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La palabra y el dibujo

Por Santiago García.

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08 de noviembre de 2009 - número: 922
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La historia más grande jamás contada se ha convertido en la historia más grande jamás dibujada por Robert Crumb, que ha realizado durante los últimos cinco años la que podríamos denominar «novela gráfica definitiva». Por supuesto que el Génesis de Robert Crumb no es la primera adaptación (parcial) de la Biblia a las viñetas. Pero este libro tiene un carácter completamente distinto, en primer lugar por ser su autor quien es: no sólo el historietista más importante de todos los tiempos, sino, sencillamente, uno de los mayores artistas vivos del mundo.

Robert Crumb (Filadelfia, 1943), hijo de un militar, empezó a dibujar cómics de niño bajo la influencia de su obsesivo hermano Charles. Robert, aquejado de lo que algunos han llamado el priapismo de la pluma, se convertiría en un dibujante incansable, amamantado con los cómics del Pato Donald y con La pequeña Lulú. Pero no llegaría a entrar en el sistema editorial del cómic, muy cerrado a principios de los 60. Crumb acabó buscando su propia salida y, tras mudarse a San Francisco, publicó en 1968 el número 1 de Zap, el cómic que encendería la chispa del underground.

Crumb fue reconocido como el rey de la nueva ola, y como un gran artista por derecho propio. Robert Hughes lo comparó con Brueghel. Sus historietas hundían las raíces en las formas tradicionales del cómic, pero eran vehículos para la expresión personal que oscilaban entre la crítica social y las obsesiones sexuales.

Un portavoz reticente. Paradójicamente, Crumb, si bien era el portavoz de una generación, una figura al estilo de Bob Dylan o Jerry García, se sentía, sin embargo, ajeno a ésta. Nostálgico de la Norteamérica previa a la cultura de masas, consideraba que la cima de la modernidad se había alcanzado en los años 20, y desde entonces todo iba en decadencia. Crumb se fue desligando cada vez más de la menguante escena underground y abrió una nueva etapa para el cómic adulto con su revista Weirdo en los años 80. Sus inquietudes temáticas se fueron diversificando y por fin, harto de Estados Unidos, se mudó a un pueblecito del sur de Francia.

Ha sido allí donde Crumb ha dedicado innumerables horas a realizar este Génesis, un proyecto nacido a partir de algunos garabatos en torno a Adán y Eva. Sin embargo, no se trata en absoluto de una adaptación satírica. Crumb se presenta en esta ocasión como simple «ilustrador». Por supuesto que todo traslado de una obra de un medio a otro supone una adaptación inherente, pero Crumb quiere poner de manifiesto dos cosas: la primera, que el texto original del Génesis aparece íntegro en sus viñetas; la segunda, que no lo ha reinterpretado en clave irónica.

Por supuesto, Crumb no necesitaba tocar ni una coma del Génesis para mostrarlo como una obra que continúa plenamente sus temas más propios. El Génesis puede verse como la clave maestra para interpretar toda la obra de Crumb, que se revela a su luz como un inmenso proyecto para descifrar los mecanismos secretos de funcionamiento de la sociedad y de su unidad más esencial, la familia. Los comentarios sobre el texto que introduce Crumb en la parte final muestran su interés por encontrar el sentido a lo que parece una caprichosa acumulación de sucesos descabellados. No es de extrañar que Crumb se sintiera atraído por un texto en gran medida velado y alegórico porque en eso se parece a las historietas que lleva realizando toda su vida.

Humanidad divina. Para Crumb, la Biblia no es la palabra de Dios, sino la palabra de los hombres, y su dibujo pone de manifiesto esa humanidad divina, ya que, por mucho que se empeñe el autor, no existe la fidelidad, sino la pretensión de fidelidad. El dibujo relee implícitamente las palabras. Decía Barthes que «el cuadro, escriba quien escriba, no existe sino en el relato que se hace de él», y podríamos decir en este caso que el texto, dibuje quien dibuje, no existe sino en el relato gráfico que se hace de él. Crumb ha reescrito el Génesis dibujo por dibujo haciéndolo suyo.

 

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