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El gordo de la (mala) suerte

Libros Por Juan Manuel de Prada.

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13 de diciembre de 2008 - número: 881
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Los amantes del cine mudo que visitan con asiduidad las capillas donde se mantiene el culto a luminarias como Keaton, Chaplin o Lloyd quizá se hayan olvidado de mantener una vela encendida en la capilla menos frecuentada de Roscoe «Fatty» Arbuckle (1887-1933), que allá por la segunda década del pasado siglo alcanzó la máxima devoción popular. Hoy Arbuckle, como Harry Langdon y tantos otros caricatos sublimes, ha quedado injustamente relegado a los cementerios de la arqueología cinéfila; y si su nombre se recuerda es, antes que por sus logros artísticos, por el tremebundo episodio que arruinó su carrera fulgurante; episodio mil veces rememorado en los compendios más turbulentos de chismografía hollywoodense.

Orgía desenfrenada. Allá por 1921, el gordo Arbuckle fue acusado de violar y matar salvajemente, en el curso de una orgía desenfrenada, a una starlette de nombre premonitorio, Virginia Rappe. Aunque, tras la celebración de varios juicios, quedase demostrado que Arbuckle no había cometido tal tropelía, sobre su nombre caería un baldón imborrable, que la prensa de la época -con Hearst a la cabeza- se encargó de aderezar de escabrosidades inverosímiles; y, si bien pudo volver a dirigir (bajo seudónimo) y hasta a interpretar películas, Arbuckle nunca lograría recuperar el estado de gracia que había caracterizado su primera etapa creativa.

Jerry Stahl (Pittsburg, Pennsylvania, 1953), guionista televisivo de series como Twin Peaks o CSI, ha desempolvado la historia trágica de Arbuckle en Yo, Fatty, que desde su mismo título se nos presenta como una suerte de descargo de conciencia o memorias apócrifas que Arbuckle le hubiese dictado desde ultratumba, para lavar su honor. En elogio de Stahl, diremos que su novela no se despeña por los andurriales de la fascinación bizarre, que suelen ser el territorio más transitado por los exhumadores de vidas perfumadas por la brisa del éxito y la pestilencia del vicio; en su demérito, añadiremos que la evocación de la época y del medio cinematográfico en los que se desenvuelve Arbuckle nunca cobra vuelo (a diferencia, por ejemplo, de lo que Auster lograra con el apócrifo Hector Mann en El libro de las ilusiones).

La gangrena del olvido. Los mimbres de Yo, Fatty son, en verdad, suculentos; o así se lo parecen, desde luego, a un mitómano retro como el que firma estas líneas. Asistir, en alas de la ficción, a la edad de oro del vodevil americano (género teatral que Arbuckle cultivó con profusión, antes de triunfar en Hollywood) o al nacimiento de la factoría de quickies (películas de un solo rollo y bajo presupuesto) de Mack Sennett es, en verdad, un placer para connaisseurs; también sorprender, entre la turbamulta de personajes borrosos o gangrenados por el olvido, nombres de resonancias legendarias, como Marion Davies (el «Rosebud» de Hearst), Adolph Zukor o los mencionados Chaplin y Keaton (éste último sería uno de los pocos colegas que no retirarían su apoyo a Arbuckle cuando fue condenado al ostracismo).

También constituye un acierto la reconstrucción que Stahl nos propone de la psicología de Arbuckle, tan propensa al sarcasmo como a los ensimismamientos de la tristeza, tan aparentemente jocunda como secretamente lastimada por desolaciones que no osan decir su nombre. Hay en el libro pasajes de un patetismo conmovedor (como ése en el que Arbuckle nos confiesa que sólo logró sobreponerse a la impotencia causada por su gordura el día en que se supo un paria, perseguido por el oprobio) y pasajes de un humor irresistible, aun en medio del infortunio que oprime al protagonista. Pero la novela se queda un tanto alicorta porque no hace significativas las situaciones que narra, no logra insuflarlas de auténtica y tumultuosa vida.

Biógrafo autorizado. Y así, por ejemplo, el Arbuckle de Stahl necesita decirnos que se divorcia de tal o cual mujer, o que se distancia de tal o cual amigo, sin que antes de decirlo haya apreciado el lector signos que preludien tal trastorno vital. Es aquí donde Stahl revela sus limitaciones, pues donde el escritor grande «muestra», el escritor mediano «señala». Stahl señala demasiadas veces; y a veces tanto señalamiento revela en exceso el método del «biógrafo autorizado», antes que el del narrador. Yo, Fatty se queda así en el esqueleto de la gran obra que pudo ser, esperando el talento fabulador que galvanice un material tan suculento.

 

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