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Materia de memoria

Libros Por Luis García Jambrina.

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11 de julio de 2009 - número: 911
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Jaime Siles (Valencia, 1951) no es uno de esos poetas que publican con mecánica regularidad. Por eso, en su trayectoria, tras un período más o menos dilatado de silencio editorial, puede venir otro en el que publique dos y hasta tres libros en poco tiempo, como ha sucedido ahora. Hace apenas unos meses daba a la luz casi de forma simultánea Actos de habla y Colección de tapices. Si el primero, galardonado con el XIII Premio de Poesía Ciudad de Torrevieja, ampliaba y culminaba de alguna manera el tercer ciclo poético del autor, compuesto por textos más largos y meditativos y una poesía más madura y existencial, el otro, que obtuvo el XIX Premio de Poesía José Hierro, conectaría más bien con su segundo ciclo, caracterizado por la vuelta al «lenguaje del sonido» y a la métrica clásica, puesta, eso sí, al servicio de la modernidad.

Pues bien, el libro que ahora acaba de aparecer, Desnudos y acuarelas, tras haber conseguido el XXII Premio Tiflos de Poesía, sería, a mi juicio, una perfecta síntesis superadora de esos dos ciclos o caminos. De hecho, estamos ante poemas muy largos y meditativos, pero aquí encauzados en una forma clásica y cerrada de una gran musicalidad y plasticidad. Y, en este sentido, cabe subrayar la correspondencia existente entre la métrica, rigurosa y exacta, y el sentido de estos poemas, cuya intención última es evocar y fijar poéticamente algunos instantes epifánicos del pasado para que no se pierdan de manera definitiva («Ahora que soy viejo / quiero fijar la huida / de ello en el espejo / que reflejó mi vida»).

El paso del tiempo. El libro, como ya indica el título, se divide en dos partes que podemos considerar complementarias. La primera está constituida por una especie de texto prólogo, «Concierto para una exposición», que proclama la tenaz resistencia del amor frente a los estragos causados por el paso del tiempo («Todo se va quedando / en su interior sin vida. / Todo, menos nosotros: / nuestro amor no termina»), y un largo poema en seis partes titulado «Sucesión de desnudos», donde el yo lírico evoca plásticamente algunos cuerpos amados del pasado, a la luz -cada vez más borrosa- de la memoria sensitiva («La vida es esta playa / vista bajo la lente / borrosa que se halla / sólo, sólo en mi mente»).

En la segunda parte, el sujeto poético, consciente de su acelerada e irreversible disolución, intentará recobrar, ante algunos lugares vistos o evocados, la emoción sentida en ciertos momentos especialmente intensos y reveladores de su vida. Así sucede, de forma paradigmática, en el poema titulado «Veduta di Villa Borghese trentotto anni fa», donde leemos: «Villa Borghese, espero / que me traigas a mí / la emoción de este tiempo / revivido ahora en ti. / [?] / Tenía dieciocho / cuando llegué hasta ti / y he muerto varias veces / varias muertes sin fin. // Pero he vuelto a verte / y ha vuelto a resurgir / el antiguo muchacho / que un día ante ti fui». También en el hermosísimo «Tardes de Salamanca» (dedicado a la memoria del sabio y humanista Antonio López Eire, recientemente desaparecido), donde se pregunta: «¿Qué anula una imagen / y qué la resucita? / ¿Materia de memoria / es toda nuestra vida // o sólo esos momentos / en los que se aniquila / el yo, y es su recuerdo / lo que nos imagina?».

No menos hermoso y significativo es «Mañana puntillista», donde la melodiosa caída de la nieve le llevará a experimentar una clara reminiscencia: «Esta mañana en Aix / el aire puntillista / me ha devuelto un paisaje / preciso de mi vida».

Velo de seda. Este extenso poema nos muestra, además, cómo el sujeto contempla el mundo bajo especie de arte («Un ciprés de Dérain / o un paisaje cubista / unos copos de nieve / en una sinfonía?»). De ahí la extraordinaria correspondencia, presente también en otros muchos lugares del libro, incluido el título, entra arte y vida (y, dentro del arte, por cierto, entre música, pintura y poesía): «Pero es Seurat quien puede / pintar la nieve fría, / la que cae sin caer, / desnuda, suspendida // en un velo de seda / donde está resumida / no la nieve que cae / sino toda mi vida».

Morir será un sonido. Por último, hay que decir que la muerte sobrevuela los poemas con los que se cierra el libro: «Morir será un sonido / de tinta y de papel / sobre la núbil noche / en que me anularé», leemos, a este respecto, en «Ultima necat». Pero Desnudos y acuarelas es una obra traspasada de erotismo y vitalismo, sensualidad y sensorialidad, lo que explica la importancia del ritmo, las sinestesias, las aliteraciones?, o la extraordinaria riqueza verbal. Unos versos, en fin, que le permiten al yo lírico volver a ver lo que ya no veía: «materia de memoria».

 

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