![]() |
Música Por Stefano Russomanno.
| Vota: |
| Resultado: |
|
El ruido eterno es uno de esos raros libros capaces de lograr un imposible. Que un libro sobre la música clásica del siglo XX gane dos premios literarios de gran prestigio (el National Book Critics Circle Award y el Guardian Book Award) y sea finalista del Pulitzer es de por sí llamativo. Que haya estado además en las listas de los libros más vendidos es cuando menos milagroso.
A lo largo del siglo pasado, en el ámbito de la música culta se ha consumado un incontrovertible distanciamiento entre el creador y la audiencia: el repertorio contemporáneo ha venido a tener un espacio muy marginal dentro de una oferta básicamente conformada por piezas del siglo XVIII y XIX (sin olvidar el espectacular auge de la música antigua en tiempos recientes).
Enervar al público. Mientras que la obra de artistas como Kandinsky, Picasso, Pollock o Warhol ha conseguido calar en el imaginario colectivo, la dodecafonía de Schoenberg -surgida hace más de ochenta años- sigue sonando esotérica para la mayoría de los oyentes actuales. Y qué decir de la equiparación entre ruido y música o de la utilización de procedimientos aleatorios en la composición, percibidos todavía a menudo como experiencias estériles y abstrusas cuya consecuencia última ha sido, según algunos, la de enervar y ahuyentar al público.
Crítico musical del New Yorker desde 1996, Alex Ross ha cogido el toro por los cuernos. El ruido eterno tiene, en primer lugar, el valor de estar escrito sin complejos. El autor se entrega por completo a la materia que está tratando, totalmente confiado en su belleza e interés. Por ello precisamente resulta tan persuasivo y seductor, porque habla desde el placer y no desde la reivindicación.
Elaboración polifónica. El título completo del libro dice mucho acerca de las intenciones del autor: «Escuchar al siglo XX a través de su música». En el relato de Ross, la música se convierte en la banda sonora y en el espejo fiel de un siglo revuelto, contradictorio, sumido en una condición de perpetua crisis. La disonancia y el ruido son el diapasón de los cien últimos años, la nota dominante de una época marcada por la barbarie del fascismo y el estalinismo, los dos conflictos mundiales, el holocausto y la guerra fría. Aunque El ruido eterno nos dice también que «En la música del siglo XX, en medio de todas las tinieblas, la culpa, la miseria y el olvido, la lluvia de belleza no cesó nunca».
Ross no contempla la Historia -ni tampoco la Historia de la música- como una palestra donde se enfrentan ideas y principios, sino como el escenario vital donde convergen unos destinos tanto individuales como colectivos. Por eso, en lugar de establecer recorridos rectilíneos o adoptar esquemáticas reparticiones, El ruido eterno sigue un tipo de elaboración polifónica más propia de una novela de Tolstoi o Thomas Mann. Los personajes aparecen, desaparecen y vuelven a aparecer, los acontecimientos se conectan entre sí como en arcos de gran amplitud. Desfila por las casi setecientas páginas de El ruido eterno una asombrosa multitud de figuras, de las que Ross sabe trazar, incluso con pocas líneas, un perfil certero.
Conexiones recíprocas. La introducción del libro se abre con el relato de un encuentro entre Berg y Gershwin en la primavera de 1928. En ese cara a cara entre músicos tan dispares se encuentra una de las claves maestras de El ruido eterno: la voluntad de mostrar que todo está entrelazado, que la realidad no sabe de separaciones netas ni de oposiciones absolutas. En un recorrido que empieza con el estreno de la Salomé de Strauss (1905) y llega hasta nuestros días, Ross no se cansa de subrayar las recíprocas conexiones entre la música culta, las bandas sonoras de las películas de Hollywood, el jazz, el rock o el pop. Los párrafos finales suenan como una refutación de Adorno en toda regla: «En los comienzos del siglo XXI, el afán de enfrentar la música clásica a la cultura pop ha dejado de tener sentido intelectual y emocional».
De las tres partes que componen El ruido eterno, las dos primeras (correspondientes al período 1900-1945) tienen su baza principal en la reconstrucción vibrante de los acontecimientos y de sus protagonistas. Al tratarse de épocas y temas que cuentan ya con una abundante bibliografía, el análisis de Ross se mueve en terrenos consolidados y ofrece pocas sorpresas. En la tercera parte (1945-2000), el autor tiene en cambio que apoyarse más directamente en su experiencia personal de oyente, con resultados a veces muy imaginativos.
Con una indudable capacidad divulgadora y un estilo fluido incluso en los aspectos más técnicos -cualidades que la excelente traducción de Luis Gago traslada con habilidad y competencia al idioma castellano- Ross logra convertir las peripecias de la música del siglo XX en una novela apasionante: una historia de mucho ruido, pero también con muchas nueces.
inserta tu comentario

comentarios