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Firmas Por Barbara Rose.
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Con el nacimiento diario de bienales, la cuestión es si la de Venecia, gran dama de estas atracciones artísticas para turistas, tiene ya sentido. La respuesta es sí y no. La promoción comercial pone en peligro todos estos eventos, que cada vez se parecen más a ferias de arte. Este año, sin embargo, con Robert Storr el tono de la cita está siendo mucho más sereno y profesional.
Lo que convierte a Venecia en algo único es que los pabellones nacionales están
oficialmente patrocinados por sus respectivos países y proyectan de forma rápida sus respectivas imágenes culturales al mundo. Este año, el despliegue más suntuoso -y probablemente más caro- ha sido el ruso. En la concurrida fiesta de preinauguración corrió el vodka; en las tiendas y en los cafés que rodean la plaza de San Marcos, oligarcas cargados de joyas celebran su nueva riqueza. El pabellón presenta un ambiente de imagen digital con múltiples pantallas gigantes cubiertas por gigantescos limpiaparabrisas que borran imágenes de los dictadores del pasado, un despliegue simbólico de su dominio de la tecnología.
Los rusos parecen ser los únicos con algo que celebrar este año. La mayoría de las obras de los artistas son reflejo sombrío de un mundo herido. La galopante presencia de los cuatro jinetes del Apocalipsis domina Venecia. Storr, primer norteamericano que dirige la bienal, ha escogido para la exposición internacional, ahora organizada en lo que antes era el pabellón italiano, a más estadounidenses y pintores de lo habitual.
De Italia a África. El desplazamiento de los italianos al marginal Pabellón de Venecia y al Arsenale, donde se exponen figuras históricas asociadas con el povera de Emilio Vedova y Giuseppe Penone, refleja la disminución del prestigio italiano en el mundo. Otros grandes -Reino Unido, Francia, Alemania, Japón y EEUU- conservan sus edificios dominantes, mientras que la sustitución de China por África demuestra que la potencia económica no define por completo. La energía y la creatividad de África protagonizan algunos de los momentos estelares del Arsenale, que incluye también una meditada instalación turca. Allí abundan las cifras: de estadounidenses e iraquíes muertos; de los fallecidos en las guerras mundiales... Las cantidades son un doloroso recordatorio del mal en los tiempos modernos.
Esta bienal destaca por su organización y sus buenas instalaciones, así como por la falta de basura, moda, escándalo y pornografía, desterrados por Storr. Por otra parte, la exposición en el Palazzo Grassi de las más recientes compras del magnate François Pinault son poco más que eso. En los jardines, por primera vez, tres de los cinco destacados -Inglaterra, Francia y Alemania- están representados por mujeres. Por desgracia, dos de ellas -Tracey Emins en el pabellón británico y Sophie Calle, en el francés- exponen visiones rutilantes y narcisistas de sus vidas sexuales. Emins es ahora una chica «buena» y hace gala de su habilidad como pintora y dibujante profundamente académica de desnudos femeninos. La instalación de Sophie Calle, por su parte, es inteligente y entretenida. Isa Genzken, en otro tiempo original, llena el pabellón alemán de una instalación incoherente, se supone que una opinión pesimista acerca del destino humano. El japonés Masao Okabe, asimismo, se centra en el desastre de Hiroshima en un montaje disciplinado y minimalista.
El pabellón estadounidense alberga la instalación del conceptual Félix González-Torres, una obra que revela la total desconexión entre la política y la cultura en EEUU. La exposición, patrocinada oficialmente por el Departamento de Estado -que como ya no subvenciona la cultura no tiene ni voz ni voto en lo que sucede en el pabellón-, es una ordenada, deprimente y gris muestra que incluye fotocopias de monumentos conmemorativos, una ampliación que cubre toda la pared con una foto de un pájaro solitario, y la edición ilimitada con firma de González-Torres de montones de impresiones off-set generosamente puestas a disposición de todos.
Unos «caramelos» dispuestos en el suelo imitan a la pila rectangular de pigmento azul de la exposición de Yves Klein en el Guggenheim. Esta similitud no extraña a nadie, ya que el Guggenheim, que ha expresado su deseo de encargarse del pabellón estadounidense en su constante intento de expansión internacional, es el comisario oficial de este montaje aburrido, aunque políticamente correcto, de un artista latino fallecido. Nadie duda de su autenticidad, pero sorprende que un creador declaradamente homosexual, cuyo lenguaje codificado apela a un grupo de interés especial, se haya convertido, irónicamente, en un mártir que cuenta con la aprobación oficial. Sólo en un país tan confundido como Estados Unidos podía ocurrir esto.
Yo pago, yo decido. No es de extrañar que los pabellones nacionales en los Giardini representen a sus actuales gobiernos, ya que están patrocinados por sus Estados. Así, el español es el más «democrático», por la fragmentada cantidad de artistas. Las instalaciones fotográficas -completamente dignas de ser olvidadas- son típicas de la vanguardia de ayer. Hacen sentir nostalgia por la irritante originalidad crítica de Santiago Sierra que, guste o no, dio en el clavo y se grabó en la mente.
¿y España? España tampoco ofrece gran cosa en el pabellón de Storr. De hecho, su presencia se hace notar por su inexplicable ausencia. Algunas de las opciones más sorprendentes y satisfactorias del americano son los cuadros extraños, modestos y sensuales del pintor abstracto belga Raoul de Keyser y los del estadounidense Thomas Nozkowski. Destacan también la instalación geométrica del constructivista brasileño Iran do Espirito Santo, las nuevas pinturas líricas de Robert Ryman y el fresco solemne y palpitante del recientemente fallecido y muy querido Sol LeWitt. Las abstracciones brillantes y positivas de Elizabeth Murray y los cuadros duros y complejos de Cheri Samba, así como los tonos primarios de Ellsworth Kelly, proporcionan los escasos momentos de color. Dos poderosas animaciones digitales de Tabiamo y Joshua Mosley enmascaran su sombrío tema del desastre ecológico incontrolado con un toque ligeramente humorístico.
Pese a estos interludios, la exposición está claramente dominada por la instalación oscura y resonante de los nuevos cuadros de Signar Polke. El alemán ha madurado hacia una mística que tiende a interiorizar. Los contenidos de sus cuadros tal vez sigan siendo un enigma, pero su destino se selló cuando fueron adquiridos por Pinault, que compra cantidades ingentes de nuevo arte para exponerlo en el Palazzo Grassi y luego entregar lo anterior para que lo subaste Christie?s, también de su propiedad. Lo que se expone por primera vez en Venecia permanecerá en Venecia, a no ser que acabe en el bloque de subastas en el que se produce la transformación metafísica del arte como producto en mercancía.
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