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Francisco,lecciones de arquitectura

Arquitectura y diseño Por redaccion.

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03 de septiembre de 2005 - número: 709
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El último gran arquitecto vivo. así ha sido definido el madrileño francisco alonso, que, pese a no haberse prodigado mucho en obras, es hoy reverenciado. he aquí un conjunto de sus ilustradoras reflexiones                                            Aturo Fanco
Francisco Alonso de Santos es uno de esos arquitectos enigmáticos, oscuros, pertenecientes a la mitología de la arquitectura. Es probablemente ?como ya escribí aquí en otra ocasión? el último gran arquitecto vivo. Durante meses hemos mantenido una conversación intensa, fragmentada, de ida y vuelta, personal, telefónica, radiofónica, literaria, de
maestro a discípulo, de arquitecto a arquitecto, hablando de su biografía, su personalidad, de su actitud frente al trabajo, la docencia, el pensamiento, la construcción, la materia y, finalmente, del tiempo.
A la única pregunta «Respecto al tiempo, quiero recordar una antigua frase suya: ?Una vela brilla y nos ilumina en la medida en que se consume.? ¿A qué se refería?», he aquí el torrente de imágenes del arquitecto, un verdadero conjunto de lecciones de arquitectura:
«El tiempo es también construcción, como resulta evidente en la unidad y variedad del día. Cada parte del día está animada por un espíritu que le es particular: la aurora, la mañana, el mediodía, la tarde, el crepúsculo, la noche.
La Arquitectura, arte del tiempo, deberá emanciparse de expresar el progreso. Más bien es pasado, el hoy como reminiscencia del ayer.
El pasado es un hábito del presente eterno.
No es del tiempo mensurable en su condición de ser usado y consumido, de ese tiempo impuesto, desmenuzado y sin forma y de sus repercusiones en el hombre que lo devasta y elimina, del que yo hablo.
Corresponde a la Arquitectura el concepto griego del tiempo, "intuición/ mediterránea del discurrir del mundo/ stop a la quimera", dice Gottfried Benn. Y su reflejo en la sabiduría popular: "A cada día su afán". "Cada cosa a su tiempo". "No por mucho madrugar amanece más temprano". "Vísteme despacio que tengo prisa". Y hasta Samuel Beckett en Watt: "La verdad necesita tiempo para envejecer", "La verdad tarda en ser verdad".
La Arquitectura se talla en el bloque de mármol del tiempo.

La  vivencia. El arquitecto que merece ese nombre quiere hacer durar la vivencia de la ejecución de la obra. Da valor a lo que se va haciendo y no tanto a lo que necesariamente se ha de hacer como término, que lo da por sobrentendido e interno al procedimiento y no a su simulación.
La Arquitectura es el tiempo de construir.
Es hacer o el hacer absoluto. Es una grandiosa manera de hacer, irremediablemente natural, y, en este sentido, es un "no hacer".
Asimismo, tiempo es esa belleza tan difícil de conseguir que una vez depositada sobre las cosas, los arquitectos restauradores, rehabilitadores o renovadores, en alianza con cualquier regidor intruso, destruyen impunemente.
Elogio la arquitectura cansada, las ciudades decadentes y gastadas, La Habana Vieja, las ciudades de Sicilia, Palermo, Selinonte, Siracusa, Taormina... Que son horizonte humano, perfección y belleza a la que toda arquitectura debiera aspirar.
Discutir esa ley de la vida que es el paso del tiempo, pretender engañar al destino, es no comprender. Por el contrario, consumar la ley eterna de la transformación por medio de la compenetración, siempre antigua y siempre nueva, con la vida superior manifestada en esa transformación, es poseer.
El sentido y la meta de la vida es la madurez, en su más profundo sentido, como un estado "permanente" del hombre, en el que se da la experiencia y verificación de la unidad superior por encima de lo momentáneo y tornadizo.

Eecto insondable. Las personas ancianas ejercen sobre nosotros un efecto insondable, una extensa quietud, presencia de una insustituible belleza y carácter del cuerpo transformado y erosionado por el tiempo, que hoy se llama decadencia, pero es plenitud y conjunción: arquetipo.
La moralidad de la Arquitectura insiste en que lo que se debe afirmar es el sujeto. El individuo sólo, ante su propio destino, dotado de responsabilidad y capacidad de acción y arrojado a la incierta vida.
El poder "ocuparse de uno mismo", como responsabilidad propia y ante los demás, es la libertad que deben ofrecer las ciudades; es el fundamental principio cívico, una de las reglas más importantes para la conducta social y personal y para el arte de la vida. Universalidad del cuidado de sí mismo a lo largo de toda la vida como realización, que culmina como compromiso máximo en el momento anterior a la muerte: la senectud.
Siempre he admirado, por tanto, la obra tardía de aquellos grandes
maestros que aún en la experiencia del aislamiento y la marginación se aventuraron en regiones enteramente nuevas, inaccesibles a sus contemporáneos: Rembrandt, Tiziano, Miguel Ángel, Goya, Beethoven...
Y, en este sentido, podría proponer un posible juramento "hipocrático" de la Arquitectura:
"El cuerpo humano no es algo subsistente por sí mismo, sino como parte y a su vez interprete mudable de la Naturaleza. La Naturaleza reina en todas partes, tanto en el cuerpo sano como en el enfermo, en la belleza y en la deformación. Para el arquitecto, la vida reviste un valor tan alto, y constituye un misterio tan grande que no será capaz de la osadía de convertirse en juez sobre el valor o no valor de la vida individual. Su misión es la de hacer más sana, si es posible, toda vida, constituyendo un refugio para ella en el que se manifiesta una inteligencia contempladora que se guarda de toda hybris y de la carencia de medida".
La Arquitectura habrá siempre de preguntarse a sí misma si puede asegurar los códigos morales, las prácticas formadoras del individuo en relación con una teoría de la república, de los objetos jurídicos o cívicos, es decir, con el saber, con la política y con el derecho.
Hable el arquitecto la lengua que Brunelleschi habló, / con el aliento de Corbú, / y en el silencio de Pikionis. / Ofrezca a la vida nueva esta continuidad».

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