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Libros Por José María Pozuelo Yvancos.
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El maestro Claudio Guillén trazó en su ensayo El sol de los desterrados: literatura y exilio una aguda reflexión que tituló «Del destierro al destiempo». Profundizaba allí en la idea de que lo peor del exiliado no es ya el destierro, sino el «destiempo», lo que marcó de modo dramático el retorno de muchos de ellos. Es posible que el desterrado vuelva a su tierra, pero no puede evitar que su tiempo sea ya otro, el que quedó atrás, muy diferente del que se encuentra ahora, porque la vida siguió sin él, alguien que pertenece a la España que fue, y no a la que encuentra. Ese destiempo es inevitable (y triste muchas veces, como le ocurrió a Max Aub.)
La raíz rota, de Arturo Barea, trata de esta vivencia. Antolín, un exiliado republicano que se ha instalado en Londres tras muchas penalidades y se ha nacionalizado inglés, logra sobrevivir e incluso tener allí una vida amorosa estable. Viaja a Madrid en 1949, diez años después de su forzada partida, para ver el modo de arreglar su situación familiar, puesto que aquí dejó una mujer, Luisa, y tres hijos: Amelia, Pedro y Juan. La novela recorre las vicisitudes de ese imposible reencuentro, porque la familia que Antolín abandonó cuando los hijos eran unos críos, es ya otra, y los jóvenes atraviesan una edad muy difícil y tienen problemas agudos de convivencia y políticos. Tampoco con su mujer hay una comunicación fácil ni posible.
Plana mayor. Resulta increíble -hay que decirlo no sin un cierto rubor- que hayamos tenido que esperar a 2009 para ver publicada esta novela en España (se publicó en inglés en Londres, en 1951, y hubo una edición argentina en 1955), sobre todo porque Arturo Barea no es precisamente un desconocido. Su trilogía La forja de un rebelde figura en la plana mayor de la novela de la primera mitad del siglo XX.
Pero aún hay más: La raíz rota, sin alcanzar la calidad de aquella trilogía o de las novelas de Max Aub o Mercè Rodoreda, es una de las obras más notables que pueden leerse sobre la España de 1949 y ha permanecido hasta ahora prácticamente ignorada y, desde luego, inasequible.
La lectura de la novela es una experiencia interesante por varias razones. La menor me parece a mí que radica en que la figura de Antolín sea un álter ego de Barea, quien no volvió a España, pero fue capaz de figurarse la situación de un exiliado en iguales circunstancias a las que podrían haber experimentado miles de españoles.
Miseria cotidiana. Más me importan los dos vectores que gobiernan su estructura: el primero es la radiografía de la España de 1949, no ya únicamente porque ha podido reflejar la miseria de la vida cotidiana de esos días, sino porque hace una disección moral de enorme calado en la podredumbre del estraperlo, en la forma como una sociedad se ha corrompido hasta el extremo, con figuras que tienen una caracterización moral deplorable: Consuelo, regentadora de un hipócrita prostíbulo; el descreído y corrupto coronel Caro; el cínico cura don Santiago, o el propio hijo de Antolín, Pedro, quien por medrar se ha hecho falangista y vive como proxeneta y estraperlista.
El cuadro social que Arturo Barea traza, en el que a estas figuras contrapone otras de dibujo noble, como Felisa o Rosa, las mujeres mayores que hablan diciendo todo sin atreverse a decirlo, posee fuerza y verdad, por más que se vea aquejado de un esquematismo algo rígido, derivado quizá de su ambición por ofrecer todo el cuadro de posibilidades.
Junto a este vector, la novela tiene otro: la situación familiar. Aquí hay asimismo claroscuros: es estupenda la figura del protagonista, Antolín, con sus dudas y temores; un personaje complejo. Pedro, el hijo malo; Juan, el comunista bueno, y Amelia, la mística, están quizá demasiado forzados a ser representantes de las opciones que había, y es el mayor reproche que a la novela cabe hacerle, así como un cierto idealismo ingenuo en el modo de resolver la salida de Lucía y el final de la historia.
Por lo demás, hay en estas páginas escenas de escritor de primera fila, y sobre todo hay algo que beneficia mucho a la novela: una forma ética en la perspectiva, una claridad de juicio sobre el amor/desamor o la huella del tiempo que convierte La raíz rota en una buena recuperación para la literatura española y también un valioso cuadro de época.
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