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El ocaso de la gran ola

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Es inevitable recordar el final de Blade Runner porque hemos visto cosas inimaginables y ni siquiera tenemos lágrimas que terminen mezcladas y olvidadas en el seno de la lluvia. Los que vimos comenzar la primera guerra del Golfo, en riguroso directo, y escuchamos aquella increíble sentencia de que Bagdad bombardeado parecía un árbol de Navidad, no podíamos saber que el siglo XXI comenzaría con un atentado colosal, con la gemelaridad arquitectónica caída por tierra. Desde entonces, la catástrofe o, como le gusta decir a Paul Virilio, «el museo del accidente» es infatigable. La tierra tiembla o está, valga el recuerdo de Glauber Rocha, en trance: desde el terremoto de Chile al tsunami de Japón hemos visto que «todo lo que es sólido se disuelve en el aire». Epicentro -palabra que martillea mi imaginario desfasado- para un tiempo que está fuera de quicio. Algo peor que una ola gigante, un magma negro e informe donde todo se confunde, heredero del maelstrom, pura visión de pesadilla, deja las ciudades reducidas a la condición de tierra baldía, como hemos podido comprobar por Google Earth.

Se impone la imagen de la ola de Hokusai, sin pintoresquismo, con todo su poder aterrador. No es ni mucho menos algo sublime, por retornar a la estética romántica, sino descomunal. Aquella iconografía japonesa de montañas casi metafísicas y paisajes de brumas hoy está sometida a la transparencia obscena del accidente. Toda evocación del «milenarismo» o de las tradiciones hiper-ritualizadas queda ahora patética porque el País del Sol Naciente recupera una situación que es parte de su estrato traumático. Algunos citan de la forma más confusa la frase que atribuyen a Adorno de que la poesía no es posible después de Auschwitz (olvidando la vindicación del nihilismo beckettiano e incluso de la poesía críptica de Celan), pero suelen olvidar lo fácil que resulto olvidar Hiroshima y Nagasaki. Lo peor de todo es que ahora no hay ni enemigo cruel, ni sublimación posible: es la naturaleza la que impone una vida de drama a la intemperie.

El eterno retorno

Las explosiones de las centrales nucleares, esa lucha a vida o muerte para enfriar las fuentes de la energía que «necesitamos», hace que retorne otro fenómeno reprimido que impuso su destrucción hace 25 años: Chernobil. Son malos momentos para recordar algunos tópicos por los que podemos tener querencia. No sirve de mucho el elogio de la sombra de Tanizaki, ni el heroísmo teatralizado y retardatario de Mishima. La pantalla del karaoke está literalmente desconectada.

¿Qué destinatario tendrían hoy las cartas de Iwo Jima que Clint Eastwood tiene que narrar como reverso del fake de una bandera izada antes de tiempo? Japón ha sido algo más que el otro de Occidente; en cierto sentido, llevó la lógica delirante del turbo-capitalismo a sus extremos vertiginosos. Dejemos atrás la nostalgia shakesperiana de Kurosawa para comprender que el sarcasmo, entre otros, de Kitano da cuenta de una sociedad ultra-barroca en la que la escenificación e incluso el freakismo han adquirido dimensiones impresionantes. Los inventores del tamagochi saben de sobra que hoy la única trascendencia es la de una mascota virtual, un llavero que podría ser buen colega del huevo Kinder. En Japón se entronizó el gadget, y así pudieron desplazarse sin mucha erosión mental de los jardines zen al anime. Del manga a Pokemon fueron capaces de encontrar placer en el exceso. No tenían miedo a estar lost in translation.

Una sociedad de la autodisciplina derivó en un espectáculo del simulacro obsolescente. Frente a los artistas chinos más recientes que asumieron una estética de la crudeza o un realismo traumático, los japoneses son los verdaderos fundadores del after-pop, capaces de reciclar cualquier cosa con un desenfado inexplicable. Basta recordar a artistas como Morimura o Hirakawa; el cosmos esotérico e hipertecnológico de Mariko Mori o la regresión deliberadamente «infantil» de Yoshimoto Nara. Si abordan la desigualdad, como es el caso del grupo Kyopi Kyopi, o los modos de vida tal y como los reformula Ozawa, no es que sean unos antagonistas inasimilables. Sin duda, el gran santón regional y global es Murakami que ha sabido darle una singular vuelta de tuerca al sistema productivo warholiano sin caer en su mítico trancredismo.

La lógica del «merchandising»

Sus plantas y setas sonrientes, las eyaculaciones monumentales, la vecindad casi con el mundo del ninot fallero no le quitan ni un ápice de mérito a este artista, que, sobre todo, ha sabido adaptarse a la lógica del merchandising. Sus imágenes materializan, con todo lo que tienen de estrictamente banales, la deriva de Japón hacia los confines más remotos de la «occidentalización» sin perder ni un ápice de una extraña suntuosidad. No deja indiferente ni cuando consideramos que su estética es un burdo montaje. Esta generación de artistas enterró de un plumazo, con un clic de ratón, el formalismo y la represión precedente; encarnaban un deseo que me atrevo a calificar como híbrido. La tradición no era otra cosa que una rémora o un material adecuado para formar parte de los reciclajes o de la parodia.

Pero toda aquella estilística de la conexión cibernética, ese imperio de los signos ultrafuturistas, se acaba de fracturar. No es casual que la misma palabra tsunami sea japonesa (se comenzó a emplear el 25 de diciembre de 2004 a raíz de un importante maremoto en el Índico). Estamos más allá de la primorosa caligrafía oriental o de esos jardines de arena intactos y de una belleza difícil de describir. La fuerza de la naturaleza, el viento huracanado, que también Hokusai plasmara como aquello que desordena los textos (una imagen fantásticamente «versionada» por Jeff Wall), nos hace ver la estética japonesa del siglo XXI como una suerte de danza al borde del abismo. Había algo de compulsión festiva, pero también la inminencia del aburrimiento mortal, un frenesí de las modas y una sensación de déjà vu. Nadie puede profetizar qué tipo de «escritura del desastre» llegará, concientes de que pronto tendremos otra transmisión live de un mundo arrasado. El accidente original no es algo nuevo. Al contrario, es ese mal para que el que no hay teodicea posible. Una de las cosas que nos queda es construir imágenes, pese a todo.

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