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Firmas Por Andrés Ibáñez.
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Leo a Nadine Gordimer, uno de tantos autores que me son totalmente desconocidos. Y después de adentrarme en una de sus novelas (Get a Life), tengo de pronto una de esas típicas revelaciones de verano. Lo cierto es que me he pasado la tarde metido en el mar y dejándome arrastrar por las olas. Deberé achacar esta revelación a esa magnífica claridad que trae siempre el mar.
Para los anglosajones, las palabras están unidas a las cosas. De aquí su curioso sentido «práctico» de la existencia, su uso enormemente funcional y antirretórico del lenguaje. De ahí sus hábitos conversacionales, también, su dificultad para «charlar» (una habilidad que cualquier latino adquiere ya en la cuna). Los anglosajones hacen lo que dicen y dicen lo que hacen. Esto no quiere decir que no mientan, claro está. Pero resulta interesante recordar que en el mundo anglosajón nada hay tan horrible, tan vil, tan degradante, como mentir. Los latinos mienten continuamente, no por maldad o por deseo de provecho (aunque también puedan hacerlo por esas razones), sino por un hábito, también aprendido en la cuna, de separar lo que se dice de lo que se hace. Hablan de forma grandiosa, hacen afirmaciones tajantes y planes que cambiarán el mundo, toman resoluciones vitales que darán un giro a su existencia. Y luego, como en el soneto de Cervantes, se van y no hay nada.
Expresar sentimientos. Recuerdo que en una clase de inglés, cuando yo era niño, la profesora se moría de risa ante esas afirmaciones españolas del tipo «llevo dos horas esperando». Porque si un anglosajón dice que lleva dos horas esperando lo que quiere decir es que lleva esperando, literalmente, ciento veinte minutos. Para los anglosajones, las palabras y las cosas están unidas. Para los latinos, están claramente separadas y habitan mundos diferentes. Sin embargo, los anglosajones tienen enormes dificultades para expresar con palabras lo que sienten. Les parece impúdico hacerlo, una pérdida de dignidad, y también una pérdida de la posición de poder y control que es tan importante para ellos. Para los anglosajones, las palabras y los sentimientos están separados. Para los latinos, por el contrario, están directamente entrelazados. El que dice «llevo dos horas esperando» no intenta comunicar una información objetiva, sino transmitir un sentimiento. En la novela de Nadine Gordimer, la autora nos advierte que los padres están muy afectados por el hecho de que su hijo tenga cáncer y esté a punto de morir. Aunque no digan nada, como es natural (para no empeorar la situación, por discreción, por esa «natural contención» que a los anglosajones siempre les parece lo correcto en estos casos).
Distancia irónica. Esta diferente relación con las palabras tiene efectos directos y radicales en las artes, especialmente en la literatura. Puesto que los anglosajones no pueden hablar directamente de los sentimientos porque ellos usan el lenguaje para hablar de cosas, al escribir, lo que hacen es crear cosas. Cosas: imágenes, situaciones, el famoso «correlato objetivo» del que hablaba Eliot. Surge así la poesía inglesa, con su atención al mundo real, a las situaciones de la vida, a la voz, a los objetos, a las profesiones, a lo que ven los ojos y oyen los oídos. Surge la novela inglesa, basada en la distancia irónica. ¿Acaso no son distancia e ironía los ingredientes principales del arte de la novela? ¿Y no lo son también del carácter anglosajón?
Es posible que lo que yo más ame en el mundo sea la poesía española, seguida de cerca de la poesía en inglés. Al mismo tiempo, uno siente que a la poesía inglesa y americana hay dos cosas que le son vedadas: por un lado la locura y la desmesura de Baudelaire y de Rimbaud, por el otro lado, la sensualidad mística de Hafiz y de San Juan de la Cruz. La locura, la sensualidad, el amor, es decir, todo aquello que no es distancia e ironía. La poesía inglesa inventó el paisaje y la contemplación de la naturaleza, pero ¿cuál es el gran poeta inglés del amor? Por mucho que pienso, no se me ocurre ninguno.
Sin embargo, la balanza no está equilibrada, como es bien notorio. Porque la literatura anglosajona, con su distancia emocional con las palabras, ha logrado crear una maravillosa tradición poética, mientras que nosotros todavía no acabamos de comprender en qué consiste exactamente ese género literario que se inventó, precisamente, en Toledo. Me refiero, claro, está, a la novela.
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