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Firmas Por Manuel Rodríguez Rivero.
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Les voy a contar una historia grotesca. Menciono a mi topo y en cierta editorial de pasado glorioso, y presente -¿cómo decirlo?- más bien subterráneo, crujen los cimientos y se pronuncian grandes palabras como lealtad y confianza y decepción. Qué
falta de sentido del humor. Y todo por haber yo «revelado» en estas mismas páginas que dicha editorial ha adquirido los derechos del polémico libro de Dawkins The God Delusion (ya ven, publicidad gratuita: qué más quieren) y de otro del señor Risto Mejide. Son como niños a quienes siempre hay que explicar las mismas cosas. Como es de sobra sabido, dispongo de cientos de topos infiltrados en todas las madrigueras subterráneas de la cadena del libro: en editoriales, agencias, librerías, distribuidoras, asociaciones y hogares de autores y traductores, escuelas de escritura creativa, etcétera. Y, por supuesto, en el Gremio de Editores, en la RAE, en el Ministerio de Cultura -hasta mi ministra favorita lo sabe-, en los Cervantes de Londres y Nueva York, en las correspondientes consejerías autonómicas (mi topo en la Generalitat suele tomar café y coca con el senyor Tresserras), en La Moncloa y hasta -tachán, tachán- en la mismísima Zarzuela (¿tengo que explicarles quién suele intercambiar confidencias con mi topo allí todas las mañanas?: caliente, caliente). No podría vivir sin ellos, créanme, me resultan vitales para conocer lo que se cuece. Pero no nos engañemos: estamos en España (por ahora) y aquí todo se termina sabiendo. Por eso, ay, el topo es, más bien, una figura retórica y redundante. Nada que ver con los conspicuos del Circus y los Cinco de Cambridge (no confudir con los de Enid Blyton): los inolvidables Philby, Maclean, Burgess, Blunt y un misterioso quinto, tan buen topo que nunca fue descubierto. Aquellos sí que eran buenos espías. Incluso usaban criptónimos y fingían vidas familiares felices y ortodoxas. Mis topos, pobrecillos, nunca me dicen nada que no sepa ya casi todo el mundo. Y es que en este sector, lleno de secretos y paradojas, todo dios se va de la lengua. Sobre todo los jefes: esos son los verdaderos topos (y los que mejor informan). Ellos y los autores son tan vanidosos que largan y largan a quien no debieran. En estilo indirecto libre: me han ofrecido tanto, me van a dar el premio invierno, u otoño, o verano, el director editorial de XXX no va a durar ni dos telediarios, a fulanito le hemos pagado bajo cuerda un anticipo de tantos euros, menganita ha cambiado de agente. Y el que oye la confidencia (frecuentemente, un chisme) se convierte a su vez en topo. Otras veces, y del mismo modo que a Michael Corleone le dejan una pistola en la cisterna del mingitorio de la trattoria de Toni para que pueda apiolar al «turco» Sollozo y al corrupto capitán McCluskey, a mí me dejan (a menudo en la cisterna del excusado del madrileño Del Diego o del barcelonés Salambó) un paquete impermeabilizado con los últimos secretos sobre tal o cual sello editorial. Yo los leo y los difundo, como hacía en mi loca juventud con los panfletos antifranquistas. De manera que no se ensañen con topitos y apunten más arriba: acertarán. Termino con un mensaje para mis topos: tranquilos, estoy en trámites para alquilar (probablemente en otoño, antes del fallo del Planeta) el Palacio de Congresos y Exposiciones y así poder reunirnos para cambiar impresiones y hablar de nuestros problemas. Necesitamos que se nos oiga fuera de las madrigueras y a plena luz del día. Tomemos ejemplo de las grandes manifestaciones patrióticas de estos días. Topos unidos jamás serán vencidos.
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