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Autorretratos y colegas

Arte Por Fernando Castro Flórez.

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01 de noviembre de 2008 - número: 875
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Sabemos, en medio de la movilización general, que viajar puede ser una forma de la detención completa, apareciendo la figura del viaje a ninguna parte frente a la obsesión del turista por sus «destinos». Hay un singular gusto por huir e intentar ser otros, aunque nuestro destino sea el cansancio extremo. Eso es lo que experimentó Baudelaire, el placer secreto de la flânerie, aquella «botánica del asfalto» en la que los traperos aparecían como los poetas de la modernidad. La extranjería nos habita, lo que no tiene que suponer la continua desgarradura, sino que puede llevar a la felicidad del desarraigo.

Alberto García-Alix ha fotografiado, paradójicamente, el viaje y la detención, el afán de buscar algo diferente y el retorno obsesivo de lo mismo. Su mirada fotográfica no ha quedado, como suele ser habitual en la academización esteticista, hechizada por las fachadas geométricas de los edificios o de la ciudad vacía en la que estaría latiendo una suerte de metafísica de lo inquietante, sino que ha asumido la tarea de un documentalista del mundo accidental por el que se mueve.

Paciencia infinita. El hábitat del nómada, que tiene una paciencia infinita (convierte la pausa en un proceso), está concebido en función del trayecto que constantemente lo moviliza. Frente al espacio estriado del sedentario (muros, lindes y caminos), el espacio del nómada es liso. Sólo está marcado, según Deleuze y Guattari, por «trazos» que se borran y desplazan con el trayecto. En la contemporaneidad se emprende -aunque no sea reconocible- una inmensa batida contra el hombre singular, mientras parece como si se nos olvidaran el dolor y la miseria. Intentando dejar atrás lo peor, nos convertimos en sujetos en fuga, acelerados, con la esperanza de que exista el runaway. Puede que una de las salidas sea la que nos lleva lejos del nihilismo para enseñarnos a divertirnos de nuevo. Alberto García-Alix ha sido capaz de convertir su ánimo festivo en una inmensa narración plástica donde aparecen y desaparecen los amigos, donde todos aspiran a imponer su rareza.

Hace poco escribía unas notas sobre unas fotos de Noé de Mora, que acompañó a Alberto García-Alix en moto hasta Arlés donde éste tenía una importante exposición. En esas instantáneas de lo cotidiano apreciaba que Alberto es francamente fotogénico: siempre tiene un tono singular o memorable con el pitillo en la comisura de los labios, la patillas blancas y el pañuelo al cuello.

De donde no se vuelve es el poético título de la muestra de Alberto García-Alix en el Museo Reina Sofía. Ese retorno es propiamente el tatuaje irreprochable de la finitud. En la piel, en la superficie fotográfica están sedimentados los amores, las separaciones, las resacas monumentales e incluso las heridas. La aventura mortal se proyecta como aventura estética. La ambigüedad del viaje hace que sea al mismo tiempo el aventurero alguien proyectado en el futuro, radicalmente ahistórico, y, por ello, como ejemplifica a la perfección García-Alix, una criatura del presente.

Aventura erótica. En un sentido profundo, toda aventura es erótica, todas postulan el encuentro, el momento en el que se desencadena la pasión, aun cuando tiene conciencia de lo precario y trágico que pueda ser: «Una relación amorosa -dice Georg Simmel- contiene en sí la clara conjunción de los dos elementos que reúnen la forma de la aventura: la fuerza conquistadora y la aceptación imposible de imponer; el logro debido a las facultades propias y a la dependencia de la suerte, que permite que un elemento imprevisible y exterior a nosotros nos agracie». Baudelaire señaló cómo esa libertad de la aventura o del viaje es ajena a una serena complacencia, dejando a veces paso a lo serio y al tedio cuando se nos pregunta por lo que vimos. En el viaje, guiados por la brújula del deseo, puede surgir el oscuro placer de volverse extranjero o la desconcertante sensación de que ya es demasiado tarde.

Volvemos a mirar los cuerpos desnudos de hermosas mujeres, desde una embarazada que se sujeta la cabeza de forma extraña a otra agachada sobre sus zapatos de tacón en lo alto de una mesa, aquélla arrinconada en una tapia de ladrillos con los brazos en jarras o esa que está enterrada en la tierra hasta los pechos. La contorsionista y la porno-star, la mano que sujeta una pierna sobre las sábanas revueltas y la tatuadora impresionante son -como los zapatos gastados en la mano- los fragmentos de una experiencia afectiva. Alberto García-Alix ha reconocido que lo que hace es fotografiar su vida, «mis entrañas: no se fotografía otra cosa. Fotografío a mis amigos, a la gente que conozco».

Autobiografía. Su obra es, lisa y llanamente, un espléndido proceso «autobiográfico» en el que siempre se está autorretratando, sea a través de Holy One, vestido en plan sádico o ridículamente con unos cuernos diabólicos, o en la confrontación con uno de sus colegas enamorado de la Harley. Y, después de atrapar tantas poses e instantes, finalmente el mejor modelo es él mismo. El look rockero ha ido dejando paso a una mirada hondamente melancólica y a un aspecto casi profético. No está de vuelta de nada porque, como ha entendido, los sitios por los que él transita exorcizan la nostalgia. Un preservativo usado en la mano o un pájaro con el telón de fondo de su piel tatuada podrían sintetizar más de treinta años dedicado a la fotografía, esto es, a atrapar fragmentos de su vida y, sobre todo, a dar cuenta de los encuentros.

Jack Kerouac apuntó en el prólogo de The Americans que Robert Frank se situó «entre los poetas trágicos del mundo», se apartó del instante decisivo para proponer un continuo de imágenes. En realidad, lo que hace ese gran creador es renunciar a la toma «única» para proponer un flujo, esto es, se entrega al nomadismo como clave para conseguir que se produzca el encuentro.

Alberto García-Alix consigue, por medio de ese universo en blanco y negro que prolonga hasta sus «vídeos tristes», fundir su monólogo interior con la áspera exterioridad de lo que (le) pasa. Su obra es un vestigio (lo que queda que es también lo que resiste), a punto de convertirse en espectral. Se trata, como ha apuntado Jean-Luc Nancy, de seguir la huella sin aspirar a llegar a algo esencial. En los nudillos de García-Alix está escrito para siempre «Todo» y «Nada». Muestra ese antagonismo sin quitarse el casco de motorista en una parada del viaje. Aunque su cara transmite una inmensa seriedad, tengo la impresión de que no es éste momento para el drama. Hay que llegar, como propuso Nietzsche, a amar nuestro destino. No es fácil.

 

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