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Habla de las imágenes

Firmas Por Andrés Ibáñez.

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01 de noviembre de 2008 - número: 875
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¿Qué es un escritor? Es un cultivador de imágenes. Un escritor ha de aprender a cazar imágenes, a seleccionarlas, a cultivarlas, a seguirlas, a vivir en ellas y a utilizarlas. La vida de un escritor es una perpetua, gozosa, desesperante, cacería de imágenes, junto con las demás acciones asociadas a la vida de la imagen: el reconocimiento, el cultivo, el seguimiento, la ocupación y la utilización.

La cacería de imágenes se ha de hacer en todo momento. Es esta una tarea tan compleja, tan rara, tan difícil, pero también tan deliciosa, que puede ocupar fácilmente el tiempo completo de una vida, tanto en la vigilia como en el sueño. El escritor siempre está a la caza de imágenes. En lo que mira, ya que cualquier cosa que atraviesa el cristal de los ojos puede, o podría, convertirse en una imagen. En lo que recuerda. En los recuerdos asociativos que le traen las cosas que vive. En lo que lee. En lo que sueña. En lo que escucha. La cacería de imágenes es algo tan natural en un escritor, que la realiza sin pensar, sin darse cuenta. Por eso a los escritores les gusta mirar y callar, les gusta escuchar, les gusta pasear, les gusta mirar por la ventana.

Paseos y viajes. Los paseos son maravillosas ocasiones para la cacería de imágenes. Los viajes a lugares nuevos nos proporcionarán maravillosos recuerdos ligeramente desenfocados. Particularmente ricas son las visiones desconocidas, borrosas, en el límite del despiste, las vistas de lugares que no entendemos bien. Lo entrevisto es el más rico venero de imágenes que existe. Las cuestas, los altos muros, los parques cerrados, los cruces de las calles, lo visto a través de una puerta o una ventana entreabiertas.

Sea como sea, la imagen se instala en nuestra memoria. Puede ser algo que vemos y nos impresiona, o algo que «se nos ocurre», o algo que «pensamos», o una «idea» para un relato. Y entonces debemos hacernos la siguiente pregunta: ¿Es una imagen viva o una imagen muerta? Las imágenes de la mente no están vivas: en seguida se fijan, se amaneran, dejan de crecer, se quedan secas. Las imágenes de la imaginación, por el contrario, no se fijan, sino que crecen, ondulan, siguen palpitando, se transforman, están húmedas. Las imágenes de la mente se quedan fijas y enseguida comienzan a aburrirnos. Las de la imaginación nos interesan, nos divierten, nos intrigan. Nos agrada convocarlas una y otra vez.

Felicidad. Este es el momento clave del proceso creativo: seguir siempre ese gusto, esa diversión, esa intriga, esas ganas de juego, esa excitación que nos producen las imágenes vivientes de la imaginación y no esa sensación de trabajo, de obligación, de necesidad, que nos transmiten las imágenes de la mente. Podemos pensar que deberíamos usar una imagen tal porque es interesante o ingeniosa. Pero nos aburre pensar en ella, nos transmite una sensación de esfuerzo. Eso quiere decir que la imagen no sirve. Hay otra, por el contrario, que nos parece una tontería, pero nada más convocarla nos sentimos contentos, con ganas de juego, intrigados: esta es la que debemos seguir.

Y debemos seguirla hasta el fin del mundo, siempre mirándola oblicuamente (si la miramos de frente puede que desaparezca), siguiéndola donde nos lleve pero sin forzarla a ir por un sitio o por otro (esto también es muy difícil), y (muy importante) sin hablar de ella con nadie. Debemos aprender a sentir la cantidad de vida que tiene esta imagen. Debemos dejarla que crezca y madure. Si la usamos demasiado pronto, la malgastaremos. Si la dejamos madurar demasiado, morirá. Tenemos que usar cada imagen en el momento adecuado. A veces tendremos que esperar días, meses o años. En otras ocasiones, después de tres días sabemos que si no la usamos la perderemos.

Debemos utilizar la imagen poniéndonos a un lado, o debajo, o por encima, y siguiéndola. No podemos mirarla de frente, ni intentar «entenderla», ni mucho menos dirigirla. Hemos de dejar que sea ella la que nos lleve, sin cuestionarla. La imagen nos dará su magia si somos así de sutiles. Nos regalará sus colores, sus insinuaciones de un mundo que no podemos concebir porque está más allá de nuestra inteligencia, si somos capaces de ser activos y pasivos al mismo tiempo, si somos capaces de abandonarnos completamente a la gana y al placer. Porque la felicidad, tan raramente lograda, es la marca necesaria de la creación artística. Solo se puede crear con felicidad. La creación artística no es otra cosa que una búsqueda de la felicidad.

 

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comentarios

yo lo entiendo perfectamente, porque también escribo aunque no sea genial. lo mejor es esa persecución incansable de la imagen: el juego, la diversión encantadora. lo más difícil: no hablar de ella con nadie.
Lo dijo carmen - 05/11/2008 17:29:22
no entiendo todo lo que insinúa ibáñez con esto de las imágenes pero me resulta un texto poético muy bonito. me pregunto si todo el que crea es feliz. conocemos numerosas obras de arte creadas por artistas muy desdichados. posiblemente la aseveración de ibáñez se refiere a la felicidad en el momento mismo de la creación cuando el artista está viviendo el momento álgido de una creación genial.
Lo dijo julio - 04/11/2008 16:05:39
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