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Libros Por Julio José Ordovás.
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Aunque el libro esté compuesto de nueve cuentos, y decir nueve cuentos es decir Salinger, Pasar el invierno es puro Carver, y lo es desde los títulos de los relatos: «Cenizas», «Año nuevo»... Olivier Adam es un Carver francés de igual modo que Carver era un Chéjov estadounidense. Como Carver, Adam escribe a cuchillazos verbales y emocionales. Sus personajes están enfermos de lo mismo: de soledad, de aburrimiento y de desesperación. Y una poesía sucia como la nieve sobre el asfalto, hecha puré por los neumáticos, lo impregna todo, espectralmente. La Francia de Olivier Adam se parece también mucho a la América de Carver.
Los personajes de Olivier Adam afrontan el invierno, y decir invierno es decir infierno: un invierno infernal que deben superar como puedan si no quieren quedar atrapados en él. Pero el invierno es más largo y más duro de lo que preveían, y sus fuerzas están al límite, y la buena fortuna no está de su lado. Quedan el sexo, el alcohol y la marihuana. Los nueve protagonistas de estos nueve cuentos de invierno no son protagonistas de nada, ni siquiera de sus propios dramas. Son náufragos a los que arrastra la rutinaria marea negra de la vida. Están vivos, y eso es lo que debería contar. Pero tampoco cuenta mucho: la no vida es mil veces peor que la muerte. Y sobrevivir no es manera de vivir. Pasar el invierno es una copa muy cargada de soledades, y el lector que pretenda bebérsela de un trago ha de tener cuidado o se le abrasarán la garganta y el corazón. Mejor, entonces, que se lo beba de nueve tragos. Y que respire profundo entre trago y trago.
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