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Una respuesta ética

Libros Por José María Lassalle.

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05 de abril de 2009 - número: 897
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Hay libros fascinantes y vibrantes por su estilo y por su contenido, y este es uno de esos libros. Escrito por uno de los principales pensadores liberales vivos, La libertad a prueba. Los intelectuales frente a la tentación totalitaria desactiva todas y cada una de las torpes críticas que algunos han decidido retomar siguiendo la actitud antiliberal que estuvo tan en boga a lo largo de todo el siglo XX. Para ello Ralf Dahrendorf afronta una exploración biográfica de las virtudes que hacen inmune al hombre -y en concreto al intelectual- frente a cualquier tentación totalitaria. Recurre a la figura de Erasmo de Rotterdam y ofrece el testimonio de una generación de pensadores que se inspiraron en él.

Confianza en la libertad. Los adscribe, incluso, dentro de una Societas Erasmiana y sitúa dentro de sus filas a nombres como Raymond Aron, Isaiah Berlin, Karl Popper, Norberto Bobbio o Jan Patocka, entre otros. Todos ellos nacieron con el siglo XX, entre 1900 y 1910, y todos ellos tuvieron que medirse con esa tentación que llevó, por ejemplo, a Heidegger o Sartre, a ceder a los cantos de sirena del totalitarismo. Ellos no cayeron bajo su seducción. Se resistieron a ella y salieron triunfantes. No aceptaron que el fascismo redimiera a un pueblo bajo el corsé de un salvador ni de una regeneración nacional. Tampoco creyeron que existía la esperanza de un paraíso en la tierra a través de la adhesión inquebrantable al Partido.

Pusieron la proa al pesimismo del periodo de entreguerras y de la Guerra Fría. Confiaron en la libertad y en la sociedad abierta, y mantuvieron una verticalidad moral que les hizo seguir siendo fieles a ellos mismos, quizá porque, como explica con gran lucidez Ralf Dahrendorf: «El fascismo y el comunismo fueron tentaciones que incitaban a renunciar a la libertad», y los miembros de la Societas Erasmiana no quisieron hacerlo porque no estaban dispuestos a dejar de ser hombres que querían seguir conduciendo sus propias vidas. Esta actitud de resistencia frente al totalitarismo es lo que refuerza el valor de su testimonio moral. Una resistencia que trazó una frontera decisionista que impidió que cedieran a la presión de acero que propician los absolutos políticos, económicos y religiosos frente a los que rebelaron. En este sentido, no hay que olvidar que el liberalismo surgió para desterrar la crueldad y el miedo; miedo que, por otra parte, ha sido siempre el soporte de todos y cada uno de los diferentes rostros que ha ofrecido la tiranía a lo largo de la historia. Por eso, Judith N. Shklar definió al liberalismo en su ensayo Vicios ordinarios como una respuesta ética frente al mal y el terror.

Consenso racional. De hecho, el liberalismo nació de la experiencia de las guerras religiosas y de la sinrazón absolutista del siglo XVII, conformándose desde entonces como un diseño político que ha buscado siempre contener la violencia y limitar el poder mediante un consenso racional sobre los ideales colectivos que posibilitan la vida buena.

Para Ralf Dahrendorf, esta vida buena liberal se sustentaría en la práctica de una serie de virtudes que coincidirían con las clásicas virtudes cardinales -fortitudo, iustitia, temperancia y prudentia-, pero que se adaptarían en su desarrollo al precio que hay que pagar por querer ser libre y responsable de las consecuencias derivadas de ello. Así, en primer lugar, estaría la valentía de luchar individualmente por la verdad o, si se prefiere, por buscar un horizonte de conocimiento crítico a partir de su independencia.

Visión crítica. En segundo lugar, la justicia que se desprende de tener un juicio adecuado en el seno de una situación conflictiva o, lo que es lo mismo, la capacidad de dar o quitar razones dentro de un orden acorde con ese fuste torcido de la naturaleza humana del que habló Kant.Tercero, la moderación del observador comprometido que no renuncia a la objetividad pues sabe, como apuntaba Aron, que «cuanto más objetivo se sea, tanto más necesario es saber a partir de qué punto de vista, de qué posición se manifiesta y contempla el mundo». Y, por último, la sabiduría de una razón o prudencia apasionada, algo que exige la decisión de vincularse siempre a una visión crítica y racional, y que asume que sus defensores no deben dejar de «alzar la voz cuando las pasiones irracionales amenacen con conquistar el campo del debate público». Precisamente porque los liberales siempre fueron fieles a estas virtudes, su ejemplo sigue en pie ya que demostraron que eran capaces de llegar hasta las últimas consecuencias en la defensa de lo que consideraban que era el tuétano de su dignidad. Un ejemplo que hoy todavía sigue vivo y que refleja el test, por qué no decirlo, del verdadero liberal.

 

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