abc.es | ABCD las artes y las letras | Toda la actualidad cultural | Noticias de Cultura | Eventos culturales

Números anteriores
Edición PDF
Descargar índice

Buscador avanzado

Una trilogía asiática

Por Jorge Carrión.

  • RSS
  • Comparte 
01 de febrero de 2009 - número: 888
  Vota:
Resultado: Valoración 0,0
  • Tamaño del texto

 

Los cómics de Guy Delisle siempre comienzan con un mapa de la región anunciada por el título. Shenzhen (2000), Pyongyang (2003) y Crónicas birmanas (2007, todos en Astiberri) reproducen sendos mapamundis y, mediante el zoom en blanco y negro, desglosan un destacado donde se ven de cerca, respectivamente, la ciudad china cercana a Hong Kong, Corea del Norte y Myanmar (Birmania). La puerta de entrada, por tanto, el título y el mapa, dibujan ante el lector el mismo horizonte de expectativas que cualquier libro de viajes.

Porque eso es justamente lo que son. Si Joe Sacco ha creado en lenguaje cómic algunas de las crónicas periodísticas más brillantes de nuestra época, muchas de ellas en formato itinerante; si Craig Thompson, Joe Kupert o Miguel Gallardo han llevado a viñetas el tradicional cuaderno artístico de viaje, Guy Delisle ha construido en su posible trilogía asiática una narrativa autobiográfica de tema viajero que le toma el pulso a nuestro siglo XXI de modos diversos y complementarios.

El autor como turista. Para empezar, Delisle se dibuja a sí mismo como un turista. Aunque en los dos primeros volúmenes sea un experto en animación que, por motivos laborales, tiene que pasar una temporada en Shenzhen y en Pyongyang, y en cambio en el tercero el traslado ocurra por motivos sentimentales (su pareja trabaja en Médicos sin Fronteras), la forma cómo se representa a sí mismo en los tres contextos asiáticos es similar. Como alguien que no sabe gran cosa, que está siempre fuera de lugar, que aprende a base de ensayo/error.

Desde esa posición, no es difícil trabajar con el humor. Pero Delisle no se contenta con la repetición de fórmulas humorísticas: su ironía no es muy sofisticada, pero nunca es predecible. Quizá porque es un artista y los artistas nunca se conforman. Shenzhen está dibujado con lápiz y carboncillo; Pyongyang con más tinta que lápiz, en una clara evolución hacia una composición más diáfana, con menos sombras, menos barroca. En ambos hay escenas, edificios, interiores a toda página, como si existiera una voluntad de compatibilizar la documentación del lugar, propia del cuaderno de artista, con la narración, propia del relato autobiográfico. En Crónicas birmanas, en cambio, todo el volumen está organizado mediante viñetas pequeñas, muy limpias, con predominio del blanco sobre el gris y el negro, sin sombreado. La narración secuencial se ha impuesto.

Trasfondo político. Pero la experimentación prosigue: los breves capítulos de turismo por el interior del país se articulan mediante series de microviñetas sin texto, tiras cómicas cercanas a los dibujos animados mudos, como si el turismo estricto, en el interior de una experiencia de estancia prolongada en un país remoto, precisara de un lenguaje diferente, y al tercer intento éste hubiera sido encontrado.

Hay un trasfondo político en ese tratamiento del espacio a través del humor. Los tres libros se centran en otras tantas dictaduras (la china, la coreana y la birmana), pero es en Corea del Norte donde se ve más claramente que el único posicionamiento válido del cómic frente a la realidad retratada es el crítico. Lo que no quita que no haya lugar para la ironía, incluso para la burla.

Elocuencia documental. Pero cuando el guía que siempre acompaña a Delisle en sus paseos por la ciudad, al ser preguntado sobre una extraña cola de gente, le dice que no sabe qué ocurre, que debe ser un juego, pero que no lo sabe, el lector siente el peso de la censura como algo que va más allá de las palabras, o de su negación, e invade la lectura lo que el ser humano es o podría haber sido. Es decir, la autoparodia, la ridiculización del narrador, del propio Delisle, logra enfatizar la humanidad de su guía y traductor, aunque no sea -porque no se deja- retratado en profundidad.

En otro momento, Delisle le comenta: «¿Te das cuenta de que sois el único país del mundo que no está conectado a la Red?» y el traductor le responde: «Oh, no... Don?t say that!». Calla. La elocuencia del cómic documental, en un país donde están prohibidas la filmación y la fotografía, radica precisamente en no haberse callado y en haber encontrado una forma híbrida de expresión (texto e imagen) para hablar de lo que una dictadura anacrónica insiste en silenciar.

No hay duda de que, tras la máscara de la comedia, la obra de Guy Delisle trabaja la tragedia, o al menos la gravedad de algunas realidades de nuestra época. Y lo hace con una doble conciencia de género. Por un lado, los libros de viaje tradicionales, la literatura que ha planteado problemas similares a los que Delisle se encuentra en sus largas estancias en el extranjero. Por el otro, el cómic como desarrollo histórico, donde se sitúan Shenzhen, Pyongyang y Crónicas birmanas con un alto nivel de pertenencia consciente.

Viaje a «1984». Me explico: Pyongyang comienza con una viñeta a página completa donde se ve el aeropuerto y la fotografía del dictador en su centro físico y simbólico; justo después, en el control de ingreso al país, un policía le pregunta al dibujante qué es 1984, de George Orwell, que lleva en su maleta, y el aludido responde, con una gota de sudor en la frente: «Es una novela... antigua... de los años cincuenta. Una especie de clásico. Es ficción». Más adelante, leerá la novela en un amenazante cuarto de hotel y sentirá todo el poder de la dictadura como algo impalpable pero presente.

Ese mismo desplazamiento semántico lo lleva a cabo Emma Larkin en Historias secretas de Birmania. A la sombra de George Orwell (Altaïr, 2008). Delisle, en cambio, escoge para ese país un sistema de citas, en la más clásica tradición intertextual de la literatura de viajes: Mahé de La Bourdonnais (Un francés en Birmania, 1880), Joseph Kessel (El valle de los rubíes, 1955) o el propio Orwell («cuando pienso que a los 19 años George Orwell trabajaba aquí como sargento de la policía imperial...»). Más allá de lecturas personales, se trata de formas oblicuas de espesar el sentido del relato, al tiempo que lo vinculan al género donde más importancia tiene citar a los precursores.

Pero la literatura viajera tiene menos relevancia que el arte secuencial. Las páginas más bellas de Shenzhen son las que copian dibujos chinos que el autor admira y la del homenaje a Hergé: el narrador convertido en Tintín, con Milú al lado, en una viñeta con ecos de El loto azul. En Birmania, Delisle da clases de animación y eso le permite conocer a ilustradores y dibujantes del país. De nuevo el libro se convierte en un lugar de encuentro, mediante la reproducción de dibujos ajenos. Al fin y al cabo, ese tipo de diálogo es al que debería aspirar todo viaje. La posible trilogía asiática de Guy Delisle, con sencillez, sin magnificar al turista que es en el fondo todo viajero, apuesta por esa voluntad de que el arte sea un lugar de conversación.

 

inserta tu comentario

En unos minutos se visualizará el comentario.

Título
Nombre
Código
Comentario
  

comentarios

Inicio | Libros | Teatro | Arte | Música | Cine | Arquitectura y diseño | Firmas | Cómic | Mapa Web

Semanario de cultura y literatura. La revista literaria y cultural del diario ABC