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Duchamp, fin de partida

Portada Por Fernando Castro Flórez.

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18 de agosto de 2007 - número: 811
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Marcel Duchamp, el profeta de la belleza de la indiferencia, aquel que reivindicó la anestesia del gusto y la óptica de precisión, tomó, tempranamente, la decisión de «dejar de ser un artista». Breton, pontificador incansable y visionario de cortas miras, sentenció que lo único que le interesaba a Duchamp era jugar al ajedrez y respirar, aunque no dejaba de sospechar que mantenía alguna bala en la recámara. En sus famosas conversaciones con Pierre Cabanne, comienzan hablando de la soltería y de la falta de necesidad de trabajar para vivir; uno de los primeros temas que abordan es el ajedrez, que es caracterizado por el astuto «selector» de los ready-mades como una cosa visual y plástica que permite «imaginar el movimiento».

Locos de una cierta calidad. Duchamp sostiene que el medio de los jugadores de ajedrez es mucho más simpático que el de los artistas: «Se trata de personas totalmente obnubiladas, completamente ciegas, provistas de orejeras. Locos de una cierta calidad, al igual que se supone que lo sea el artista, y no lo es, por o general». En 1911 pintó Retrato de jugadores de ajedrez y, un año después, El rey y la reina rodeados de desnudos veloces; diseñó hermosas piezas de ajedrez y, en 1943, un modelo de bolsillo del que se consevan detallados dibujos.

Ese juego de enorme tensión mental le acompañó toda su vida e incluso sirvió para fijar el destino de alguna de sus empresas, como cuando una partida entre Picabia y Roché, sus dos compañeros de farra, determinó la desaparición de la revista Blind Man; un pequeña publicación titulada, con errata incluida, Rongwrong, documenta esa peripecia. Este desertor de las guerras europeas se escondió en el espacio del tablero. Durante su estancia, aburridísima según parece, en Buenos Aires en 1918, se entregó con fanatismo al ajedrez, al que consideraba una obra maravillosa de «cartesianismo», estudiando minuciosamente cuarenta partidas de Capablanca, con el que llegaría a enfrentarse en 1922 en el Marshall Chess Club neoyorquino, del que era socio. En 1923 jugó a diario al ajedrez, durante cuatro meses, en Bruselas, y en 1925 participó en Niza en un torneo para el que había diseñado el cartel, y obtuvo el título de maestro de ajedrez de la Fédération Française del Échecs.

Con Bobby Fischer. En el torneo internacional de París en 1930 derrotó a George Koltanowski, campeón belga, e hizo tablas con Xavier Tartakower, que fue, finalmente, el ganador. Duchamp no era, ni mucho menos, un mero aficionado; antes al contrario, fue miembro del equipo francés de ajedrez, dirigido por el gran maestro ruso Alexander Alejine. Aunque llegó a ser el vencedor de un torneo de tres días en Ruán y fue nombrado campeón de la Alta Normandía, Duchamp, que acompañó en 1967 a Bobby Fischer al Campeonato de Montecarlo, comprendió que no tenía talento para llegar a ser un número uno.

Edward Lasker, excelente jugador norteamericano, consideraba que Duchamp era un jugador muy sólido e incluso le calificó como un «contrincante maravilloso». Robert Lebel, en un ensayo titulado «Marcel Duchamp as a Chess Player and One or Two Related Matters», publicado en Studio International (1975), apunta que no era un estratega del ajedrez especialmente innovador; seguía una línea ultraortodoxa en sus partidas, tendiendo a actuar con excesiva cautela. Estaba preso de la bibliografía ajedrecística. «De este modo -afirma Calvin Tomkins- el iconoclasta total del arte se convirtió en un conformista sensato y juicioso del ajedrez. Más tarde, cuando ya sólo jugaba para distraerse, pudo dar rienda suelta a su imaginación.» En los años treinta colaboró con Vitaly Halberstadt en la escritura de un libro de ajedrez, L?oposición et les cases conjuguées sont reconciliées, dedicado a aclarar, si tal cosa puede decirse, una situación harto infrecuente en este juego: se trataba de mostrar las posibilidades que se plantean en una partida cuando tan sólo quedan los reyes y uno o dos peones por bando.

Olimpiada por carta. Durante esa misma década se obsesionó con las partidas de ajedrez por correspondencia, llegando a ser el vencedor de la Primera Olimpiada Internacional de Ajedrez por Correspondencia, que se desarrolló a lo largo de cuatro años, y también ganó un torneo «epistolar» de maestros de ajedrez en el que nadie fue capaz de derrotarle. En casa de los Arensberg o, al final de sus días, en el Café Melitón de Cadaqués, Duchamp se encriptaba en el tablero, un lugar atípico en el que nadie podía molestarle. Allí no llegaban ni las guerras ni los amores; el tiempo estaba, literalmente, retardado.

En 1963, con motivo de una exposición retrospectiva de Duchamp, el fotógrafo Julian Wasser montó una sesión en el Museo de Pasadena, delante del Gran Vidrio, en la que el artista jugaba al ajedrez con una joven desnuda que se tapaba la cabeza con una capucha. Era, ciertamente, una interpretación literalista de un rumor que había comenzado a circular en 1923 según el cual Marcel Duchamp había «abandonado el arte».

Si en la película de René Clair Entre?acte (1924) Duchamp y Man Ray juegan al ajedrez en el tejado del Théâtre des Champs-Elyssées y Picabia barre toda esa «confrontación» con una manguera, en 1968 participó con su mujer, Teeny, en un performance musical de Cage, titulado Reunión, en el que los movimientos de las piezas desencadenaban una gama de sonidos electrónicos. Los amigos de este escéptico intentaban interpretar plásticamente la frenética dedicación al ajedrez, que mantenía apartada una mente tan lúcida de la creación de esas cosas llamadas «obras de arte». Duchamp insiste, en su conversación con James Johnson Sweeney, que formaba parte de una película realizada en 1955 sobre su obra, en que se tomaba muy en serio el ajedrez, añadiendo que lo disfrutó «porque encontré puntos de semejanza entre la pintura y el ajedrez».

Vivir, respirar. Lo que le atrajo del juego era, propiamente, la plasticidad y la sensación de construir algo mecánico que te lleva a perder o ganar. Sentía que el ajedrez, que le interesaba, entre otras cosas, porque no tiene nada que ver con el destino social, enriquecía, aunque fuera de forma minúscula, la trama de la existencia. Duchamp anotó que los habitantes de lo infraleve son fainnéants, esto es, los holgazanes, los que no hacen nada. Colgó, en expresión irónica, los hábitos de monje de la pintura sencillamente porque se había cansado y acaso porque era un perezoso profesional. La vie à crédit consiste en algo tan simple como vivir, esto es, respirar. No tenía miedo en decir que, en realidad, no hacía nada. Se regodeaba incluso recordando que aquel libro sobre los finales de partida era divertido porque no interesaba a nadie; trataba de problemas que no se presentan «en la vida nada más que una vez».

Duchamp desconfiaba -tenía razones para ello- de la crítica y de las grandes palabras: «Todas estas bobadas -la existencia de Dios, el ateísmo, el determinismo, el libre albedrío, las distintas órdenes religiosas- no son más que fichas de una partida de ajedrez que se llama lenguaje y que sólo resultan entretenidas si a uno no le preocupa "ganar o perder esta partida concreta"».

Pero para alguien que empleaba tanto tiempo en pensar las jugadas del ajedrez puede que esta sentencia suponga que concedía a lo «tautológico», a la manera wittgensteiniana, la máxima importancia. A su amigo Arensberg le dijo que para él todo terminaba por adoptar la forma del caballo o de la reina, «y el mundo exterior carece totalmente de interés para mí, salvo en su traducción como conquista o pérdida de posiciones». Puede que estuviera hablando de todo aquello que sublimaba en el tablero, esto es, de la violencia y del erotismo, del aburrimiento y de la muerte, eso que, como está escrito en su lápida, «siempre le sucede a los otros».

Le Figaro dio, con una coherencia delirante, la noticia de la muerte de Duchamp en la columna de ajedrez. En una fotografía de la década de los sesenta vemos cómo sonríe sentado cómodamente en un sillón, fumando un puro, ante un tablero con las piezas que él mismo fabricó. Este «artista» supo ser feliz o, por lo menos, sabía cómo jugar la partida.

 

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