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«Madonna no era de lo mejor»

Música

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En un apartamento de Nueva York, cuyas señas no podemos desvelar, el saxófono de John Lurie cría telarañas en la oscuridad de un armario. En el año 2000, una extraña y grave enfermedad que transmiten las garrapatas alejó de la música al ex líder de The Lounge Lizards, uno de los exponentes del jazz experimental de principios de los ochenta. Comenzaba así la etapa más dura de su vida, marcada por ocho largos años de confinamiento en casa, seguidos de otros dos dedicados a huir de John Perry, un antiguo amigo convertido en acosador. La pintura es ahora el refugio de este icono de la escena no wave del downtown neoyorquino, que participó en la pasada edición del festival Abycine de Albacete. ¿Qué le apartó de la música? La enfermedad de Lyme es de origen neurológico, y hace que escuchar música sea como oír unas uñas arañando una pizarra. En mis días malos, el sonido de dos vasos chocando me resulta insoportable. ¿Cómo recuerda la época en la que llegó a Nueva York, inmersa en la vorágine del «punk» y todo tipo de vanguardias? Había mucha gente con talento, interesante, irreverente y bastante loca haciendo cosas grandes. Era un sitio muy crudo; todo el mundo que vivía allí tenía que ser duro de una manera u otra. Ahora, lo que hay son negocios inmobiliarios y moda. Formar parte de aquello era excitante, porque hasta entonces yo siempre me había sentido como un alienígena. Desafortunadamente, a pesar del ambiente creativo que había, las obras que salieron de ese periodo no fueron tan buenas. Los que se hicieron famosos, como Madonna, no eran los mejores. Por otra parte, había tantas drogas y sexo que la música, el arte o el cine eran algo que se hacía durante el tiempo libre. La música de Lounge Lizards hundía sus raíces en el jazz, pero absorbía por completo el «Zeitgeist» del momento. ¿Cuál era su relación con la escena clásica de jazz? Yo llegué a Nueva York para tocar jazz serio, pero no había nada interesante. Por aquel entonces, los músicos reducían todo a tocar rápido. Y luego estaba lounge jazz, que sólo servía para amenizar las cenas en los restaurantes. Entonces, conocí a gente que eran más o menos de mi edad, como James Chance, que tocaban esa especie de jazz funk rock, pero con actitud punk. ¿Hasta qué punto influenció a los Lounge Lizards la música oriental? Mi mayor influencia fue Nusrat Fateh Ali Kahn. Me encantaba la música de la India, del Tibet, de África, pero también Stravinsky, Ellington o los Beatles. Quise unirlo todo y el resultado fue una música que nadie sabía cómo llamar. Igual que mis pinturas. ¿Qué conexión existe entre sus pinturas y su música? Nunca pensé que la pintura podría hacer por mí lo que hacía la música, pero lo ha conseguido. Cuando improvisas con un instrumento, hay algo que toma el poder sobre ti; no sé si es intuición, o Dios, o qué es. Cuando pinto pasa algo muy parecido. ¿Le ha aportado satisfacciones la pintura? Depende. Hace no mucho estuve unos meses en Turquía, aislado y pintando óleos sin parar, bajo una presión terrible porque estaba allí para esconderme de mi acosador. Después de haber pintado veinte cuadros en estas condiciones, cuando inauguré en Nueva York no recibí ni una reseña y ni vendí un cuadro. Fue horrible. Tiene que entender que esta vida que llevo en permanente huida es muy cara, así que necesito mucho dinero. ¿Cree que su obra está suficientemente cotizada? Mis obras sobre papel cuestan entre 10.000 y 20.000 dólares, y los óleos entre 25.000 y 60.000. Parece mucho dinero, pero cuando me muera valdrán cinco veces más. ¿Cómo surgió la idea de actuar en el cine? Conocí a Jim Jarmush a finales de los sesenta. Nos hicimos amigos, y así surgieron películas como Stranger than paradise, que en realidad me hicieron mucho daño, porque la gente dejó de tomarme en serio como músico. El cine sólo me sirvió para tener sexo con muchas chicas guapas. El cine te convierte en un mentiroso; justo lo contrario que la música y la pintura, que son bellas y grandes verdades que salen de tus entrañas.

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