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Tengo anécdotas artístico-polvorientas para dar y tomar. Mi imaginario alberga más de polvareda que de polvorín. Hace una década que las actitudes se convirtieron en formas, pero también era cierto que los residuos, la estricta inmundicia ya comenzaba a entrar en los museos por la puerta grande. Basta recordar una obra de Ben Vautier titulada, con soltura, El Museo de Ben, consistente en una concha, algo de madera y un montón de porquería. Al lado de estas cosas había una cartela en la que podía leerse lo siguiente: «Si desde Duchamp es arte todo, ¿significa eso que esto también es arte? Si la respuesta es sí, ¿por qué ir a los museos y no simplemente bajar a los sótanos?». Efectivamente el «mítico» criadero de polvo duchampiano (la foto de Man Ray del Gran Vidrio depositado sobre el suelo sobre el que se había sedimentado la mugre atmosférica), ha generado una legión de seguidores, comentaristas y epígonos de distinto rango.

Algunos piensan que basta con hacer alardes pseudo-punk con lo abyecto, montar demostraciones de «realismo cruel» o prolongar la academia de la escatología, lo que tiene bastante aprobación curatorial. Otros intentan ser sutiles sin dejar de hacer un guiño de complicidad a lo desagradable, no vaya a ser que les acusen de tibios. Lo importante es que no falten pequeños desastres que permitan recurrir a palabrejas como «inquietante» o «traumático», para así dar a entender que uno está al corriente del psicoanálisis pret-à-porter.

Un ingenio manifiesto

Kristoffer Ardeña sortea con un ingenio manifiesto los riesgos del eterno retorno a la escena apropiacionista-post-duchampiana. Y si no cae en la monotonía de otros estetizadores de la cutrez es porque tiene bastante sentido del humor. En un momento en el que algunos majaderos hablan de «retorno de la pintura», incluso nombrándola en clave vitamínica, Ardeña nos recuerda que esas superficies tienen bastante de materia repugnante y pegajosa. No sublima el cuadrado negro de Malevich, uno de lo iconos de nuestros ritos sin ceremonias, ni piensa, a la manera de Kounellis, que a través de las grietas resplandezca el oro de Bizancio, sino que es una zona «idiotizada» en la que se adhiere todo aquello que evita cualquier discurso de pureza o espiritualidad. Las Blacks Paintings del ascético y dogmático Reinhart y las White Paintings de Rauschenberg están llamadas a cumplir idéntico destino: revelar su naturaleza pegajosa, sedimentar los polvos y los lodos del mundo. Aquel memorable gesto de «borrar» el dibujo, de Willem de Kooning, queda ahora rematado literalmente en este retorno de lo residual. En última instancia, no hay manera de limpiar la pizarra: allí siempre quedan huellas y, en muchas ocasiones, lo que permanece puede ser la parida más vergonzante.

Polvo eres

No hay motivo para la perplejidad ni para la indignación cuando nos topamos con la vídeo-instalación titulada Apparition, en la que un potente foco ilumina lo que denominan «una escultura consistente en un mapa topográfico de Filipinas formado por polvo acumulado». En realidad, aquello no es tanto polvo cuanto pelusa, pero no de esa tan extraña que segregan los ombligos masculinos y con la que fantaseara Dalí, sino esa materia innombrable que habita bajo las camas o las alfombras y que, en ocasiones, parece que crearan las propias máquinas aspiradoras. Ardeña piensa la exposición como un despliegue procesual en el que se verán otros dos vídeos acompañados por sendas «esculturas»: el siguiente lo formarán unas luces navideñas pestañeando en código morse y un árbol de Navidad seco a más no poder. El último acto nos permitirá ver cómo alguien cuenta 4.365 semillas de comino con la presencia material de una de ellas iluminada como si fuera Maria Callas interpretando Tosca.

El arte es un sonajero

Acaso lo que intenta Ardeña es preguntar no tanto quién es José Rizal, un héroe filipino del que no tenía noticia, sino hacernos recordar que tal vez no hay enigma. No hace falta desatornillar las planchas de Bruit Secret para saber que dentro no hay otra cosa que algo irrelevante. El arte, me permito decir una perogrullada, es un sonajero. ¿Es que lo que se expone importa menos que un rábano, un pepino o un bledo? Pero resulta que el comino no es tan insignificante como se supone o, por lo menos, tiene alguna virtud medicinal e incluso es un condimento apropiado para algunos platos. Eran tres los cominos que nombraban la nulidad, y ahora son varios miles, pero también otro que nos desafía con su protagonismo estelar. La idea de convertir un rembrandt en tabla de planchar es cosa del siglo pasado. El cuadrado negro decían que era un bolsillo vacío y el polvo no dejaba de crecer hasta el techo. Menos mal que Ardeña, profesional de la sedimentación residual, no es, como suele decirse coloquialmente, un punto filipino. No hay en su estética nada malintencionado o tan solo es paródicamente revisionista. Herederos estupefactos del ready-made, sabemos de sobra la importancia que tienen sus cominos.

fernando castro flórez

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