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Objetos parlantes

Libros Por Jaime Siles.

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18 de julio de 2009 - número: 912
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Los filólogos clásicos acuñaron la designación de nombres parlantes para aquellos antropónimos que, por sus elementos componentes, son en sí mismos una definición. Los arqueólogos utilizaron una expresión similar -la de objetos parlantes- para describir la condición fáctica de las copas, vasos, armas y piedras que hablan. Jorge Gomes Miranda (Oporto, 1965) articula su libro El accidente sobre una diversidad de personas poemáticas que no son las que el culturalismo antiguo y moderno puso en uso, sino otras originalísimas instancias de discurso del yo: la de los objetos cotidianos que, en sus poemas, asumen la primera persona gramatical y hablan.

La lingüística general -Benveniste, en concreto- había elaborado una teoría moderna de los pronombres que los gramáticos antiguos -sobre todo Prisciano- habían adelantado ya: según ella, yo es todo lo que puede decir yo, inclusive una cosa. Es esta instancia del discurso la que Gomes Miranda asume como forma y como perspectiva aquí, en un no muy amplio conjunto de poemas que funcionan como monólogos de cortometraje y que objetivan la elíptica arquitectura y posición de un yo ya no moderno sino contemporáneo: es decir, arrojado a un inútil, descentrado y descreído existir, en el que la angustia no es un estado, sino la consecuencia de una crisis que el sujeto histórico vive y sufre en y como serenidad.

Naturalezas muertas. Esta angustiada serenidad aparece en el último movimiento del primer poema, «Taza», en el que -como en «Ávila la piedra...» de Guillermo Carnero- la tectónica del texto subraya el constraste con lo anteriormente relatado, al oponerle ese «Fuera, la noche continúa / su trabajo de demolición». Este constante espectáculo de las cosas que -como las naturalezas muertas del Barroco- desarrollan una teatralidad no es el que el cubismo plástico o la poesía pura de Guillén nos ofrecen, ni es tampoco el poema-cosa al modo en que Rilke lo entendió: algunas focalizaciones de «Mesa de trabajo» coinciden con las de la poesía primera de Juan Lamillar y recuerdan la disposición espacial y la actitud mental de la pintura metafísica. Las personas poemáticas son el cuaderno, la hoja de afeitar, el reloj, la cámara fotográfica, el ordenador o el lápiz: todos ellos con su propia voz, y nosotros, la puesta en escena y el telón de fondo en el que lo mirado se proyecta.

No lejana de la distancia ocular de Morandi y de Stevens, la poesía de Gomes Miranda es existencial y metafísica a la vez, y extrae de lo minúsculo el sentido profundo del ser y de las cosas. De ahí su extrema contención sentimental y su elegante lucidez lírica. Su título recuerda al del famoso cuadro de Ponce de León rescatado no hace mucho por Juan Manuel Bonet y Rafael Inglada, pero su clima es otro, que, en algunos puntos, parece próximo a los procedimientos narrativos de Robbe-Grillet.

«Billete de tranvía» nada tiene que ver con el madrigal que al mismo tema dedicó Alberti; en «Lápiz» resuenan ecos senequistas e, incluso, algún verso de Ovidio detectado por Francisco Rico en un soneto de Quevedo que Antonio López Luna convirtió en título de libro después. Gomes Miranda busca algo de «calor nocturno / en el riguroso invierno de la página», y tematiza, en dos versiones diferentes, las posibilidades poéticas de la hoja de afeitar: en la primera, «Arrancada del rostro de una sombra, / otra, aún sin nombre, / embiste ya contra la piel»; en la segunda, «En verano: mañanas que recordaban / crepúsculos».

Su escritura -como indica en «Calendario de bolsillo»- «escruta verbalmente / cada estrato de la conciencia del mundo». Y lo hace no desde un sentimiento trágico de la vida, sino, leopardianamente, desde una asunción y aceptación de la realidad, que es, más que el lenguaje, la materia con que este autor trabaja. José Ángel Cilleruelo -que lo ha traducido y prologado con exacto y pulcro decir- ha descrito muy bien tanto sus tonos como sus mecanismos: el planteamiento del poema «de una forma en apariencia directa y plana» y «con una baja densidad verbal», tan intensa como profunda («Sin angustia, sin sombra, / en espera / de una revelación cualquiera»), que le permite mantenerse a la suficiente «solitaria distancia» que es la «única forma de sobrevivir».

Espejos del yo. Gomes Miranda trabaja el encuadre y el plano, la sintaxis entrecortada y la rapidez de la yuxtaposición. La suya es una poesía óptica que, en sus mejores momentos, se asemeja a un cuadro y que parece seguir el recorrido de una cámara que supiera muy bien la diferencia entre el acaso y la necesidad. La sensación que infunde es tan segura como convincente: muestra, no demuestra, y, en este mostrar suyo, no se le puede -ni se le debe- pedir más. Gomes Miranda es un poeta válido y líricamente coherente, en el que los espejos del yo -sea éste cual sea- ponen en juego el accidente de toda identidad: sobre todo, la de nosotros mismos.

 

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