioso de su presencia, de su final, cuando construyen, lo hacen como si pasearan con delicadeza por sus orillas, como si navegaran en un tiempo y en un lugar que más que perderse, se fuga dejando pistas, como ya había notado Proust.

Hubiera sido estupendo que en lugar de un puente como el de Calatrava, que une, sobre las aguas, la estación de ferrocarril de Santa Lucía y la de autobuses y aparcamiento de vehículos en el Piazzale Roma, hubiesen dispuesto el adecuado y veneciano «Teatro del mondo» de Rossi como peculiar y fascinante vaporetto: a fin de cuentas se trata de un puente peatonal el de Calatrava, es decir, de un puente más que podría estar lo mismo en Venecia que en Las Vegas, en París que en Londres o Shanghai, o sobre cualquier autopista norteamericana. Es más, no es imposible que aquel veneciano y arquitectónico vaporetto de Rossi hubiese podido servir para recorrer el espacio entre las dos orillas en menos tiempo y de forma más natural e histórica, más apropiada a la ciudad que se mueve con las aguas, y cuyos otros centenares de puentes tienen esa rara cualidad de lo íntimo, de la plaza chica o del patio interior de una casa de vecinos.

Ajeno a la ciudad. Podría haber sido como una puerta inequívocamente veneciana de recepción, lo que no ocurre con el puente de Calatrava, disponible para cualquier lugar, puerta de recepción de cualquier sitio, puente sobre da igual qué calle o autopista, pero que en su retórica es como un regalo procedente de algún remoto lugar ajeno a Venecia, lo que siempre es estimable y de agradecer, aunque, al final, el regalo resulte caro, inapropiado e inquietante, como ocurre tantas veces en la vida cotidiana.

Dicen que el puente es funcional, pero no se sabe si es necesario del todo, máxime cuando se trata de una construcción que es indiferente al lugar, como si Calatrava hubiese asumido literalmente lo que, sin embargo, Goethe escribiera con intención poética, que el Gran Canal era la más bella strada de agua del mundo. Así, reducida a una strada más, le ha construido un puente más, aunque legendario y polémico, perfecto en su diseño, pero no sin algún error, ya que se olvidó de los peatones con dificultades para caminar, a los que ha acabado por diseñarles un ascensor de recorrido horizontal paralelo al puente, como en un vaporetto aéreo. Pero hasta esas pequeñas cosas ayudan, sin duda, al mérito, fama y prodigio de la obra

Patatas florecidas.No sé por qué, pero me ha venido a la memoria una observación del propio escultor e ingeniero valenciano realizada a propósito de cómo enfrenta sus diseños y su relación con los que le encargan los mismos y que resulta en este caso especialmente pertinente. De este modo, decía que lo habitual, lo normal, es que el arquitecto pregunte: «¿Usted quiere patatas? Pues aquí tiene patatas». Pero él nunca ha entendido así las cosas y añadía que, en vez de esa respuesta, siempre indica: «Pues no, no le vamos a dar patatas, sino patatas florecidas con flores azules.» Y eso es precisamente lo que le ha dado a Venecia, una patata florecida con flores azules, que son las que hacen que cada proyecto suyo sea legendario y célebre casi de antemano.

No está terminado aún, pero casi. Dicen que será hacia noviembre o diciembre cuando los venecianos y los turistas podrán pasear y circular por el nuevo puente, que Santiago Calatrava mismo denomina «pasarela de luz», no sin un poco de falta de pudor, propia de cualquier genio. Sin embargo, la denominación es banal y retórica, por no decir que presuntuosa: ya puestos podría haber llamado a su puente algo así como el «arco iris de Venecia», pero eso es cosa de leyendas cultas o divertidas, como la de la Fata Morgana, que sucede en el estrecho de Messina (¡Ay!, que me temo que le he podido dar una idea y algunos -no todos- parecen dispuestos a aceptar cualquier cosa). Pero quiero ser justo y lo de «pasarela de la luz» parece como una sustitución retórica de las «flores azules». El puente, nueva Puerta de Venecia para los que llegan en tren o en vehículo, es como un luminoso arco de triunfo propio de fiestas efímeras, acompañado de fuegos artificiales -«pasarela de luz»- más que del carnaval veneciano, característicos de las fallas de Valencia.

Salvada de las aguas. Con este cuarto puente sobre el Gran Canal, Venecia será moderna, con «una obra única en el mundo», según Massimo Cacciari, y habrá sido salvada de las aguas, al menos el espacio entre la estación de Santa Lucía y el Piazzale Roma, lo que antes hacía un vaporetto, acariciando las aguas. Pero sobre todo, lo que el nuevo puente posee son todos los ingredientes de una arquitectura legendaria enfrentada a una ciudad también legendaria y Patrimonio de la Humanidad. Se trata de una arquitectura moderna, de alta tecnología, con un proceso del proyecto largo y polémico -que sin cosas que contar no hay leyenda alguna que construir-, de medidas y peso casi milagroso, incluso, el último, peligroso. Pero no hay leyenda sin drama o tragedia anunciada. Verdadero «puente de los suspiros», el de Calatrava dicen que está pendiente de que sus cimientos no cedan dos centímetros, sería catastrófico, mientras se hace emocionante el enigma, se contempla el espectáculo de acero, cristal, piedra de Istria y luz.

No está terminado aún, lo que ayudará a que las leyendas se consoliden y nazcan otras nuevas, como «flores azules». Así, por ejemplo, se había previsto su milagroso y legendario montaje para el día 15 de julio de este año, fiesta del Redentore en Venecia. ¿Cómo no confiar, por tanto, en la feliz solución de tantas fatalidades y contradicciones? A fin de cuentas el arquitecto de la musical y armónica iglesia del Redentore no fue otro que Andrea Palladio que, ya en el siglo XVI, también proyectó un puente para Rialto, bellísimo, pero no construido. Hubo en Italia quienes, irónicamente, suponían que la fecha fijada por las autoridades municipales no podría sino traer buena fortuna al traslado y montaje del puente: si no era milagro sagrado, podía serlo laico, como si Palladio fuera a ser solidario con Calatrava. Cosas de leyendas, pero no inverosímiles.

Temblar de emoción. De hecho, la parte central del arco del puente de acero navegó por el Gran Canal, con emoción nocturna, aunque fuera en agosto pasado, como en una procesión de Semana Santa en Sevilla, en silencio, temor y angustia. Toda Venecia se colocó en las orillas para verlo pasar y muchos de sus habitantes y curiosos temblaron de emoción ante el propio navegar de su paso bajo el Puente de Rialto, a pocos centímetros de su clave, aprovechando la marea baja, como si las aguas se retirasen ante su inevitable y maravilloso destino. ¡Impresionante! No en balde ya sabemos que es «una obra única en el mundo». Los vecinos bajaron incluso las sillas de sus casas para contemplar su lento navegar nocturno, como en una película del añorado Federico Fellini, que muchos italianos tuvieron, sin duda, en la cabeza mientras presenciaban el acontecimiento.

Y es que el nuevo puente no sólo pasó bajo el de Rialto, sino antes por el de la Accademia y, después, por el Ponte degli Scalzi, para convertirse en el cuarto puente del Gran Canal, destino apocalíptico que habrá de salvar Venecia de sí misma y de su ensimismada exaltación en su derramarse histórico desde el siglo XVIII, entre Simmel o Barrés o la memorable Venecia de Thomas Mann. A partir de ahora es cierto que ni Venecia morirá ni se morirá en Venecia, ya que su incertidumbre será sustituida por la certeza de la modernidad del puente de Calatrava.

 

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