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Peinar a contrapelo el arte mexicano

Arte Por Alberto López Cuenca.

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15 de septiembre de 2007 - número: 815
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A peinar historias, a contrapelo o no, se vienen dedicando desde hace años los museos. Exposiciones-tesis, nuevas propuestas historiográficas y revisiones de periodo son inauguradas a cada rato. Unas, con tocados de haute coiffure y otras, con trasquilones de unisex de barrio. Ya documentó este fenómeno capilar Anna María Guasch en su oportuno texto Los manifiestos del arte posmoderno: textos de exposiciones, 1980-1995. Ahí se subrayaba esa función crucial de la exposición como matriz de construcción de las nuevas narraciones artísticas. El papel legitimador de los libros de Historia del arte o de las universidades había sido suplantado por la mayor visibilidad y capacidad de atracción de los museos, con sus catálogos, conferencias, ciclos de cine, camisetas y cócteles.

Ambición avasalladora. La era de la discrepancia. Arte y cultura visual en México. 1968-1997, que hasta finales de septiembre se presenta en el Museo Universitario de Ciencias y Arte de México D.F., es la primera retrospectiva del arte hecho en los últimos treinta años del siglo XX en el país azteca. Por lo pronto, hay que acentuar el desafío que conlleva reunir más de 300 piezas inscritas en un periodo cronológico apenas documentado e interpretado en la historia cultural del México reciente. Esta muestra engloba, ambiciosamente, el arte de los Salones Independientes -la reacción de algunos artistas frente al estandarte cultural oficial de las Olimpiadas de 1968, «El salón Solar»-, la gráfica del movimiento estudiantil del 68, el arte dramático y cinematográfico de Alejandro Jodorowsky, los movimientos político-conceptuales de los años 70, la obra de Francisco Toledo, la pintura neo-mexicanista y el arte neoconceptual de los años 90. Pese a ser, desde una perspectiva museográfica, un despliegue tradicional y agotador de «obras de arte» (pinturas y esculturas, fotografías y gráfica, arte objeto y vídeos), La era de la discrepancia ha sabido suplementar la mera exposición de coleccionables con un extenso ciclo de cine y vídeo, así como con un simposio internacional sobre estrategias comisariales para el rescate del arte contemporáneo. Su afán documental queda plasmado en un extenso y elaborado catálogo que será, pese a la escandalosamente dispar agudeza de sus textos, una referencia durante mucho tiempo. Aún así, y sin dejar de reconocer lo laborioso de acometer una empresa de tal magnitud, es preciso notar que su más patente efecto es el aturdimiento reconstructivo, una arrolladora sensación de avasallamiento cuantitativo.

Promesas de cambio. En consonancia con el título, ha de entenderse que el arte en exhibición lo es en virtud de su facultad refractaria, divergente. Ése es el hilo argumental, la tesis. Solo caben aquí aquellos trabajos que, según los ideólogos del proyecto, Cuauhtémoc Medina y Olivier Debroise, se invistieron «como promesas de cambio cultural y político». Sin embargo, en muchos de los casos propuestos se percibe poco desacuerdo con los modos dominantes de hacer y entender la producción cultural. Sorprende, así, que se incluyan como «discrepantes» piezas que han conformado el mainstream del arte reciente mexicano, como las de Julio Galán, Thomas Glassford, Yishai Jusidman y Santiago Sierra, cuya condición nada contestataria revela el hecho de que todas ellas están custodiadas por notables colecciones privadas. Quizás, a propósito de estas producciones, podría esperarse que una «relectura discrepante» las resignificara críticamente de modo que se hiciera evidente su alcance social o político, el que se opacó al verse inscritas en las redes del arte trasnacional, que las convirtió en mercancías exóticas. Para lograr algo así se requiere de un argumento contundente que, desafortunadamente, sólo llega a vislumbrarse en las salas del MUCA. El hoy ya extensamente aceptado tránsito del rígido ordenamiento cronológico de las exposiciones a las «constelaciones conceptuales» explicativas no acaba de materializarse en La era de la discrepancia.

Conciencia de mercado. En ella, un claro trazado cronológico en su secuencia pretende quedar encubierto por nueve agrupaciones temáticas: «Márgenes conceptuales» o «Intemperie: el malestar de lo global», por mencionar dos casos. Hay ahí demasiada indecisión, rubros demasiado vagos para sustentar una tesis decisiva.

Esta muestra y todas las actividades que la acompañan son descritas por sus promotores como «un proyecto de producción de conocimiento». Sin duda se lo puede calificar como tal, pues está auspiciada por la Universidad Nacional Autónoma de México, probablemente la institución de educación superior más importante de América Latina. Sin embargo, no es una exposición universitaria más, ésa que nadie visita y cuyos catálogos enmohecen olvidados en un almacén. Por lo pronto, viajará al MALBA, de Buenos Aires, y al MAC en São Paulo. Ahí, sin duda, radica la mayor apuesta de La era de la discrepancia: pone en marcha todo un aparato museístico, editorial, académico y de marketing para construir una visión articulada de la cultura visual mexicana de las últimas décadas. Algo que no suele poder hacer una institución educativa. Les ahorro la consabida referencia a Foucault a Lyotard o a Negri: el conocimiento se produce, ejerce y vende.

En este sentido, La era de la discrepancia es nítido síntoma de la conciencia creciente del lugar central de la cultura en una economía que tiende cada vez más a agudizar la terciarización, la prestación de servicios, el entretenimiento y la producción simbólica.

Un proyecto ineludible. Y es que, en este caso, la UNAM cuenta con todo para su novedosa «producción de conocimiento», también con la presencia mediática que hace de la cultura un espectáculo, pero sobre todo con presupuesto, una colección de arte, investigadores, sala de exposiciones, editorial y distribuidora. Si le faltaba algo, ya viene en camino: un monumental Museo Universitario de Arte Contemporáneo (MUAC). Mientras se afianza su plan, no debe menospreciarse lo más mínimo el papel de La era de la discrepancia. En la medida en que desata el debate crítico, historiográfico e institucional es un proyecto ineludible: ha inaugurado, por fin, la discusión sobre un periodo crucial y desatendido de la cultura reciente en México.

 

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Lo dijo sdfsdfs - 22/08/2008 8:25:34
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