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Arte Por Javier Montes.
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«Yo pienso que Sorolla era uno de los mejores pintores de la época; pero a mí eso no me interesa mucho. Sorolla y Zuloaga eran por el estilo: artistas de receta, con una técnica mejor o peor, pero sin espíritu. Como todos los hombres que triunfan en su tiempo, su obra tuvo después un momento de oscuridad; pero, probablemente, saldrá a flote, más pronto o más tarde». Lo dice Baroja en sus memorias, y lo recoge el sólido apéndice sobre la fortuna crítica de Sorolla del impresionante catálogo de su retrospectiva en el Prado (con complemento en el Museo Sorolla de Madrid).
Aclamación popular. Tenía y no tenía razón Baroja, si por lo de «salir a flote» pensamos, precisamente, en su fortuna crítica. Porque con el público Sorolla fue afortunado pronto: a los treintaypocos tenía calle en Valencia. Y hasta su muerte, con triunfos en París y sobre todo en EE.UU. (adonde se dirigió con el gran ojo que tuvo siempre para la pintura y para el comercio, a mucha honra).
Y también después de muerto. Su casa-museo ocupa un honroso cuarto puesto en cuanto a público entre los museos madrileños, aunque a distancia de los tres grandes del Eje del Prado. Y la exposición itinerante de sus paneles para la Hispanic Society ha sido la más vista en España: un millón largo de personas, más los cientos de miles previsibles de esta blockbuster asegurada del verano.
Así que el revival de Sorolla profetizado por Baroja -y el intríngulis tácito de esta muestra- está siendo, en todo caso, el de su redención crítica. Porque desde los sesenta no tenía retrospectiva en Madrid, pero hace dos años el Thyssen lo mostraba junto a Singer Sargent. Y ahora el Reina anuncia la repesca de un cuadro del museo Sorolla para el nuevo montaje de la colección permanente.
Ya se sabe que eso ha armado algo de revuelo: cuando en 1995 se deslindaron por ley las colecciones del Prado y del Reina, se fijó el nacimiento de Picasso en 1881 como frontera. Y se contemplaron excepciones (Regoyos, Zuloaga o Solana) entre las que no estaba Sorolla.
Olvido elocuente. El olvido era elocuente: se daba a entender que el valenciano no era un padre fundador de la modernidad española. La inercia noventayochista valoraba más a los pintores de la España negra, austeros y casi tétricos, regeneracionistas, mesetarios, glosados por la plana mayor de una generación literaria que desdeñaba a Sorolla. Valle le encontraba una «triste herencia fenicia», y sólo Azorín, valenciano, lo defendía. Y su paisano Blasco Ibáñez, claro. ¿Sería al final todo una cuestión de paisanaje encubierta, tan nuestra?
Ahora parece que toca cambiar las tornas y perdonarle de una vez el éxito de público ininterrumpido. O viceversa: que su éxito de público ayude a perdonar cualquier otra cuestión (hay, como hemos visto, más de un millón de razones para pensárselo). Frente a esa España Negra del 98, Borja-Villel ha hablado de la recuperación para el Reina de una España Blanca, de una tradición mediterraneísta, luminista y pagana nada desdeñable. Suena un poco rígido esto del blanco y el negro, pero nunca está mal cuestionar ideas petrificadas.
Porque a lo mejor Sorolla no era el pintor hedonista y retiniano que disgustaba a la tradición franquista y castellanófila con sus culillos al aire y su paganismo belle-époque. Eso también es demasiado fácil, porque tampoco el propio Régimen lo desdeñó del todo. Incluso puso en un billete de mil pesetas de 1951 una de sus Visiones de España: un palmeral valenciano con naranjas y falleras, típico de esos indigestos proto-Coros y Danzas -con algo de la peor zarzuelería- que, para qué engañarse, no van a ser el mejor pivote sobre el que articular un reciclaje crítico de Sorolla. Por muy buena intención que se ponga, no cuajan como prefiguración de la modernidad española, plural o no.
Toca refinarse. A veces se le ha considerado el Blasco Ibáñez de la pintura (con la diferencia de que a Blasco se le lee poco): por valenciano, por exitoso, por valiente a la hora de hacer las Américas. También por ocasionalmente basto, por prolífico y casi destajista. Ahora quizá sea hora de refinarlo y de volverlo, como quien dice, más bien el Gabriel Miró de la pintura: por sensual, por estilizado, por cosmopolita y abierto. Por mediterráneo también, claro. Y también con la diferencia de que tampoco se lee mucho al excepcional «prosista» -parece que es lo suyo decirlo así- que fue Miró.
En fin, que aunque ya dábamos por visto a Sorolla y teníamos todos (por lo menos los educados en los últimos años pre-transferencia autonómica) nuestra imagen cómoda de él (nos hemos criado viéndolo en libros, en tapas de cajas de membrillo, en almanaques, en pósters de Spain is different), quizá sea el momento de verlo con otros ojos en el Museo del Prado.
A lo mejor después uno deja de pensar que Sorolla fue un superviviente nato, huérfano y sobrino de un cerrajero que no tuvo demasiado tiempo para que le doliese España, ni andar con regeneracionismos de señoritos, porque bastante ocupado estaba con (re)generarse a sí mismo como pintor de postín (y a mucha honra, repetimos). Que pintó cuadros de Historia pompier cuando tocaba: de su tremebundo Dos de Mayo dijo por carta que «aquí, para darse a conocer y ganar medallas, hay que hacer muertos». Que se pasó al realismo lacrimógeno y de denuncia social cuando fue lo suyo (ineludible el cuadro del pescado caro, por supuesto). Que vendió a los millonarios del mundo unidos una España tópica y exótica (como los ballets de Lola Montes, vaya, perfectos para colgar en el fumoir morisco). Que pintó como nadie bellísimas escenas de playa, íntimas, vibrantes, y espléndidos bosquejos privados, plenairistas, que son lo mejor de su producción.
Todo el pescado vendido. Perdón por descubrir la pólvora (o el Mediterráneo), pero es que con Sorolla, realmente, uno piensa que ya está todo el pescado vendido. El caro y el barato. Volvemos a Baroja para darle la razón. Sorolla es un excelente pintor. Y para quitársela: no nos da igual eso. Por supuesto que no. Sorolla pintó muy bien cuanto (y sobre todo cuando) quiso, llenará el Prado y todos disfrutaremos mucho viendo por enésima vez sus grandes hits. Ahora, que en el catálogo se desliza alguna vez el nombre de Manet. Y eso tampoco.
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