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Meditación

Firmas Por Andrés Ibáñez.

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18 de octubre de 2008 - número: 872
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La aparición en español del libro de David Lynch Catching the Big Fish, aquí traducido como Atrapa el pez dorado (Mondadori), está provocando en la prensa y los otros medios de comunicación una nueva ronda de risitas paternalistas sobre el tema de la meditación. La última, en estas mismas páginas, a cargo de mi admirado y sabio compañero de fatigas Fernando Castro Flórez, que comienza su comentario afirmando (ya que no admitiendo) que no sabe nada del tema.

Todavía se considera elegante y de buen tono reírse mucho de los que practican la meditación, y decir con tono de falsa modestia «yo eso del océano de la conciencia, no sé muy bien lo que es». Como ahora ya hay muchas personas «importantes» que practican el yoga y el taichi, por ejemplo, reírse de los que hacen yoga o taichi ya no resulta tan cool como antes y empieza a resultar, incluso, un poco paleto. La meditación está un poco por detrás en este curioso desfile de «patrañas» o «tomaduras de pelo» que poco a poco se convierten en cosas «interesantes» para más tarde, y una vez probadas, entrar en la categoría del «descubrimiento» y convertirse, por fin, en actividades admitidas y normales. Pero reírse de los que hacen meditación todavía se considera propio de intelectos lúcidos que no se dejan engañar por las «patrañas».

Vértigo de vivir. ¿Por qué deberíamos interesarnos por la meditación? Por una razón muy sencilla. Porque la meditación es lo siguiente. Debemos avanzar del terreno conocido al desconocido, movernos de lo que sabemos a lo que no sabemos. Así es como funciona el ser humano. Así ha sido siempre. ¿Por qué íbamos a detenernos ahora? Los que critican la meditación (aunque no la critican, realmente, puesto que no saben lo que es) suelen ser los mismos heraldos fúnebres que hablan de la crisis de valores y de la confusión que nos rodea, de la devaluación de la cultura y del vértigo de vivir en una sociedad a la deriva. Es evidente que estamos viviendo el fin de una época. Todos lo sabemos, todos lo sentimos. Podemos aferrarnos al pasado, que no es otra cosa que las humeantes cenizas del espantoso siglo XX (y en verdad no hubo siglo más espantoso), o bien acercarnos a lo nuevo.

Pero ¿qué es lo nuevo? ¿Qué es lo que viene a continuación? ¿Qué es lo siguiente? No es una sola cosa ni tiene un solo sentido. Con la llegada de la edad moderna, por ejemplo, en el llamado «renacimiento», se produjo la aparición de una mentalidad «nueva» (el individualismo) junto con un «renacer» de ideas y temas muy antiguos (la magia). Sin embargo, esta magia renacentista no era en modo alguno muestra de una mentalidad «reaccionaria», como cualquier lector de Amelia F. Yates sabe muy bien, y fue de la práctica de esta magia renacentista de donde surgió, precisamente, la ciencia moderna. En la música, por poner otro ejemplo, los nuevos estilos trajeron consigo una aparente y brutal simplificación del discurso sonoro: la maravillosa sutileza de la polifonía a cuatro, ocho, dieciséis voces, se veía sustituida de pronto por una voz cantante y una guitarra. Sin embargo, lo que esa voz y su guitarra, o tiorba, o laúd, traían consigo, nadie lo podía imaginar: era la tonalidad moderna.

En escorzo. Siempre vemos las cosas desde la ventana a la que estamos asomados, olvidando que desde una ventana sólo se puede ver una fachada del edificio, y además en escorzo. Rechazamos lo nuevo, decimos, no porque sea nuevo, sino porque es mentira, porque es estúpido, porque es de tontos. Pero las cosas nuevas siempre parecen estúpidas, siempre parecen de tontos. En cierto modo lo son, como todas las cosas nuevas, como todas las cosas jóvenes. Son las cosas antiguas las que parecen solemnes y serias, maravillosamente fundamentadas, majestuosas y ordenadas. Solemnes y serias, fundamentadas y majestuosas y ordenadas -y muertas. ¿Acaso el género de la novela no fue considerado en su inicio cosa de tontos? ¿Acaso las ideas de Darwin no sonaron totalmente ridículas a los primeros que las escucharon? Pero es imposible sujetar el paso de la historia, quemar todos los libros del pasado o levantar una gran muralla para impedir el paso de las nuevas ideas.

La religión ya ha cumplido su ciclo. La cultura del humanismo llega a su fin. ¿Y nosotros? ¿Cómo creceremos? ¿Cómo podremos aprender a conocernos mejor? ¿Cómo podremos ahondar aún más en el misterio de nuestra naturaleza? Antes tuvimos otros modos, otras armas. La meditación es la siguiente.

 

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comentarios

un articulo real de una inspiración real deseo felicitar al autor y decirle que sus multiples comentarios abren las fronteras de una realidad la meditación es la cleve de un mejor vivir....mucho metta para ti un abrazo en el alma y gracias otra cosa meditar es universal no entra la religión para nada y eso es lo mejor y lo más real gracias nuevamente
Lo dijo juan federico barreto stambuk - 21/10/2008 15:29:58
el tema de la meditación que ibáñez nos ofrece como la panacea de todos los males, vicios, etc del mundo moderno es lo más antiguo que uno se pueda imaginar. la practican los pueblos más pobres del mundo, más sucios, más ambrientos. ellos dicen que es la verdad porque tiene cinco mil años de antigüedad. yo no quiero denigrarla ni insultarla, pero yo eso que desconozco y que no lo quiero para mí me parece una forma camuflada de religión, porque el que medita tiene que seguir ciertas reglas, tiene que prepararse para el más allá... en fin se me antoja que es otra forma de tenerte fastidiado en esta vida con la esperanza de que al otro lado encontrarás la felicidad. este es el motivo por el que desde que el mundo es mundo los pobres simpre seguirán siendo pobres, eso si, rezando a dios no sé para qué. tendremos que inventarnos los humanos otros caminos que sean realmente nuevos porque la meditación ya ha dado de sí todo lo que tenía que dar.
Lo dijo yo - 20/10/2008 12:17:00
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