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Mundo «viejuno»

Arte Por Anna Maria Guasch.

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El don de la vida se presenta bajo la advocación de un término que no existe en castellano, «edatismo», que resulta de la traducción del inglés «ageism», acuñado en 1969 por el gerontólogo Robert N. Butler para describir y cuestionar los estereotipos y prejuicios a los que se ven sometidos los individuos a causa de su edad. También Juan Vicente Aliaga ha querido dotar a su exposición de La Panera de un tono claramente reivindicativo que la aparta de lo que sería una muestra estrictamente temática sobre la tercera edad, como sí lo fueron en parte algunas citas norteamericanas sobre el tema como Signs of Age. Representing the Older (California, 1998), The Time of Our Lives (Nueva York, 1999) o Exhibiting Signs of Age (Maine, 2004).

El don de la vida puede considerarse un proyecto bastante inédito en nuestro país, que se aparta de los gender studies, bien conocidos por Aliaga tanto en publicaciones como Bajo vientre o El orden fálico, como en el comisariado de exposiciones (La batalla de los géneros, CGAC, 2007). De ahí que a la hora de concebir la muestra, haya optado por mostrar una serie de actitudes y acciones que caracterizan a las personas de edad sin olvidar los distintos perjuicios y percepciones negativas que ciertas estructuras sociales subordinan a este particular «otro» por su «impotencia» e «incompetencia».

Bajo este nuevo «ismo» (distinto pero a la vez similar a otros, como el sexismo y el racismo), Aliaga presenta el trabajo de ocho artistas, algunos pertenecientes a la generación de los seniors (Hans-Peter Feldmann y el ya fallecido John Coplans), otros de mediana edad, como Manabu Yamanaka, Ana Casas y Pere Formiguera, y jóvenes como Susana Casares, Pau Faus y Miwa Yanagi, en una diversidad de tiempos personales y contextos geográficos, raciales y culturales. Dentro de esta compensada representatividad y justa selección de artistas, destaca la abrumadora presencia fotográfica, en especial en blanco y negro, y también el recurso al sistema de archivo en sus múltiples variables: álbum, retícula y serie que aleja la exposición de todo sesgo documental y la acerca a un tipo de arte en que lo narrativo y secuencial convive con lo estético.

Esta misma simbiosis caracteriza el arte de John Coplans (1920-2003), el artista más paradigmático de la muestra, no sólo con sus obras, sino con su propia biografía: llama la atención cómo a la edad de 64 años decide abandonar su trayectoria como crítico de arte y su actividad como pintor «amateur» para convertirse en fotógrafo de su propio cuerpo como contraofensiva a los prejuicios de los cánones tanto de edad como de belleza. Ello explicaría su peculiar contribución al autorretrato «sin rostro» de gigantescas proporciones, entendido como una geografía corporal capturada en distintas poses (es muy importante el proceso previo puramente performativo en el que el artista «actúa» ante la cámara) y los fragmentos más envejecidos e impúdicos de un cuerpo «sin género», entendido más un documento atemporal y universal que un cuerpo individual.

Fascinación por la imagen. Tomando como eje esta «secuencialidad fotográfica» característica de Coplans, el resto de la exposición manifiesta una no velada fascinación por las imágenes en blanco y negro, enfatizando no sus aspectos formales, sino más bien los mnemotécnicos, y considerando que la obra de arte puede también ser un «lugar de memoria» tanto pública como privada. Así se podría entender la contribución de Pere Formiguera (1952) y sus obras seriales y repetitivas basadas en el registro del paso de tiempo en los rostros de su padre (9 copias de 60 x 50) y de su madre (con 108 fotos de 24,5 x 18,2 cms) que forman parte del proyecto Cronos iniciado en 1990, el seguimiento de 32 personas una vez al mes a lo largo de diez años.

En serie. Muy coherente con el espíritu general de la exposición puede entenderse la participación de Hans Peter Feldmann (1941) con su celebrada obra 100 Years (2001): 101 copias fotográficas dispuestas a modo de continuo friso en los amplios espacios de La Panera recogen retratos de gente próxima al artista ordenados en función del paso del tiempo, desde los ocho meses de Felina hasta la edad centenaria de Victoria. La organización serial y minimalista del soporte se repite en dos japoneses, Miwa Yanagi (1967) -con fotografías digitales de la serie My Granmother, una serie «funcional» en la que pide a gente de su generación que se «autorrepresenten» tal como quisieran ser y actuar de mayores- y Manabu Yamanaka (1969) -con tres obras de la serie Gyahtei, con un único tema: el desnudo de gente mayor como «el último rastro físico de un cuerpo humano que está desapareciendo»-.

Susana Casares con una obra ex profeso para la exposición, la vídeo-proyección Tránsitos (2008), en la que se centra en los cambios que ha experimentado la representación de la vejez; Pau Faus y su La ciudad jubilada, una impresión digital a partir de un collage fotográfico que forma parte de un proyecto de largo alcance en relación a la actividad de los jubilados en la periferia de Barcelona; y Ana Casas Broda, con series de fotos de su obra en proceso Álbum, crónica de su abuela, claramente subjetiva y familiar, son las aportaciones autóctonas a la muestra. Y si el tema no era fácil ni agradecido a priori, lo cierto es que Aliaga ha conseguido un documento visual de un gran valor artístico y también cultural.

 

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