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Libros Por Luis Alberto de Cuenca.
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Walter Burkert (Neuendettelsau, Baviera, 1931) es uno de más agudos y perspicaces historiadores de las religiones que existen hoy día en el mundo. Sus clases de filosofía griega en la Universidad de Zúrich se han hecho justamente célebres. Acantilado ya había publicado otro libro suyo, De Homero a los Magos (2001), que no tenía desperdicio. Ahora nos regala este que comentamos, subtitulado La huella de la biología en las religiones antiguas, fruto de las llamadas «Conferencias Gifford» (establecidas por Lord Gifford en Escocia a finales del siglo XIX para promover y difundir el estudio de la Teología Natural) que el autor dictó en Universidad de Saint Andrews en febrero y marzo de 1989.
La tesis del libro es que, de alguna forma, la religión es algo natural y hasta biológico, que forma parte del tejido más sustantivo de lo humano por cuanto ofrece estabilidad y continuidad a la cultura del homo sapiens desde que éste obtuvo el segundo sapiens de su apellido adquiriendo el lenguaje. Así, por ejemplo, la técnica para conservar el fuego exigía del hombre primitivo un cuidado constante, garantizado por la existencia de ancestros míticos o dioses inmortales que asumirían el alto patrocinio de ese cuidado. De manera que el homo sapiens sapiens, a diferencia de los homínidos que lo precedieron, incluido el de Neanderthal, se identificaría con el hombre capaz de hablar (homo loquens), con el hombre artesano (homo artifex) y con el homo religiosus.
Urdimbre genética. El progreso de la Historia, si es que podemos llamarlo así, no puede, por lo tanto, dar al traste con las creencias religiosas del ser humano, pues estas, por irracionales que sean -que lo son, sin lugar a dudas-, forman parte de nuestra urdimbre genética. La sustancia de la religión tiene que ver con rasgos tan típicos de nuestra especie como la ansiedad y el temor. «Transmitir religión -dice Burkert- es transmitir miedo.» Lo dejó dicho Estacio en su Tebaida (III, 661): primus in orbe deos fecit timor («el miedo fue el primero que produjo dioses en el mundo»). Y, por si fuera poco, en acadio la palabra que designa la religión es puluhtu, «miedo».
¿Saben ustedes de un sentimiento más nuestro, más humano, que el terror? ¿Quién podría decir que la religión es, simplemente, una superestructura de carácter opiáceo cuando hunde sus raíces en el miedo, nuestra característica esencial? Además, algo tan humano como la dominación opresiva de unos hombres sobre otros es más fácil de soportar si los que oprimen son a su vez oprimidos por un dios («los primates -escribe Burkert- tienden a reaccionar a la amenaza de un compañero dominante amenazando a su vez a un inferior»).
La creación de lo sagrado es, todo él, un libro muy entretenido, pero su capítulo 3, «El núcleo de un cuento», supera todas las expectativas en diversión lectora. Según Propp, en su célebre Morfología del cuento, toda historia debe verse como una secuencia de treinta y una funciones. Simplificando esas funciones, Burkert se encuentra con que constituyen el programa biológico preciso para satisfacer las necesidades de un ser altamente organizado, lo que muestra a las claras hasta qué punto esas historias, antaño sagradas y contadas por el chamán a la asamblea de la tribu para explicar el mundo (aquí los mitos), se ha ido degradando como discurso significativo hasta convertirse en pulp fiction, pero, eso sí, sin renunciar al origen último, inequívocamente biológico, de su razón de ser, tan ligada a lo religioso.
La erudición de Burkert es tan apabullante y, al mismo tiempo, tan amena en este terreno, que su capítulo sobre los cuentos es una auténtica delicia. Como lo es el dedicado a la «Jerarquía», a la conciencia del rango, instalada en nuestras entretelas más íntimas (mal que le pese al principio de égalité que trató de imponerse en vano a partir de 1789), aunque no sea más que porque recordamos nuestra vida arbórea antes de adoptar la posición bípeda, considerando el árbol -origen de la dimensión vertical que otorgamos a lo divino- nuestro refugio y nuestra seguridad, o sea, un dios que por aquel entonces aún no nos había concedido la vida ultraterrena, sino tan sólo una manera de huir de los depredadores que amenazaban nuestra existencia.
Situaciones críticas. Burkert propone, pues, unos patrones biológicos para la religión, ese conjunto de ritos y de mitos que ofrece soluciones a situaciones críticas recurrentes en las existencias individuales y que «todavía reside [y seguirá residiendo per saecula saeculorum, añado yo] en los valles profundos del paisaje de la vida». Estrechamente relacionada con la invención del lenguaje, la religión «sigue las huellas de la biología». La soberbia argumentación que para probar ese aserto despliega Walter Burkert en La creación de lo sagrado lo convierte en verdad de fe. Al menos para el que suscribe.
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