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Sin nudo, pero con desenlace

Arte Por Juan Antonio Álvarez Reyes.

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No es fácil. Tampoco sencillo. El trabajo de Seth Price es más bien complejo y sin demasiadas concesiones -al menos, hasta el final de su exposición en Zúrich-. Andrea Viliani tituló un texto que escribió sobre el artista con la siguiente interrogación: «¿Qué es esto?». Sin duda, es una pregunta que asalta nada más comenzar la visita a esta especie de retrospectiva, y la respuesta no es simple. Es más, un somero acercamiento llevaría a largas explicaciones. Y, sin embargo, aunque se quiera y se necesite saber más, también el trabajo despierta, por este mismo motivo, el interés y la curiosidad que al final del recorrido parece hallar una especie de explicación.

El display también despista, al menos como choque inicial. Por ejemplo, si atraídos por el conocimiento de sus filmes acudimos a la Kunsthalle, la decepción puede ser brutal. No porque no estén expuestos, que sí lo están, sino por el cambio del formato expositivo. Un formato que no facilita su visionado, pero al que hay que reconocer cierto ingenio o, al menos, una voluntad de no repetir esquemas universalmente aceptados.

Hacia el discurso total. Sus vídeos, sí, jalonan el recorrido de la exposición, pero al estar recluidos en monitores de televisión, a su vez guardados en sus embalajes originales de cartón, le reducen la espectacularidad que prácticamente toda imagen en movimiento adquiere al ser proyectada a gran tamaño, perdiendo protagonismo en favor de un discurso total en el que se integran otro tipo de obras -esculturas, relieves, cuadros, impresiones, textos- y el display general de la muestra como tal.

Este es un buen ejemplo de uno de los mayores aciertos de esta exposición: la exposición en sí. Es decir, la manera cómo se ha pensado y conceptualizado para después ser trasladada al espacio y a un montaje que rompe fórmulas repetidas una y otra vez. Por tanto, es casi una muestra ejemplar de cómo se piensa y dispone una exposición individual de tamaño medio de un artista que empieza a despuntar internacionalmente (Seth Price, que nació en 1973 en Jerusalén Este, y reside en Nueva York, ha participado en bienales como las últimas de Lyon y del Whitney, además de trabajar con galerías de ambos lados del Atlántico). Este es, además, un modelo de exposición de gran utilidad para los artistas que abundan en kuntshalles y centros de arte europeos, pero que aún hoy no tienen un gran desarrollo en España, aunque conviene señalar, por el momento, las dignas excepciones de la Sala Rekalde y el CGAC.

Al principio, el fin. Pero, además del modelo que bien simboliza la Kunsthalle de Zúrich, aquí se han querido hacer las cosas de otra forma diferente de la cansinamente habitual. Así, por ejemplo, es una exposición con planteamiento y desenlace, pero sin nudo. Y esto último es lo que la hace especialmente ágil, encontrándonos al final, y de sopetón, con la solución de lo exhibido. Todo un gran friso de una especie de plástico transparente recorre el espacio expositivo: las paredes de la Kunsthalle donde de manera habitual se cuelgan los objetos artísticos. El friso ocupa precisamente la franja de altura donde suelen situarse éstos, lo que le sirve al artista para señalar un espacio y, según las ocasiones, ocuparlo o abandonarlo por otros superiores e inferiores. Pero la película plástica es utilizada a lo largo de todo el recorrido como nexo de unión, como si de una narración de los hechos acaecidos se tratase.

En esta narrativa hay una presentación de los trabajos del artista, que se incluyen o excluyen de esa franja, entendida como el espacio tradicionalmente privilegiado de la pared museística. La ordenación de los trabajos anteriores no parece ser lo fundamental, puesto que aquí son entendidos como partes de una única instalación, y como tal trabajan y funcionan.

De bruces con el suelo. Si a lo largo de esta extensa narración o presentación de los hechos nos sentimos intrigados por el sentido de lo que vemos, sin encontrar una fácil o sencilla respuesta a esa intriga, en la última sala, y también de golpe, el friso de plástico termina bruscamente y cae arremolinado al suelo. Es una sala oscura, a diferencia de todas las demás, donde hay una pantalla sostenida sobre patas, dispuesta de espaldas al sentido de la visita. Tenemos, pues, que bordearla y tomar asiento en alguna de las pocas sillas disponibles.

Aquí, y al cabo de un rato, comprobamos que está la explicación de lo que hemos visto. El último trabajo de Price -ahora sí-, un vídeo proyectado en grande y en sala oscurecida, es, ante todo, una conferencia con diapositivas del artista, además de material documental e imágenes. La solución al enigma vuelve a ser otro enigma, aunque esta vez explicado por el propio autor, que confiere al acto explicativo, al género conferencia en sí mismo, una preeminencia discursiva y aclarativa. Hay una voluntad educativa, puesto que la educación es un eje fuerte sobre el que vuelve a pilotar una parte del arte del presente. Pero «educación» no es igual a «evidencia», sino, como el propio título de la obra señala, es el inicio de una redistribución, siempre cambiante y nunca completada.

 

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