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Un armario lleno de luz

Libros Por Anna Caballé.

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20 de junio de 2009 - número: 908
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Las memorias de infancia son, indudablemente, la forma autobiográfica más frecuentada por los poetas. En toda vida humana la infancia puede verse como un espacio cerrado, susceptible de tratamientos hiperbólicos que difícilmente un memorialista aplicaría, sin ruborizarse, a otras etapas de su vida. Y es que la hipérbole, en la infancia, no sólo es posible sino que funciona porque alude a un dominio siempre mágico, el de la configuración del sujeto, allí donde se tejen las tensiones y los mitos con los que el ser adulto deberá bregar. Para un poeta, además, el espacio de la infancia puede ser una excelente oportunidad de ejercitar su estilo, y confieso que abrí Un armario lleno de sombra con cierta prevención, por ese motivo. ¿Recurriría Antonio Gamoneda al género como una mera extensión de un lenguaje poético ya firmemente establecido en su caso? No hay más que leer las primeras frases del libro para comprender que su nivel de exigencia literaria no le consiente ni la hipérbole ni el manierismo.

Primera secuencia. Gamoneda se ubica en el creciente olvido de la vejez, en medio del cual están los recuerdos. Y es la configuración actual de la memoria, después de múltiples sedimentaciones, la que se propone rescatar el poeta, a partir de una primera secuencia memorable, antológica, relacionada con la muerte de su madre. El hecho obligará al autor, Premio Reina Sofía y Cervantes en 2006, a revisar sus cosas más personales; a abrir, por ejemplo, el armario que siempre la acompañó y del cual el poeta conoce las excoriaciones más menudas. Ese armario funcionará en Gamoneda como la célebre magdalena en Proust: ambos objetos simbolizan el pasado, manifestado íntegramente, de pronto, por el impulso que genera su percepción. El armario materno es el epicentro de los recuerdos del poeta; sin embargo, sólo ahora, a raíz de su fallecimiento, se abre plenamente para él, pudiendo acceder a la parte oculta de su contenido. Ah, cuánto podría decirse de un armario: es un órgano de la vida psicológica secreta, afirma Bachelard en La poética del espacio. En efecto, ¿qué haríamos sin ellos? ¿Cómo podríamos soportar la confusión?

Olores antiguos. Gamoneda lo abre y percibe el tumulto mudo de los recuerdos. Para empezar, el olor materno, suavemente sostenido, como una segunda atmósfera, por los restos de una colonia o de un jabón antiguo; el estante de los bolsos -un espacio cerrado en otro espacio cerrado, el del bolso más próximo a la intimidad-; los bolsillos de los abrigos -otro espacio cerrado-, con minúsculos restos de una vida. Los recuerdos acuden presurosos si se vuelve a ver el estante donde descansa una mantilla mordida por las polillas o un gastado envoltorio de papel de seda que el niño vio abrir ¿cuántas veces? Gamoneda acepta el impulso bergsoniano, la fuerza psíquica que le proporciona un hecho tan sencillo como escudriñar su interior, sólo para sus ojos, y con ella construye unas «líneas de hechos», cada una de las cuales no proporciona más que la dirección de la verdad.

Gamoneda no quiere ir más lejos, no prolonga las líneas esforzándose en suturar la discontinuidad de su relato de infancia, pero no se contentará con menos. Las líneas son las que son y dicen lo que dicen, los vacíos también. De modo que el armario funciona metafóricamente como la envoltura externa que concentra y repite en espacios interiores todo aquello que el autor sabe de su infancia, basta con aplicarse a la percepción presente y precisar su origen y sus ramificaciones. Llega un momento en que el recuerdo se inserta tan bien en la percepción que el lector no sabe dónde termina una y dónde comienza el otro.

Creo que en Un armario de sombra Gamoneda ha podido desarrollar su pensamiento poético de una forma inédita y conmovedora. Yo puedo decir que no olvidaré fácilmente esa imagen de su madre, entristecida por la adversidad, o las recuas de prisioneros en dirección al penal de San Marcos con la mirada fija, inexpresiva, que el niño capta desde su balcón. La ciudad de León, la fiereza del franquismo, el destino de un niño pobre, están ahí, en un viejo armario lleno de luz.

 

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